Eurocracia, Locura Suelta


“Tenemos que volver a establecer la superioridad de la política sobre el mercado”.

Esta frase, pronunciada hace poco por Angela Merkel de Alemania, muestra el carácter asombrosamente poco original del enfoque adoptado por la mayoría de los políticos de la UE, en su intento por salvar a la moneda común, a la que incluso Paul Krugman parece conceder que está su actual trayectoria hacia la inmolación.

Como sabe todo buen político europeo de carrera (¿hay algún otro tipo?), el proyecto del euro nunca fue ante todo un asunto de economía sólida, mucho menos fue la sospechosa conspiración “neoliberal” para dar rienda suelta al temido mercado causando estragos a los europeos incautos.

El euro fue siempre y esencialmente una herramienta económica para implantar un gran diseño político: la unificación europea.

Los patrocinadores grandes de la moneda común, allá en la década de 1990, como Jacques Delors y Helmut Kohl, jamás ocultaron el hecho de que esa era su ambición. Tampoco se molestaron en ocultar su desprecio por aquellos que pensaban que en total, el asunto terminaría en llanto.

Desde el inicio del proyecto de la moneda común, las consideraciones económicas fueron subordinados continuamente al objetivo de utilizar al euro para cimentar vínculos políticos.

Es por eso que a la mayoría de los países se les permitió entrar en el euro a pesar de no haber cumplido con algunos de los criterios básicos de admisión.

También explica por qué a nadie parecía importar demasiado cuando Grecia admitió en 2004 que había amañado, distorsionado, y mentido en el camino a su entrada al club del euro. Ahora, sin embargo, Europa está descubriendo lo que sucede cuando los juegos políticos disminuyen la capacidad de una moneda para reflejar las realidades económicas.

En verdad, la canciller Merkel tiene sus ideas exactamente al revés.

La UE no necesita más “política” —al menos en el sentido que le dan la mayoría de los políticos de la UE y sus funcionarios. En su lugar, Europa necesita más honestidad y menos ficción fiscal; menos acuerdos ocultos y mayor transparencia; mayor libertad económica y mucha menos centralización política.

Una transformación tan drástica de perspectiva, sin embargo, parece poco probable.

En cambio, gran parte de la clase política de Europa parece estar dispuesta a hacer casi cualquier cosa para salvar el euro —incluyendo, según parece, ir más allá de los límites permitidos por la legislación de los tratados de la UE y de las constituciones nacionales.

Francia y otros países, por ejemplo, están presionando activamente para que el Banco Central Europeo haga lo que los tratados europeos le prohíben legalmente hacer: “monetizar” (un siempre útil eufemismo para la impresión de dinero) la deuda en forma de compras ilimitadas de bonos de gobierno de naciones afectadas por su deuda en la zona del euro.

Sin embargo, otros insisten en que ahora es el momento de crear un Ministerio de Finanzas europeos que de alguna manera “maneje” las políticas fiscales de países enteros desde Bruselas.

La colectivización de la deuda, la centralización de la política fiscal, la consolidación del poder.

Al final, todo siempre parece volver a ser lo mismo para la mayoría de los políticos europeos: una notable confianza en el creerse indispensables. Eso que generalmente es una señal de que el tiempo se les ha acabado.