Introducción
En los últimos tres siglos, la esperanza de vida en economías avanzadas ha saltado desde aproximadamente los 30 años a casi los 80. Se encontraron remedios a enfermedades una vez fatales, y a otras se las eliminó por completo. De hambrunas ya no se oye en Europa occidental, y se presentaban en promedio siete veces cada siglo, durante unos diez años consecutivos. La familia promedio del europeo occidental en 1700 vivía en una cabaña, con poco o ningún mobiliario, cero cambio de ropa, y comida apenas para sostener unas horas diarias de trabajo agrícola. (1) Por supuesto, les faltaban también electricidad, cañerías, corrientes de agua potable y desalojo de las servidas, y todos esos aparatos que nosotros damos a menudo por seguros. Hoy en cambio las familias promedio viven en una casa bien construida, con todos sus aparatos, y comida suficiente como para que la obesidad y no el hambre sea el problema nutricional más común, hasta entre los “pobres”. (2) Estos progresos en Occidente han sido los frutos de la libertad, del conocimiento, y del trabajo duro, valores que se apoyan sustancialmente en base a la cosmovisión y la ética de servicio a Dios y al prójimo, propias del cristianismo bíblico. (3) Ocurre que estos adelantos también han dado lugar ahora a una plausible ampliación en el enfoque de las personas, abarcando la necesidad de mayordomía medioambiental. Porque cuando las gentes se sienten más seguras respecto a sus necesidades básicas, comienzan a asignar más de su tiempo, energía, y otros recursos escasos, al logro de fines antes tenidos por menos urgentes. Por eso el movimiento para la protección del ambiente ha crecido tanto como la riqueza en Occidente, dando lugar a una fuerte conciencia medioambiental, y a una legislación proteccionista.
En los países menos desarrollados, el progreso material empezó mucho más tarde; pero han estado poniéndose al día en el último siglo, como muestra sobre todo la rápidamente creciente esperanza de vida: desde unos 30 años en 1900, hasta los 63 de hoy en día. (4) No obstante, en muchos de ellos, el piso de comida y agua pura suficientes, junto con vestido, techo, transporte, atención médica, comunicaciones, etc., permanece aún ajeno a muchas personas, para las cuales el progreso económico continuo es crucial para la salud, y hasta para la vida misma. Poco asombra entonces que la atención se enfoque más en las necesidades de consumo inmediato que en la protección ambiental. Es trágico que personas con fuerte conciencia ambientalista - sobre todo de países occidentales -, busquen imponer sus propias sensibilidades ambientales a otras que aún luchan nada más por sobrevivir. De hecho, sus próximos adelantos en bienestar para los pobres se ven ahora peligrar. Y eso por una creencia occidental, sobre la empresa humana y el desarrollo económico como fundamentalmente incompatibles con la protección ambiental, ahora vista por algunos como quintaesencial valor a la hora de juzgar el progreso. Esa falsa opción amenaza prolongar la pobreza, enfermedad y muerte temprana - extendidas en el mundo en desarrollo -, y también socava las mismas condiciones esenciales para el logro de una genuina mayordomía ambiental.
En este ensayo vamos presentar los fundamentos teológicos y éticos que creemos esenciales a una sana mayordomía medioambiental; a repasar brevemente el progreso humano erigido sobre tales fundamentos; y a discutir algunas de las preocupaciones ambientales más importantes - muy serias unas, otras menos- que requieren atención desde esta perspectiva cristiana. También vamos a exponer una visión de la mayordomía ambiental más sabia y más bíblica que el ambientalismo de la corriente mayoritaria, que pone a la fe y a la razón a trabajar simultáneamente, tanto para las personas como para la ecología; y que responde a las demandas tanto del bienestar humano como de la integridad de Creación.
Creemos que tal enfoque de la administración ambiental ha de promover la justicia y el shalom humanos, así como el bienestar para el resto de la Creación de Dios, confiada a los portadores de su imagen en calidad de mayordomos, para su Gloria.
