Lord Acton en la Revolución

Parecería ser una conjunción alocada ligar el nombre de John Emerich Edward Dalberg, Primero Barón de Acton, a las revoluciones de los tres últimos siglos. Acton fue un hombre de archivos y libros, a veces llamado el especialista más erudito de su época. Nacido para ser hombre de propiedades, fue la relación más cercana de cardenales, ministros del gabinete y duques. Por su posición y residencia fue protegido contra los violentos eventos de su época. En su fabulosa casa de campo de Aldenham en Shropshire, en sus propiedades bavarias de Herrnshime cerca de Worms, en el palacio napolitano de su padre o en su refugio de Tegernsee, no presenció el desorden social o el lado duro de la vida, y no tuvo relación con la vida militar, como tenía la mayoría de los jóvenes ingleses de su posición.

En efecto, su único encuentro con la violencia nacionalista y socialista del siglo diecinueve fue en Roma en 1870, cuando tropas italianas ocuparon la ciudad mientras Acton era un observador hostil de los procedimientos del Concilio Vaticano. Sin embargo Acton elogia la revolución a menudo en sus notas, fragmentos literarios y correspondencia; cinco de sus principales ensayos y revisiones están directamente relacionados con la revolución, lo mismo que uno de sus dos volúmenes completos de discursos, “Conferencias sobre la Revolución Francesa” publicadas después de su muerte. En su biografía de este gran erudito, “Lord Acton: Un Estudio sobre Conciencia y Política”, Gertrude Himmelfarb llega a titular una sección entera de su capítulo 8 “El filósofo como revolucionario”. De modo que bien valdría la pena rastrear las reflexiones de este liberal eminente, amigo de Gladstone, sobre aquellas agitaciones que llamamos revoluciones.

Ahora bien, a veces, al emplear la palabra “revolución”, Acton se refería a la mera revolución en la historia de las ideas, su disciplina preferida; en el ámbito del pensamiento, como en el ámbito de la política, intentó reconocer tanto la necesidad de la continuidad, como la necesidad, en determinados momentos, de la erupción de lo nuevo. Pero también consintió ciertas revoluciones políticas violentas que habían ocurrido en los siglos diecisiete, dieciocho y diecinueve -la Revolución Puritana, la Revolución Inglesa (de 1688), dos Revoluciones Americanas (¿sabía que estas dos revoluciones ocurrieron?), e incluso la Revolución Francesa hasta cierto grado.

Esta toleracia de la revolución ocurrió durante la última parte de su vida. Las revoluciones -o mejor, los surgimientos- de 1830 habían ocurrido cuatro años antes de su nacimiento en Nápoles; él había sido un escolar durante los estallidos socialistas y nacionalistas de 1848; mientras maduraba a su etapa adulta, viajó a los Estados Unidos en 1853, y mientras estudiaba con el Dr. Döllinger, comenzó a desconfiar de los movimientos democráticos y a ser hostil hacia el nacionalismo. Fue tan conmovido por las atrocidades de los Comuneros parisinos que asesinaron al arzobispo de París en las barricadas en 1871, que instruyó a sus hijos para que rezaran diariamente por el alma del buen arzobispo Darboy. A través de sus estudios con Döllinger, y a través de su propias lecturas históricas y políticas en tantos libros, llegó a venerar a Edmund Burke, quien se había enfrentado al “mundo antagonista” de la destrucción revolucionaria. Uno podría hacer un panfleto interesante con las muchas alabanzas de Acton sobre Burke, especialmente en los primeros logros de Acton, llamó a Burke “el maestro de la humanidad”, y señalaba con insistencia que los discursos de Burke desde 1790 a 1795 eran “la ley y los profetas”. Coincidió con Burke en que la Revolución Francesa ha sido “la enemiga de la libertad”.

