Sigue creciendo la lista de bajas por muerte de la crisis europea aparentemente interminable.
Si hoy en la Unión Europea se es joven, contribuyente, o un ciudadano alemán, se tendrá una buena razón para pensar que se le ha dado una mano con muy malas cartas.
Sin embargo, hay una muerte inminente que merece totalmente su desaparición. Es la credibilidad de la clase política europea.
Habiendo ellos asegurado a los europeos, durante los últimos 50 años, que sabían lo que estaban haciendo, los políticos de Europa están ahora frente de la peor vorágine económica del continente desde la Gran Depresión: una calamidad a la que sus políticas contribuyeron sustancialmente.
Y me refiero a una clase de políticos europeos —un grupo que incluso ha desarrollado características familiares distintivas.
En resumen, las ligas familiares en el panorama político europeo empequeñecen a los Daley de Chicago, los Bush de Texas y los Cuomo de New York.
Sin embargo, complicando aun más las cosas, está la profesionalización de la política, que hace aparecer a los Cuomo como amateurs.
La mayoría de los partidos políticos europeos con representación legislativa tienen un relativamente pequeño número de miembros. A pesar de eso, constituyen la base para una carrera profesional de tiempo completo para muchos de sus miembros.
Un buen ejemplo es la presidente de Finlandia, Tarja Halonen.
En 1974, fue secretaria parlamentaria del primer ministro. Dos años después, fue elegida al parlamento y sirvió allí durante 21 años. Ocupó diversos puestos ministeriales hasta que en 2000 fue elegida presidente.
En resumen, desde su etapa universitaria, Halonen no ha hecho nada en relación a su carrera excepto actividades políticas u ocupado puestos gubernamentales. Su historia es, sin embargo, muy típica.
Fuera de un paréntesis al principio de los años 70, trabajando en el banco central de Bélgica y un corto tiempo, durante los 80, como académico, Rompuy ha ocupado continuamente puestos políticos antes de su posición actual.
Hay excepciones a este patrón (por ejemplo, Angela Merkel en Alemania). Pero tiene que buscarse mucho y con esfuerzo para encontrarlas.
Solamente eso, hace que el feliz vocabulario europeo de “apertura” y “diversidad” deba ser visto como una burla.
Lo que me lleva a mi último punto: la diversidad —o mejor dicho, la falta de ella— en lo que se refiere a las ideas entre las clases políticas europeas.
Con independencia de si están a la derecha o a la izquierda, la mayoría de los políticos europeos comparten un amplio compromiso con el modelo social de Europa.
Por lo general, este modelo sostiene algunas instituciones de mercado (como precios libres), pero también enfatiza con fuerza redistribuciones mayores de riqueza, grandes estados de bienestar y una fuerte regulación del mercado laboral.
Sobre esto se coloca un fuerte énfasis en la coordinación de arriba a abajo por parte del gobierno, es decir, políticos profesionales.
De esta mezcla surgen problemas —gasto fuera de control, incentivos negativos a los emprendedores, corrupción soft y sectores públicos demasiado grandes. Problemas que han sido comprendidos desde que la palabra “euroesclerosis” se hizo popular en los años 70.
Entonces, ¿por qué, incluso ahora, los políticos europeos son tan lentos para reaccionar en consecuencia y agresivamente en contra de las causas de la esclerosis?
Una razón es que la liberalización del mercado significaría una reducción de su importancia en la economía. Menos coordinación de arriba hacia abajo significa menos coordinadores allá arriba.
Pero otra causa del fracaso para reformar es que la mayoría de los políticos europeos tienen poca o ninguna experiencia en el mundo de los negocios.
Hace cinco años, una encuesta del senado francés, reveló que sólo 30 de sus 331 miembros habían trabajado en el sector privado.
No es sorpresa que resulten ser personas con poco conocimiento sobre cosas aburridas, como poder pagar sueldos, por qué la alta regulación del mercado laboral le hace a uno renuente a contratar personal, o cómo es que los impuestos altos debilitan el entusiasmo empresarial.
Por tanto, a nadie debe sorprender que tantos de los políticos europeos respondan a los problemas actuales proponiendo aún más centralización de la política económica y más regulación. Todo en nombre de la “coordinación” de toda Europa.
Nada podría ser más extraño a esas mentalidades que imaginar que ellos y su visión protegida de la vida pueda ser parte del problema.
El tiempo está, sin embargo, en su contra. Conforme empeora la crisis europea, los esfuerzos de los viejos regímenes para controlar las cosas por medio de más prestamos entre gobiernos, rescates y cuentas mágicas, seguirán dando resultados pobres.
Desafortunadamente, como los Borbones, la mayoría de la clase política europea nada ha aprendido y olvidado nada. Y, como en el pasado, serán los europeos comunes, y no sus amos políticos, los que pagarán el precio.
Purchase a subscription to the Journal of Markets & Morality to get access to the most recent issues.
Contact Us Online
Request a Speaker
© 2012 Acton Institute