I. Fundamentos teológicas y éticos de la mayordomía
Dios, Creador de todas las cosas, las gobierna por sobre todo y merece nuestro culto y adoración. (Sal 103:19-22.) La tierra, y con ella todo el cosmos, revelan la sabiduría y bondad de su Creador (Sal 19:1-6); y se sostienen y son gobernados por su poder y bondad amorosa. (Sal 102:25-27, Sal 104, Col 1:17, Heb. 1:3, y 10-12.) Hombres y mujeres fueron creados en la imagen de Dios, y les fue dada posición privilegiada entre las criaturas, y les fue ordenado ejercer mayordomía sobre la tierra. (Gén. 1:26-28, Sal 8:5.) Principios fundamentales de una ética medioambiental propiamente cristiana son entonces el distingo entre Creador y criatura, y la doctrina de la creación de la humanidad en la imagen de Dios. Contrariamente, algunos activistas ecológicos - sobre todo en el movimiento de la “Ecología Profunda”-, divinizan la tierra; e insisten en el “igualitarismo biológico”: igual valor y derechos para todas las formas de vida. Esta es una noción errónea, que creen ha de suscitar respeto del hombre para con la tierra. Pero al negar esta filosofía la afirmación bíblica del papel único de la persona humana como mayordomo, elimina la razón misma para el cuidado humano por la Creación; el clamor por un trato humano para con las bestias, mas rebajando a las personas al nivel de los animales, sólo conlleva a un trato bestial para con los seres humanos. (5)
La imagen de Dios consiste en conocimiento y rectitud, y se expresa en el dominio y mayordomía humana creativas sobre la tierra. (Gén. 1:26-28, 2:8-20, 9:6, Efe 4:24, Col 3:10.) Nuestra mayordomía bajo Dios implica que somos moralmente responsables ante Él por el trato a la Creación de modo que mejor sirva a los objetivos del reino de Dios. Pero responsabilidad moral y dominio sobre la tierra descansan en la libertad de elegir. El ejercicio de estas virtudes y esta vocación requieren por consiguiente que actuemos en un campo de libertad considerable: no licencia irrestricta, pero sí libertad, ejercida dentro de los límites de la ley moral de Dios, revelados en la Escritura y en la conciencia humana. (Éxo. 20:1-17, Deut. 5:6-21, Rom. 2:14-15.) Estas realidades no se invalidan por el hecho de que la humanidad haya caído en pecado. (Gén 3.) Más bien, nuestro pecado ha traído respuestas de Dios. Primero, en juicio, sometiendo a la humanidad a la muerte y separación de Dios (Gén 2:17, 3:22-24, Rom 5:12-14, 6:23), y sujetando a la Creación a la maldición de futilidad y corrupción. (Gén 3:17-19, Rom 8:20-21.) Y después, en restauración, a través de la expiación de Cristo, redimiendo de la muerte a su pueblo, y reconciliándole con Dios (Rom 5:10-11, y 15-21, 2 Cor 5:17-21, Efe 2:14-17, y Col 1:19-22), y mediante su más amplia Obra de liberar a la Creación terrenal de su esclavitud a la corrupción. (Rom 8:19-23.) De hecho, Cristo incluso involucra a los humanos caídos en esta obra de restaurar la Creación. (Rom 8:21.) Como Francis Bacon lo puso en “Novum Organum Scientiarum” (Nuevo método de la ciencia, 1620): “el hombre por el pecado cayó al mismo tiempo de su estado de inocencia y de su posición de dominio sobre la Creación. Ambas pérdidas sin embargo pueden ser reparadas en ciertas partes incluso en esta vida: la primera, por la religión y la fe; la segunda, por las artes y las ciencias.” (6) El pecado entonces hace difícil a los humanos el ejercicio de una piadosa mayordomía, pero la Obra de Cristo sobre, en, y a través de las personas y la Creación, la hace no obstante posible.
Cuando Dios creó el mundo, apartó un sitio único y especialísimo, el Jardín de Edén; y puso allí al primer hombre, Adán. (Gén 2:8-15.) Dios instruyó a Adán para cultivar y guardar ese Jardín (Gén 2:15), reforzar su ya grande productividad, y protegerlo contra la invasión del desierto circundante que constituía el resto de la tierra. Una vez creada la primera mujer, y unida por Dios a Adán (Gén 2:18-25), también les ordenó a ellos dos y a sus descendientes multiplicarse, extenderse más allá de los límites del Edén, y llenar, subyugar y gobernar la tierra entera, y lo que en ella había contenido. (Gén 1:26, y 28.) Al hacerles en su imagen, y ponerles en autoridad sobre la tierra, Dios les dio a hombres y mujeres superioridad y prioridad, por encima de todas las otras criaturas terrenales. Esto implica que la apropiada mayordomía ambiental busca armonizar la satisfacción de las necesidades de todas las criaturas, pero antepone las humanas a las no humanas cuando ambas se hallen en conflicto.