¿Cómo pudo entonces Acton consentir la revolución de vez en cuando? Porque pensó que las revoluciones políticas traían, usualmente, un incremento de la libertad. Aquí debemos preguntarnos qué quería decir Acton con Libertad, que fue el objeto más importante de sus estudios, conferencias y escritos. Quería decir el concepto cicerónico y cristiano de libertad -libertad ordenada, gobernada por la conciencia. Comprendió, por supuesto, la diferencia de Cicerón entre voluntas y libido : la primera es la libertad querida, la libertad de la antigua y alta virtud romana; la segunda es la concupiscencia, la libertad de los apetitos irreverentes. Y Acton conocía, por supuesto, la verdad paulina de que “el servicio a Dios es la perfecta libertad”. Acton entendió que el poder es la posibilidad de hacer la voluntad de uno sobre otra gente, aunque los otros no lo consientan; mientras que la libertad es la posibilidad de resistir al poder arbitrario. De modo que la verdadera libertad es al oportunidad de hacer elecciones morales, y cumplir con la obligación moral de uno aquí abajo. Lord Acton -quien nunca durante su vida sufrió bajo ningún poder arbitrario- detestaba los regímenes políticos arbitrarios de los primeros siglos y aquellos que permanecieron durante su época. Parte de lo que la libertad significaba para él lo podemos extraer de estos dos fragmentos breves extraídos de sus manuscritos no publicados.

“Definición de Libertad: (1) Seguridad para las minorías; (2) Razón reinando sobre la razón y no la voluntad sobre la voluntad; (3) El deber para con Dios, sin obstáculos por parte de los hombres; (4) La razón antes que la voluntad; (5) El derecho antes que el poder.”

“La libertad es la condición del deber, el guardián de la conciencia. Crece como crece la conciencia. Los dominios de ambas crecen juntos. La libertad es el seguro contra todo obstáculo, incluso contra el pecado. De modo que la libertad termina siendo la Libre Voluntad.”

Las preocupaciones más grandes de Acton eran la libertad de conciencia y la tolerancia religiosa en la consecusión de la libertad personal y civil; estas preocupaciones lo convirtieron en un católico liberal, opuesto a la doctrina de la infalibilidad papal y bastante más de lo que surgió del Concilio Vaticano.

Pero vamos muy rápido, quizás, describiendo el desarrollo de los puntos de vista de Acton. En sus primeros escritos, Acton denuncia las revoluciones como “una enfermedad, un frenesí, una interrupción del crecimiento de una nación, a veces fatal para su existencia, y muy a menudo para su independencia.” Podemos determinar cómo cambiaron gradualmente sus puntos de vista examinando sus ensayos posteriores sobre las revoluciones políticas.

El primero de ellos, titulado “Las Causa Políticas de la Revolución Americana”, fue publicado en su periódico The Rambler en mayo de 1861; no fue reimprimido hasta que se lo incluyó en la edición de Douglas Woodruff de Ensayos Seleccionados de Acton sobre la Iglesia y el Estado, en 1952. Comienza con referencias a la democracia ateniense, y continúa: “La suerte de toda democracia, de todo gobierno basado en la soberanía del pueblo, depende de las elecciones que haga entre estos principios opuestos: poder absoluto, por un lado y la limitación de la legalidad y la autoridad de la tradición, por el otro.” Acton continúa -sin mencionar siquiera los violentos eventos de los años 1775-1786 en América- examinando la constitución escrita en 1787. Escribe “Lejos de ser el producto de una revolución democrática y una oposición a las instituciones inglesas, la constitución de los Estados Unidos fue el resultado de una reacción poderosa contra la democracia, y en favor de las tradiciones de la madre patria.”

En este agudo ensayo, escrito cuando Sir John Acton tenía veintisiete años y era miembro del Parlamento, él explicaba el éxito del sistema fedral de gobierno estadounidense como garante de la libertad, restringiendo la democracia nacional, evitando el dominio de una mayoría numérica temporaria. Encontró que Thomas Jefferson “subvirtió el republicanismo estadounidense, consecuentemente la república misma” con su desprecio por la continuidad social y política, con su doctrina de que “los muertos no tienen derechos” y con su confianza en la gente masificada.

En una docena de páginas impresas, Acton discute el conservadorismo general de los delegados a la Convención Constituyente, cuyas opiniones había estudiado detenidamente. Sus puntos de vista son muy similares a los expresados en años recientes por eruditos estadounidenses tales como M. E. Bradford, Forrest McDonald, Daniel Boorstin, Clintos Rossiter, y su servidor. Veintiocho años después, en su extensa revisión del libro de Bryce The American Commonwealth Acton llegará a juicios muy distintos.