Algunos activistas ecológicos rechazan esta visión como “antropocéntrica” o “especiecista”, y promueven una alternativa “biocéntrica.” Sin embargo, y tan atractivamente humilde como podría parecer, esa alternativa es realmente insostenible. Porque entre todas las criaturas de la tierra, sólo las humanas tienen racionalidad y capacidad moral para el ejercicio de la mayordomía, y para ser responsables por sus opciones, y además responsabilizarse por el cuido no sólo de ellas mismas sino también de otros seres creados. Rechazar la mayordomía humana es abrazar, por defecto, ninguna mayordomía. La única alternativa apropiada a un egoísta antropocentrismo no es el biocentrismo sino el teocentrismo: una visión del cuido de la tierra con Dios y su ley moral perfecta en el centro, y los seres humanos actuando como sus mayordomos responsables. (7)
Dos series de condiciones interrelacionadas son necesarias para la mayordomía responsable. En la primera se encuentran las vinculadas a la libertad, que les permite a las personas usar e intercambiar los frutos de su trabajo para beneficio mutuo. (Mat 20:13-15.) Estas condiciones son conocimiento, rectitud, y dominio. Brindan un campo apropiado para el desarrollo de la imagen de Dios en la persona humana. En la segunda serie, tenemos condiciones conectadas a la responsabilidad, sobre todo, existencia de un marco legal que afirme la responsabilidad de las personas por daños que puedan causar a otros. (Rom 13:1-7, Éxo 21:28-36, y 22:5-6.) Estas dos series de condiciones proporcionan los resguardos que se hicieron necesarios por el pecado. Ambas son esenciales a la mayordomía responsable; no puede permitirse a una desalojar u opacar a la otra, y cada cual debe entenderse a la luz de la imagen de Dios y de la pecaminosidad en el hombre.
La libertad, expresión de la imagen de Dios, puede ser abusada por el pecado; por consiguiente necesita restricciones. (1 Pe 2:16.) Pero el poder gubernamental, necesario para dominar el pecado y reducir su daño, se ejerce por humanos pecadores, que también pueden abusar. (Sal 94:20, 1 Sam 8.) Significa que también necesita restricciones. (Hechos 4:19-20, y 5:29.) Sus restricciones están en los límites específicos impuestos a los poderes gubernamentales (Deut 17:14-20); en la división de los poderes en judicial, legislativo, y ejecutivo (reflejando a Dios como Juez, Legislador y Rey: Isaías 33:22); en la separación de los poderes en locales y central (ejemplificado en los diferentes gobernantes de las distintas tribus israelitas, y los profetas o reyes por sobre todo Israel: Deut 1:15-16); en la gradación de poderes de menor a mayor (Éxo 18, Deut 16:8-11); y en la investidura del poder a un pueblo para elegir sus gobernantes. (Deut 1:9-15, y 17:15.) Todos estos principios se reflejan en la Constitución de los EE.UU. También es crucial a la comprensión cristiana del gobierno el hecho de que Dios lo ha ordenado para hacer justicia, castigando a quienes hacen lo malo y honrando a quienes hacen lo recto. (Rom 13:1-4, 1 Pe 2:13-14.) (8)
Estos principios indican que una mayordomía ambiental bíblicamente sana es totalmente compatible con los derechos de propiedad privada y la economía libre, manteniendo a las personas responsables por sus acciones y sus consecuencias. La mayordomía es mejor lograda por un gobierno cuidadosamente limitado, con la acción colectiva a un nivel lo más local que sea posible -a fin de minimizar las cuantías de los daños producidos por los fracasos gubernamentales -, y a través de un compromiso riguroso con la acción humana virtuosa en el mercado y en el gobierno.
Cuando estos principios son aplicados, promueven tanto el crecimiento económico como la calidad ambiental. Por una parte, hay una correlación directa y positiva entre el grado de libertad política y económica, y los niveles de logro y velocidad en el crecimiento económico en los países del mundo. El 20 % de los países con mayor libertad económica, producen en promedio más de 10 veces la riqueza per cápita del 20 % con menos de esa libertad. Y mientras los países más libres disfrutaron en los '90 de un crecimiento promedio del PIB per capita de 2.27 % anual, los menos libres experimentaron un declive de 1.32 % al año. (9) Por otra parte, hay también una correlación directa y positiva entre el adelanto económico y la calidad ambiental. (10) Los países más libres, que son más ricos, han experimentado consistentes reducciones en contaminación y mejoras en su medio ambiente; mientras que los menos libres, que son más pobres, han sufrido degradación creciente o mejoras mucho más lentas en esa materia. Volveremos enseguida a esta correlación; antes nos toca saber algo de los cambios en nuestras condiciones materiales durante los últimos siglos.
II. Las maravillas del logro humano
En todo el mundo hasta hace unos 250 años, la tasa de mortalidad estaba normalmente tan cercana a la de nacimientos, que la población sólo creció aproximadamente 0.17 % al año (11), duplicándose cada 425 años más o menos. Pero a la tasa de crecimiento promedio en los '80, la duplicación ha sido cada 42 años, y cada 51 a la de los '90. (12) Las tasas de mortalidad de bebés recién nacidos y niños (alrededor de 40 % promedio) eran poco menores entre los muy ricos - realeza y nobleza- que entre los granjeros y campesinos, y eso hasta el siglo XVIII. La Reina Ana de Inglaterra por ejemplo (1665-1714) se embarazó 18 veces: 5 de sus niños sobrevivieron al nacimiento, pero ninguno a la niñez.