¿Todo esto acerca de la Convención Constituyente de 1787? Suficiente. ¿Pero qué hay de la Revolución Americana, una explicación de lo que se promete con el título de este ensayo más extenso? ¿Por qué la revolución de la que Sir John Acton habla en este ensayo no comienza en 1775? No, comienza en 1861; y ahora la llamamos la Guerra Civil Estadounidense, o la Guerra entre los Estados.

Porque la secesión de los estados sureños, argumenta Acton en las partes siguientes de su ensayo, fue una revolución justificada por la resistencia a la opresión inminente de los estados del sur en manos de los del norte; por el intento de los intereses industriales voraces del norte, el fanático Abolicionista, y los consolidadores del poder nacional, sujetando al sur a una dominación inconstitucional de un gobierno central, repudiando el verdadero federalismo constitucional. La tiranía de una mayoría democrática sobre una minoría local, o de un interés económico sobre otro interés económico, podía transformarse en intolerable, y los sureños hicieron bien en rebelarse contra un despotismo democrático (tal como Tocqueville había denominado a esa condición).

Acton escribió en 1861: “Es simplemente la democracia espuria de la Revolución Francesa lo que ha destruido a la Unión al desintegrar los restos de la tradiciones e instituciones inglesas. Todas las grandes controversias -sobre el embargo, restricción, mejoras internas, el Bank-Charter Act, la formación de nuevos estados, la adquisición de nuevo territorio, abolición- son las fases de este gran cambio, pasos en el paso de una constitución enmarcada en el modelo inglés a un sistema imitando al de Francia. La secesión de los estados sureños,” concluía Acton, “... es de vital importancia a la luz de la política como protesta y reacción contra doctrinas revolucionarias, y como un movimiento en la dirección opuesta a la que prevalece en Europa.” Äl juzgó que la Revolución Confederada fue un levantamiento para asegurar la libertad; la Revolución Francesa se ha convertido, con sus subsiguientes surgimientos en Europa, en camino a una tiranía espantosa.

Sir John Acton, M. P. (Miembro del Parlamento Británico), citó con gran respeto y en extensión a John C. Calhoun en la mayoría de las coincidencias, coincidía en esos temas con Orestes Brownson, “el periodista más influyente de América”; citó a Alexis de Toqueville para asegurar autoridad. Expuso las injusticias de las tarifas protectoras impuestas por los intereses industriales del Norte; atacó a los Abolicionistas por exhibir “el mismo absolutismo abstracto e ideal, que es igualmente hostil contra el espíritu católico e inglés.” Este ensayo suyo presenta el mejor caso para la causa confederada hecho por un observador extranjero, un juicio concienzudamente conservador en la línea de Burke y Tocqueville.

Pero en 1889 un cambio radical había ocurrido en el juicio de Acton sobre las convicciones y las suposiciones de los delegados a la Convención Constituyente de 1787, y era distinto a la descripción de aquellos orígenes constitucionales de su ensayo sobre “Las causas políticas de la Revolución Americana” de 1861. Entonces él había enfatizado la independencia de la doctrina y el dogma teórico en los artífices de la constitución; había declarado que los constituyentes estaban gobernados por el respeto a instituciones inglesas, costumbres, convenciones y prescripciones. Aún así, en su crítica al libro de James Bryce “The American Commonwealth”, publicado en el English Historical Review, en 1889, Acton procedió a contradecir a su eminente colega liberal y a sí mismo, cuando descubrió que Bryce tenía el mismo criterio acerca de las convicciones conservadoras de los delegados de 1787 sobre las costumbres, convenciones e instituciones inglesas que él había publicado dieciocho años antes.

Ahora declaró que la Revolución Americana había sido “la manifestación suprema de la ley de la resistencia, como la revolución abstracta en su forma más pura y perfecta.” Ignorando los juicios de Burke, Gentz y otros analistas de la Guerra de la Independencia estadounidense, Acton ahora insiste que los norteamericanos no lucharon por sus derechos constitucionales, lo que Burke había llamado “los derechos colegiados de los ingleses,” sino por la libertad abstracta. ¿Por qué deberían haber considerado el costo, y por qué debemos considerarlo nosotros? Ya que la Revolución Americana enseñó que “los hombres deben levantarse en armas incluso contra un peligro remoto y constructivo para su libertad; incluso si la nube no es más grande que una mano, es su derecho y su deber arriesgar la existencia nacional, sacrificar vidas y fortunas, cubrir el país con un lago de sangre, hacer añicos coronas y cetros, y arrojar Parlamentos al mar. Ellos construyeron su república sobre este principio de subversión, y por su virtud sacaron la Tierra de su órbita y asignaron un nuevo curso a la historia. Sólo aquí tenemos la cadena rota, el pasado rechazado, los estatutos precedentes reemplazados por una ley no escrita, hijos más sabios que sus padres, ideas enraizadas en el futuro, la razón afilada como una navaja.”