En el siglo XVIII, la campiña francesa - la mejor de Europa- sólo produjo unas 345 libras de trigo por acre; mientras los granjeros estadounidenses hoy producen 2.150 libras por acre, unas 6.2 veces más. (13) A comienzos del XV los agricultores franceses produjeron unas 2.75 a 3.7 libras de trigo por hora hombre, y la proporción cayó a la mitad durante los dos siglos siguientes. (14) Pero los granjeros de EE.UU. producen hoy aproximadamente 857 libras por hora hombre (15), o sea 230 a 310 veces más que sus colegas franceses alrededor de 1400, y 460 a 620 veces más que los de 1600. (También los granjeros cultivan ahora 37 a 100 veces más superficie, gracias en buena parte al equipo mecanizado y a las técnicas de cultivo avanzadas.) El gran historiador francés Fernand Braudel ha señalado que se hizo muy difícil sostener la vida cuando la productividad en trigo cayó debajo de las 2.2 libras por hora hombre. Pero para la mayor parte de los 350 años de 1540 a 1890, la productividad en Francia estuvo muy por debajo de ese nivel; y como fue bastante típico en Europa Occidental, había sufrido un declive serio al comienzo de ese periodo. (16)
Estos hechos ayudan a explicar por qué las anteriores generaciones gastaron la mayor parte de cada uno de sus días trabajando apenas por sus comidas (sin contar su preparación, empacado, transporte y entrega); cuando nosotros gastamos mucho menos hoy: en EE.UU. durante los '80, menos del 6 % de los gastos de consumo fue en alimentos. Estos y otros hechos también ayudan a entender por qué las personas viven ahora unas tres veces más tiempo; por ejemplo la introducción de hojas de vidrio en las ventanas, para tener luz y calor pero no frío y pestes, con pantallas enrejadas para tener aire fresco y no insectos transmitiendo enfermedades. O el tratamiento del agua para beber y alcantarillas; o la refrigeración mecánica que evita la corrupción de la comida, y consecuentes pérdidas y afecciones de salud. O la adopción de métodos más seguros de trabajo, viajes y formas de recreación; o innovadoras prácticas médicas sanitarias, sin hablar de antibióticos y modernas técnicas quirúrgicas. Es cierto que “el hombre se destina a morir una vez” (He 9:27), pero la Biblia reconoce a la muerte como castigo por el pecado, y en consecuencia, como enemiga del hombre (1 Cor 15:26); en contraste, asocia una vida larga con la bendición de Dios (Éxo 20:12, Deut 11:8-9, Efe 6:1-3), y con el reino del Mesías. (Isaías 65:20.)
El desarrollo económico es un bien, no para ser buscado como fin en sí mismo, sino como medio para un genuino beneficio humano. Por ejemplo, considere algunas cosas que absolutamente nadie - ni la realeza- podía disfrutar antes de los últimos dos siglos de progreso económico:
- Electricidad, y todo lo que ella impulsa: luces, teléfonos, radios, televisores, refrigeradores, acondicionadores de aire, ventiladores, aparatos de vídeo, radiografías, MRI, computadoras, Internet, prensas de imprimir a gran velocidad; y todos los productos de la automatización industrial.
- Motores de combustión interna, y todo lo que ellos impulsan: automóviles, camiones, autobuses, aviones, equipos agrícolas y de construcción, y la mayoría de los trenes y naves.
- Cientos de materiales sintéticos, como plástico, nilón, orlón, rayón, vinilo; y los miles de productos hechos con ellos: desde bolsas de comestibles y medias panties hasta los CD, y a las articulaciones y partes artificiales de órganos del cuerpo humano.
Hace un milenio - o incluso 150 años -, una persona que contraía una enfermedad bacteriana no podía tratarse con antibióticos, no importa lo rica que fuese. Los antibióticos fueron impulsados por el trabajo del francés, cristiano y científico, Louis Pasteur, sólo en la última mitad del siglo XIX. No había tampoco anestésicos más eficaces que el alcohol y las especies. Así, infecciones que hoy se curarían - o más probablemente podrían ser fácilmente prevenidas- gangrenaban los miembros, que debían amputarse; entonces los pacientes rechinaban sus dientes, esperando desmayarse por el dolor que daba la sierra. La teoría de las enfermedades microbianas no se hizo corriente sino a fines del siglo XVIII; y el uso de antisépticos no empezó sino medio siglo después, con el trabajo de un británico, cristiano y químico, Joseph Lister. Y antes, alguien con una fiebre podía ser sangrado hasta la muerte por un doctor que sólo intentaba curarlo. (17)