Buena retórica. Pero esta exhortación a otros hombres de que“resuene el clarín y la trompeta” y que atraviesen lagos de sangre en favor de un principio abstracto, parece un poco falsa viniendo de una casa de campo de un noble de mediana edad que nunca había tomado un arma, viviendo en la seguridad de la Inglaterra Victoriana o de la Alemania de los Hohelzollern. Acton había leído a Marx y había urgido a su gran amigo Gladstone a que lo hiciera. ¿Oímos quizá en esta retórica sobre la Revolución Americana un eco de la doctrina de Marx sobre el baño de sangre masivo para lograr la Revolución final?

Algunos de nosotros somos más sabios cuando jóvenes que en nuestra mediana edad. Parece que lo mismo ocurrió con Acton. Quizá había estado creciendo en la imaginación de Acton un encaprichamiento con la Revolución -la revolución no sólo en el campo de las ideas. Porque él creía que todas las revoluciones contra una autoridad establecida llevaría, por lo menos en el largo término, hacia una libertad mayor y más genuina para todos -lo que hoy nos parece ingenuo.

Ese postulado aparece en las conferencias de Acton sobre Historia Moderna, dadas en Cambridge a fin del siglo pasado. Äl aprobó el baño de sangre de la Revolución Puritana -esto es, la Guerra Civil Inglesa- porque derrocó al absolutismo de los Estuardo, a pesar de que elevó a Cromwell al poder. Aprobó la Revolución Inglesa (de 1688), a pesar de que derrocó a un rey católico y comenzó una lucha que duró hasta 1745. Porque a pesar de tener fallas -el Act of Settlement- Acton dijo: “es lo más grande que ha hecho la nación inglesa,” al establecer la Supremacía Parlamentaria tanto en la administración como en la legislación. El discurso de Acton aprobando la Revolución Americana (esta vez sí la lucha que comenzó en 1775) es más atemperado y en concordancia con los discursos de Burke de 1765 a 1775. Acton señaló, de todos modos, que los británicos en América del Norte no habían sufrido opresión: “No hubo que soportar ningún tirano. Los coloniales eran más completamente sus propios dueños, en muchas cosas, que los propios ingleses en casa.” Pero parece gloriarse en Lexington, Concord y Bunker Hill.

Esta aceptación o incluso aprobación entusiasta de la violencia revolucionaria no estaba de acuerdo con la subscripción de Acton al principio de que el fin no justifica los medios, o su condena del asesinato como el peor de los pecados. Ralph Waldo Emerson (profundamente despreciado por Acton) nos enseña que “una coherencia estúpida es la pesadilla de las mentes pequeñas”; en otras partes he comentado que un optimismo necio frecuentemente es la condenación de mentes expansivas. Acton expresó, una y otra vez, su confianza en que el crecimiento universal de la conciencia terminaría en la perfecta, o casi perfecta,libertad. Ästo es ignorar el dogma cristiano del pecado original. En su interés por progresar en el camino a esa Sión de la conciencia, Acton estaba preparado para perdonar asesinatos de gran magnitud.

Consideren el incómodo juicio sobre el asesinato “judicial” de Carlos I, del arzobispo Laud y de Lord Strafford en manos del Parlamento regicida de Cromwell. Acton escribió: “No podemos evitar la pregunta acerca de si las tres grandes víctimas ... merecían su destino. Es seguro que los condenaron ilegalmente, y por lo tanto injustamente ... Pero no nos hemos abierto paso en el enormemente intrincado y complicado mundo de la política moderna, excepto en la idea del progreso hacia una libertad más perfecta y segura, y el derecho divino de los hombres libres. Juzgados con ese criterio los tres acusados debían ser condenados. Ese es un principio que está muy arraigado y llega muy lejos, y debemos estar preparados para ver cómo se aplica en miles de otras instancias, en otros países, y en otros tiempos, especialmente en los que estamos viviendo.”