En el pasado, la educación era cosa de ricos. Antes de la Reforma, en pocos países se había extendido, y aún después estaba principalmente disponible a las clases adineradas. Dos grandes excepciones fueron Alemania y Escocia. Porque en Alemania, Martín Lutero insistió en la amplia difusión de la instrucción, muy importante para que las personas pudieran por sí mismas leer la Escritura, qué él había traducido a la lengua vernácula. Y en Escocia, los seguidores de John Knox estaban convencidos de que el conocimiento personal de Dios y de Su Palabra eran esenciales al mantenimiento de las libertades, tanto civil como religiosa. (Sal 119:45, Isaías 61:1, Jer. 34:15, Lu 4:18, 2 Cor 3:17, Gál 5:1,13, Stgo 1:25, 1 Pe 2:16.) Por eso (18) erigieron un sistema de escuelas primarias regenteadas por las iglesias - parroquia por parroquia -, asegurando así que prácticamente cada niño fuese a lo menos alfabetizado. En Escocia, la elevada tasa de alfabetización, y su ética calvinista de trabajo y ahorro, fueron muy importantes factores en la Revolución Industrial, pese a la escasa población del país, y sus antiguas desventajas económicas. Sin embargo, incluso allí muy pocos estudiantes se adiestraban por más de cinco o seis años, y un porcentaje muy diminuto asistía a la universidad, y menos alcanzaban a graduarse. Hoy, por contraste, en EE.UU. el 81 % de las personas mayores de 25 años es graduada de escuela secundaria, y el 23 % de la universidad; y el aumento en la disponibilidad de la educación es una clara tendencia mundial. Éste es factor particularmente crucial al predecir el futuro material del mundo, porque tanto la creación de riqueza como la protección del ambiente dependen principalmente no de la fuerza del músculo sino del cerebro. (19)
Las medidas más efectivas de bienestar material son las tasas de mortalidad y la esperanza de vida, porque reflejan cada variable concebible que pueda sumar o restar a una vida larga y saludable. Hace 1000 años, la esperanza de vida humana estaba en todas partes muy por debajo de los 30 años, quizá en 24; hoy en cambio la media mundial es más de 65, y en economías de alto ingreso per capita, más de 76 años. La tasa de mortalidad antes de los 5 años de vida ha caído, desde más o menos 40 % en todas partes - tan tarde como el siglo XIX-, a menos de 7 % mundial hoy, y a menos de 1 % en países de altos ingresos. Y las mejoras en la esperanza de vida provienen de la caída en las tasa de mortalidad, no entre niños solamente, sino en cada edad de la vida. (20)
Materialmente, el mundo es mucho mejor ahora de lo que era hace un milenio, incluso un siglo. En términos de costos laborales, y comparativamente a cualquier momento del pasado, cada materia prima significativa en la economía humana - mineral, planta, y vegetal- es hoy más económica; y los economistas reconocen esto como equivalente a más abundante. Cada producto fabricado es más económico de lo que jamás haya sido alguna vez. (21) Y produciendo toda esta gran abundancia, hemos reducido también mucho de la contaminación que amenaza la salud, sobre todo en el mundo desarrollado. (22) Dicho simplemente: el mundo es un sitio a la vez más rico y más saludable que nunca antes en la vida.
Pero este cuadro rosado no debe generar aplausos críticos al desarrollo económico per se. El desarrollo puede ser positivo o negativo. El hecho de que la esperanza de vida se mantenga creciente sugiere que el efecto neto del desarrollo en la vida humana ha sido positivo; sin embargo esto no implica que cada caso de desarrollo es puro beneficio, para las personas o la Creación. Una cosmovisión bíblica y un marco institucional apropiado para tomar decisiones prudentes - que enseguida vamos a exponer -, es esencial para la seguridad de tener un desarrollo positivo en lugar de negativo.
Apoyamos el desarrollo apropiado, no por sí mismo, sino porque, por ejemplo, eleva a la persona - mediante su trabajo, y los frutos de esa labor -; y nos capacita para ayudar mejor a los pobres; y refuerza la dignidad humana, y además nos sirve para promover ciertos valores (ambientales, estéticos, etc.), lo que de otro modo sería un lujo que no podríamos darnos.
La tradición cristiana afirma claramente que la acumulación de riqueza material no debe ser objetivo central en la vida, pero las personas usan los dones de la Creación sabiamente, para multiplicar comida, vestido, salud y otros beneficios. Es obvio que el gran adelanto en riqueza durante el último siglo sólo ha tenido lugar en un número pequeño de países, a saber, las democracias liberales y economías libres de Occidente. De sobra se sabe ahora sobre la administración de las economías nacionales, como para concluir con certeza que el sistema de libre mercado minimiza desperdicios y pérdidas de recursos, y les permite a los humanos ser libres y florecer. Todos los otros sistemas que los seres humanos han probado, condujeron a la pobreza, al hambre, y a la opresión, interminables e innecesarias. Por esta razón, las comunidades religiosas de tradición protestante deben tomar muy en serio el argumento de que los mercados libres y la democracia liberal son esenciales al bienestar humano, y por consiguiente tienen una prioridad moral en nuestro pensamiento sobre cómo la sociedad ha de ser ordenada.