¿No encontramos implícito en esta afirmación precedente de Acton que los hombres y mujeres, tan tontos como para estar, a propósito o no, en el camino de algún gran principio -digamos el de la libertad- deben ser sacados a un lado, o “liquidados” como dirían los ideólogos del siglo XX? Viene a la mente la lamentación de Madame Roland “çOh, Libertad, qué crímenes se cometen en tu nombre!” Cuando Acton dió su conferencia sobre la Revolución Puritana estaba muy evanzado en la preparación de sus siguientes conferencias sobre la Revolución Francesa. ¿Estaban Luis XVI, María Antonieta y miles de otras personas en otros países entre los acusados condenados providencialmente? ¿También Aye e incluso Madame Roland? El rey Carlos, Strafford y Laud no estaban entusiasmados en una vaga libertad universal, obtenida a través de la perfección de la conciencia; por lo tanto sus cabezas debían caer, aunque fuera ilegal e injustamente -una noble paradoja.

Cerca del fin de su vida, Lord Acton aparentemente había llegado a entusiasmarse con la doctrina abstracta y el dogma teórico, a la que él había renunciado en su ensayo sobre “Las Causa Políticas de la Revolución Americana” casi dos décadas antes. ¿El slogan “Libertad, Igualdad, Fraternidad” había despertado algo contradictorio e imprudente en él , algo que le era profundamente odioso, a pesar de que las consecuencias de la Revolución Francesa -el terror que siguió- también fueron odiosas para él? ¿Hay alguna sugerencia, en su conferencia acerca de la Revolución Puritana, sobre la historia inexorablemente divinizada o personificada de Marx, a lo largo de cuyo amplio camino los reaccionarios deben ser aplastados? Acton pensó que en la historia podía distinguir el camino de la Providencia. Pero es peligroso confundir la Providencia con la Historia. ¿Y la Providencia no puede castigar, tanto como premiar?

En su Conferencia Inaugural como Profesor Regio de Historia Moderna en Cambridge (1895), Acton sostuvo que la historia revela la marcha de la Providencia hacia una libertad mayor. Äl esperaba “ que la historia los ayudará a ver el accionar de Cristo que ha sido elevado sobre la humanidad y cuya redención no falla, sino que aumenta; que la sabiduría de la norma divina no aparezca en la perfección sino en el mejoramiento del mundo; y que la libertad conseguida sea el resultado ético, que descanse en las condiciones convergentes y combinadas de una civilación que avanza. Entonces comprenderán lo que dijo un famoso filósofo, que la historia es la verdadera demostración de la religión.” (Aquí Acton se refiere a Liebnitz)

Pero más tarde en la misma famosa conferencia inaugural, el Profesor Regio experimentó ciertas dudas. ¿ No es por la revolución violenta, más que por la reflexión histórica y el aumento del reino de la conciencia, lo que produce cambios mejores y más importantes en favor de la libertad de la humanidad? ¿No se estaba contradiciendo a sí mismo?

Lord Acton le dijo a sus oyentes: “Si las conquistas supremas de la sociedad se ganan más a menudo por la violencia que por las artes indulgentes, si la época y la dirección que siguen los acontecimientos es hacia la convulsión y las catástrofes, si el mundo le debe la libertad religiosa a la Revolución Holandesa, el gobierno constitucional a los ingleses, el republicanismo federal a los estadounidenses, la igualdad política a los franceses y sus sucesores ¿qué será de nosotros, dóciles y atentos estudiantes del absorbente pasado? El triunfo del revolucionista anula al historiador. A través de sus auténticos exponentes la Revolución del último siglo repudia la historia. Sus seguidores renunciaron a relacionarse con ella, y estaban preparados para destruir sus archivos y documentos y a prohibir a sus inofensivos profesores.”

¿Estaba Acton renunciando a la historia, por seguir una moda, en éstos, sus últimos años? Había comenzado a distanciarse de Burke. Porque Burke era el campeón de las costumbres, prescripciones y precedentes; y por lo tanto se movía en el pasado muerto; mientras que él, Acton, apartando bruscamente las costumbres y lo convencional, arrojando lejos aquella mano muerta del pasado, era el campeón del presente y el futuro, guiándose no por las experiencias pasadas de la humanidad, sino por el principio verdadero, que obraría maravillas. Había comenzado a sonar como Thomas Jefferson, murmurando “Los muertos no tienen derechos.”