Pero una dificultad ideológica de hoy es que las iglesias protestantes occidentales toman por dada mucha de la abundancia presente, entienden mal sus causas, y exageran el valor de los bienes ambientales que se han sacrificado para lograrla. Eso lleva a muchos a abrazar plataformas políticas explícitamente contrarias al crecimiento económico, y que dan privilegio indebido a la preservación del status quo medioambiental. Esta agenda amenaza con negar a las personas fuera de Occidente los mismos beneficios que nosotros hemos logrado; e irónicamente, de avanzar en ese camino, puede lastrar al mundo en desarrollo con problemas ambientales aun peores. Este ensayo desafía los argumentos tras la agenda ecologista anti-crecimiento, tan ubicua en las iglesias de la actual corriente principal; y defiende que la posición bíblica es completamente consistente con la democracia de libre mercado, orientada hacia un crecimiento económico sustentable.
III. Relaciones entre tendencias ambientales y económicas
Ya vimos que hay correlaciones directas y positivas entre libertad y desarrollo económico, y entre este y mejora ambiental. Necesariamente entonces, hay también una correlación positiva entre libertad y calidad ambiental. Hallan los economistas que las economías libres superan en desempeño a las planificadas y controladas, no sólo en producción y distribución de riqueza, sino además en protección del ambiente. Mientras producen más bienes y servicios por hora hombre que las menos libres, las economías más libres usan menos recursos, y emiten menos contaminación. El demógrafo económico Mikhail Bernstam explica:
“Las tendencias en contaminación derivan básicamente de las tendencias en el uso de los recursos, y más en general, de las tendencias en prácticas productivas bajo sistemas económicos diferentes. En economías de libre mercado, la competencia anima a la minimización de costos de producción, y así se reduce el uso de recursos por unidad de producto. Con el tiempo, el uso de recursos per capita y los montos totales de recursos consumidos también disminuyen, y esto a su vez reduce la contaminación \...
Por contraste, los monopolios estatales regulados en las economías socialistas maximizan el uso de recursos y costos de producción en general. Esto es porque en un contexto de monopolios regulados, los precios se basan en los costos, y las ganancias también son proporcionales a los costos. De este modo, costos más altos justifican precios más altos, y beneficios más elevados. Este alto y siempre creciente empleo de recursos por unidad de producto, explica el alto grado de daño ambiental en los países socialistas.“ (23)
En las economías libres no sólo la competencia incentiva a una mejor mayordomía de los recursos naturales, también hay estímulo para que las personas protejan una propiedad en la que tienen un directo interés patrimonial. Por un lado, las personas naturalmente quieren mantener sus propias casas y sitios de trabajo limpios y saludables - y por extensión sus vecindarios -, así que buscan minimizar la contaminación. Y por otro lado, hay un esquema legal que hace a los contaminadores responsables por daños a otras personas o a sus propiedades, por eso las gentes quieren también minimizar la contaminación que recae sobre otros. Es más, una economía dinámica busca expresamente reducir la contaminación, y encuentra los medios más eficaces. Esto contrasta con un enfoque de comando obediencia, donde probablemente los reguladores ordenan determinadas tecnologías y métodos para el control de la contaminación, con poca consideración por su eficacia social global.
Podemos inferir de estas consideraciones - y confirmar en estudios empíricos del mundo real- que las economías libres mejoran la salud humana, aumentan los niveles y esperanzas de vida, y afectan positivamente las condiciones ambientales, y todo mucho mejor que las economías menos libres. Más aún: cuanto más ricas se hacen las economías, tanto más promueven la protección del ambiente. Es cierto que algunas emisiones contaminantes aumentan durante el desarrollo económico temprano, pero los efectos beneficiosos de una mayor producción, pesan mucho más en la vida humana que los efectos dañosos de la contaminación resultante, como demuestran las enfermedades y mortalidad declinantes, y las tasas de salud y esperanza de vida en aumento, incluso durante esa fase temprana. Aunque enseguida de ese primer estadio, la riqueza creciente les permite a los ciudadanos invertir más recursos en protección del ambiente, y las emisiones decaen. El resultado se ha llamado “transición ambiental”, parecida a la mucho más conocida “transición demográfica”.
La transición demográfica es la forma como los demógrafos describen la tendencia de la tasa de crecimiento poblacional a subir dramáticamente durante las primeras fases de crecimiento económico, para luego regresar a un pequeño o ningún aumento. Es porque los incrementos iniciales en riqueza, rápidamente presionan hacia abajo a las tasas de mortalidad, en cada grupo etario, y sobre todo en bebés y niños; en cambio, los hábitos de fertilidad, se modifican mucho más lentamente. Es decir, en una generación o dos, las parejas continúan teniendo tantos niños como sus ancestros, porque como ellos, esperan que 1 o 2 de cada 4 se mueran antes de alcanzar la madurez; y también, porque en una economía agrícola primitiva, cuentan con muchos jóvenes para sostener la producción. Pero después, las parejas empiezan a tener menos niños, cuando se acostumbran a tasas de supervivencia más altas, y cuando sube el costo de criarlos, y aumenta el lapso de espera antes de devenir productores netos en vez de puros consumidores. El resultado es esa tasa de crecimiento poblacional alta a corto plazo, precedida y seguida por otra menor o nula a largo plazo.
Análogamente, la transición ambiental es una manera de pintar la tendencia de algunas emisiones contaminantes a subir con el crecimiento económico temprano, para después caer en declive. El economista ambiental Indur Goklany anota:
“El nivel de riqueza en el cual un contaminante trepa a su cresta (o se da la transición ambiental) varía de uno a otro indicador. Un análisis del Banco Mundial, concluyó que para las partículas de materias contaminantes urbanas, y el dióxido de azufre, las respectivas concentraciones pico están en los ingresos per capita de U$S 3.280 y 3.670. Los coliformes fecales en las aguas de los ríos aumentan con la abundancia, hasta que el ingreso alcanza un tope de U$S 1.375 per capita.”
Otros indicadores de calidad ambiental, como acceso a agua segura y disponibilidad de servicios sanitarios, mejoran casi de inmediato en cuanto los ingresos exceden el nivel de subsistencia. Para éstos casos la transición ambiental es de cero o muy cercana: en efecto, ya tuvo lugar en la mayoría de los países - respecto a estos bienes ambientales- porque la mayoría de las personas y gobiernos se han convencido de los beneficios en salud pública que provienen de esas inversiones. De hecho, la inmensa mayoría de las 3 a 5 millones de muertes anuales por agua insegura y escasez de servicios sanitarios ocurre en el mundo en desarrollo.
Por fin, otros indicadores continúan sin mejorar, al parecer sin importar el nivel de producto interno bruto (PIB) per capita: el dióxido del carbono, las emisiones de NOx, y quizá los niveles de oxígeno disuelto en los ríos siguen creciendo, en esta tercera categoría. Superficialmente estos indicadores parecen no mejorar con niveles superiores de ingreso, pero su comportamiento es bastante consistente con la noción de transición ambiental: se tarda en estos casos porque los encargados de tomar las decisiones sólo han comprendido recientemente su importancia, o porque las consecuencias sociales y económicas de controlarlos son muy elevadas respecto a los beneficios conocidos, o por ambos factores.
Pero toda la evidencia indica, finalmente, que más riqueza es más limpieza, y la abundancia y el conocimiento constituyen los mejores antídotos a la contaminación“. (24)
Entendiendo la transición ambiental, no sorprende encontrar en los últimos 30 a 40 años que las emisiones contaminantes de aire, agua, y desechos sólidos han estado disminuyendo - y asimismo sus concentraciones- en las economías avanzadas del mundo. Por ejemplo en EE.UU., las emisiones de partículas en el aire disminuyeron en aproximadamente 80 % de 1940 a 1994, y el total de partículas suspendidas en alrededor de 84 % de 1957 a 1996. En dióxido de azufre (SO2), las emisiones cayeron un 34 % de 1973 a 1994, y las concentraciones de SO2 en 80 % de 1962 a 1996. Las emisiones de monóxido de carbono bajaron más o menos un 24 % de 1970 a 1994; las emisiones de óxido de nitrógeno llegaron a un pico alrededor de 1972, declinando suavemente desde entonces, y las concentraciones bajaron en más de un tercio desde 1974. Las emisiones de compuestos orgánicos volátiles llegaron a una cima a finales de los '60, pero en 1994 habían caído en aproximadamente 30 %. Y las concentraciones de ozono cayeron 30 % más o menos desde principios de los '70 a 1996; mientras que las emisiones de plomo (probablemente el contaminante de aire más peligroso) bajaron en más de 98 % de 1970 a 1994, y las concentraciones en un 98 %. (25)
Es tentador objetar que “eso puede ser así para las economías avanzadas, pero nada más vea la contaminación horrenda en los países pobres del mundo!” La contaminación en muchos de ellos es de hecho horrenda. Pero no hay razón para pensar que así debe continuar. Los países en desarrollo se harán más ricos si su crecimiento no es detenido por la planificación gubernamental excesiva, y/o por las políticas ambientalistas irrazonables, que suprimen el uso de la energía y deprimen su productividad agrícola e industrial. Tendrán entonces oportunidad de desarrollarse de una manera similar a los otros. Porque el concepto de transición ambiental simplemente generaliza una visión del sentido común: las gentes tienden a jerarquizar sus prioridades de gasto en términos de sus necesidades más urgentes. Hablando en general, las más urgentes necesidades materiales de los pobres son agua, comida, vestido y techo; un segundo orden contempla cuidado básico de la salud, educación, transporte y comunicaciones. En sucesivos órdenes entran otras necesidades, menos urgentes. Comprensiblemente, las personas preocupadas por tener la comida de hoy en la mesa, consideran que eso es para ellos más urgente que reducir el “smog” el año próximo, o minimizar el calentamiento global dentro de los 100 siguientes. Cuando las gentes están seguras que sus necesidades más urgentes serán satisfechas, entonces empiezan a asignar más de sus recursos a necesidades juzgadas por ellos menos urgente, incluso rigurosa protección ambiental.