Contestando a su propia pregunta sobre qué sería de “dóciles y atentos estudiantes del absorbente pasado,” Acton dijo, sin mucha convicción, que los eventos revolucionarios, a pesar de que habían sido violentos, habían provocado algunas reacciones saludables en las mentes de los más inteligentes, estimulando nuevamente el interés de ellos en la historia. Durante el siglos diecinueve habían surgido las escuelas liberales y conservadoras de interpretación histórica. Se habían abierto archivos muy importantes para los historiadores. En consecuencia, había sido posible acercarse más a la verdad histórica. La conciencia estaba funcionando -la conciencia bien encaminada, no meramente la conciencia confusa del propio juicio. Hacia el final del siglo diecinueve:çnimo!; ¿No estaba creciendo el liberalismo?

Al final llegamos a las conferencias de Lord Acton sobre la Revolución Francesa, desarrolladas por cuarta vez en la Universidad de Cambridge tres años antes de su muerte, y publicadas en 1910. El libro es lúcido y preciso, y refleja la meticulosidad de métodos de Acton y su inmensa lectura e investigación de documentos; sigue mereciendo estar junto a los volúmenes sobre la Revolución Francesa escritos por Tocqueville, Taine y Carlyle; podría ser suplementado con la obra impresionante de Schama “Citizens: A Chrolicle of the French Revolution” (Ciudadanos: una crónica de la Revolución Francesa)(1989). Acton sabía que se precisaba alguna revolución en los asuntos franceses; pero la revolución que llegó pulverizó la libertad. Pareció refutar con su violencia la premisa de Acton de que revoluciones sucesivas pondrían fin al Estado arbitrario.

Acton había dicho en su conferencia sobre el comienzo del estado moderno, en su serie de conferencias sobre Historia Moderna: “Por una serie de sacudidas violentas, las naciones en sucesión habían luchado para sacudirse de encima el Pasado, para revertir la acción del Tiempo y el veredicto del éxito, y para rescatar al mundo del reino de los muertos.” ¿La Revolución Francesa había sido un trabajo de rescate? De algún modo las cosas habían empeorado desde la primera en 1789, y Acton reconoció esta desagradable verdad. Acton precibió que la Declaración de los Derechos del Hombre estaba fundada sobre falacias. Asombrosamente, Gertrude Himmelfarb, en su biografía de Acton, intenta persuadir a sus lectores de que “Acton no tenía más que alabanzas” hacia aquella Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. ¿Debemos considerar una alabanza al siguiente pasaje sacado de su séptima conferencia sobre la Revolución?

“La Declaración fue aprobada el 6 de agosto, después de un debate apresurado, y sin ninguna resistencia posterior. La Asamblea, que había abolido el pasado al principio del mes, intentó, a fin de mes, instituir y regular el futuro. Ästos son sus trabajos duraderos y la herencia perpetua de la Revolución. Con ellos una nueva era amaneció sobre la humanidad. A pesar de eso, esta única página impresa, que sobrepasa cualquier biblioteca, y es más fuerte que los ejércitos de Napoleón, no es el trabajo de mentes superiores, y no muestra las marcas de las garras del león. El sello de la claridad cartesiana está sobre ella, pero sin la lógica, la precisión, la rigurosidad del pensamiento francés. No hay ningún indicio en ella de que la libertad sea la finalidad y no el punto de partida, que sea una facultad a ser adquirida y no un capital para invertir, o que dependa de la unión de innumerables condiciones, que abarcan toda la vida del hombre. Por lo tanto es justamente acusada por aquellos que dicen que es defectuosa, y que sus defectos han sido un peligro y una trampa.”

Desde esta Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, el camino de los franceses condujo, con una violencia que crecía rápidamente, a la catástrofe. La Revolución pronto devoró a sus propios hijos -una terrible historia que Acton relata despiadadamente. La pasión por la libertad pisoteó el orden y la justicia, y las sociedades tolerantes necesitan la realidad de estos tres principios.

El grito jacobino por la libertad devastó la Europa continental, y sólo se evitó por la fuerza y por un maestro que arruinara la civilización. “He sembrado el cruel espíritu de la novedad que acechaba sobre todo el mundo,” dijo Napoleón Bonaparte vanagloriándose.

Por supuesto no era la noción jacobina de la libertad lo que Acton deseaba, tampoco aplaudió para nada la noción de igualdad, y sólo reconoció a la fraternidad como hermandad cristiana. La libertad que imaginaba era una libertad mucho más británica, desarrollada durante siete siglos por una muy marcada continuidad de creencias e instituciones, y con escasamente una revolución -de alcance limitado- para acelerar el progreso de algún modo. Äl y su amigo Gladstone compartían la expectativa victoriana de progreso universal; los hubieran llamado utópicos si no hubiera sido por esa doctrina de la revolución como estímulo.

Doce años después de la muerte de Acton en 1902, el mundo entró en los que Arnol Toynbee llamó una época de problemas -una época que, si creemos lo que dice otro distinguido historiador, Fernand Braudel, puede terminar con la llegada del siglo veintiuno. El grito “çLibertad!” se ha oído en casi todos los países desde 1914, pero lo que se ha conseguido en casi todo el mundo es tiranía. Revoluciones del tipo más violento han reducido a la mayoría de frica y Asia a la miseria, recién ahora Europa Oriental comienza a tener esperanza en un reestablecimiento del orden. América Latina, o la mayoría de ella, permanece en convulsiones. Se ha explotado la esperanza de Acton de que las revoluciones serían un instrumento de progreso. Por el contrario, en el siglo veinte la palabra revolución ha significado, comúnmente, una ocasión para el proletariado de saquear los cuarteles de la gente próspera -y quizás también cortar algunas gargantas. Como declaró Burke, al final de cada Revolución la perspectiva es la guillotina.

Les recomiendo un ensayo, titulado “This Terrible Century” (Este siglo terrible), escrito por Gerhart Niemeyer, publicado en el número de otoño de 1993 del The Intercollegiate Review. El Dr. Niemeyer escribe: “Para nosotros que disfrutamos de una vida con relativa prosperidad, de las posibilidades educativas y artísticas que ofrece una cultura floreciente, y de paz, puede parecer que este siglo nos da una buena razón para auto-felicitarnos. A pesar de esto, para los futuros historiadores puede ser catalogado como uno de los peores de la historia humana. Quiero decir que puede no parecer así para un historiador que pueda discernir entre los buenos y malos espíritus, que sea sensible a las necesidades del espíritu, y que sea hábil para leer entre líneas los textos oficiales ... Puede volver a sorprenderse ante el fenómeno del totalitarismo ... una novedad en la historia, y ante el gobierno de las ideologías que produjo una esclavitud generalizada, a pesar de que ya se había terminado la esclavitud privada.”

Lord Acton fue eminente entre aquellos historiadores que distinguen entre los buenos y malos espíritus, que son sensibles a las necesidades del alma, y son hábiles para interpretar archivos. çCon qué horror Acton vería las últimas décadas del siglo veinte! Se sigue oyendo la exigencia de una mayor libertad: pero la exigencia en este país es por una “libertad de estilo de vida,” la libertad de la libido y no de la voluntas. Los habitantes de Bosnia han sido liberados para que se masacren entre ellos. Se ha conferido una presunta libertad a los Bantu en Sudáfrica que puede repetir los horrores del Congo emancipado hace tres décadas. ¿En qué país encontramos ese feliz aumento de la influencia de la conciencia que predica Acton?

La libertad no puede triunfar excepto sobre las bases de un orden saludable -orden en el alma y orden en el estado. La revolución, después de todo, es la interrupción del orden y, por lo tanto, un remedio extremo. Por esa razón los estudiantes serios de historia harán bien en ubicar a Eric Voegelin y Christopher Dawson -historiadores del orden- más alto que a Acton. De todas maneras, me deleito mucho leyendo, en varias ocasiones, los ensayos de Acton sobre la libertad, y se los recomiendo. Lord Acton, ahora miembro de la comunidad de las almas, usted y todos los muertos tienen derechos, a pesar de Jefferson, porque, milord, usted es una de esas almas en la eternidad que nos da energía a nosotros los vivientes; y rezo para que siga siendo leído en una época revolucionaria, oprimidad por una Ideología Gigante.