El rápido declive en contaminación de las economías avanzadas en los últimos 30 a 50 años, que hoy continúa, no se observa todavía en países muy pobres, en fases tempranas de su desarrollo. Pero hay razones para estar seguros que la transición ambiental no sólo ocurrirá en estos últimos, tan ciertamente como en los primeros, sino también que puede ocurrir más velozmente, y así será: con picos de contaminación más bajos, y las subsiguientes mejoras más rápidas. ¿Por qué? Porque los países en desarrollo de hoy pueden importar, y a bajos precios, unas tecnologías protectoras ya listas, y asimismo la habilidad técnica ya desarrollada por otros a un costo muy superior. Es decir: la disminución de la contaminación se hará económicamente accesible a estos países, a niveles mucho más bajos de desarrollo, comparativamente a lo que aconteció a las naciones que progresaron primero. Ésta es una razón por la cual es tan importante el comercio y diálogo abiertos entre las gentes: permite la difusión de tecnologías y métodos amigables hacia el ambiente. El resultado es una serie de transiciones en materia de contaminación. Ciertos países pasaron hace tiempo por la transición demográfica, y otros más recientemente, mientras muchos están ahora en medio, y algunos deben ahora comenzarla. De igual modo, unos países hace mucho tiempo pasaron las cimas de la transición ambiental, otros simplemente se acercan, y otros nada más empiezan a subir la cuesta arriba de la contaminación.
Aunque celebrando la baja de contaminación en economías avanzadas, no debemos sin embargo distraernos de la necesidad de acelerar ese declive en los países hoy en desarrollo. Unos 3 a 5 millones de niños menores de cinco años mueren anualmente, de enfermedades contraídas por beber agua impura. Y quizás otros 3 a 5 millones mueren de males relacionados con el extendido uso de estiércol seco y madera para cocinar, y calentar los ranchos pobres, causando contaminación tóxica del aire interior. El “smog” urbano, muy derrotado en los países avanzados de Occidente, permanece como problema serio en muchas de las ciudades más pobres del mundo. Nosotros sabemos cómo resolver tecnológicamente estos problemas, porque ya lo hicimos. Pero lo que le falta a los pobres, es ingreso suficiente para permitirse el lujo de pagar por los costos de las soluciones. Esto es parte de por qué son tan importantes el crecimiento económico de los países en desarrollo, y el libre comercio entre las naciones, el cual puede acelerar adopciones de tecnologías ambientalmente amistosas, y de eficaces técnicas gerenciales y regímenes regulatorios. Y explica por qué es tan trágico que tantos activistas ecológicos abracen políticas precisamente hostiles a estos dos fines, crecimiento y comercio. Tales políticas no sólo retardan el logro de la riqueza que hace económica la protección del ambiente, sino que condenan a millones de personas a más años en pobreza.
Por ejemplo, algunos activistas ecológicos occidentales piensan que las reducciones en las emisiones de dióxido de carbono (CO2) son necesarias para evitar el destructivo calentamiento global. Por consiguiente, cabildean para imponer restricciones severas al uso de energía, y prohibir la introducción de fuentes energéticas modernas en las naciones menos desarrolladas. (26) Pero la empresa humana depende principalmente del acceso a la energía. Por eso es probable que los obstáculos y trabas dilaten aún más el tiempo que toma a las personas hacer riqueza; y la abundancia precisamente posibilita las vidas más largas y saludables que en Occidente a veces damos por garantizadas. De modo similar pasa con la oposición a las prácticas agrícolas descalificadas como “insostenibles” - usuales en el mundo en desarrollo -, y que sirven como punto de partida en el camino a otros métodos agrícolas sustancialmente más productivos y ambientalmente más sanos. Esta oposición amenaza condenar a grandes cantidades de gente en el mundo en vías de desarrollo a la pobreza perpetua y al hambre.
Clara implicación de todo esto es que una suposición importante, y corriente en el movimiento ambientalista, es absolutamente falsa. La suposición es que cuando las gentes crecen en número, riqueza, y/o tecnología, el ambiente siempre se afecta negativamente. A esta idea se le ha dado expresión de fórmula en la famosa ecuación de Paul Ehrlich: I = PAT, donde I es daño ambiental, P es población, A es abundancia o riqueza, y T es tecnología. Según esta fórmula, cada aumento en población, riqueza o tecnología produce aún más daño al ambiente, y más todavía cuando dos o los tres factores crecen juntos. El daño ambiental supuesto en esta visión es doble: agotamiento de recursos y emisión de contaminación. La suposición pareciera sensata intuitivamente, y por cierto es una creencia extendida; pero su problema es que ignora el papel de la mayordomía de la persona humana, y por consiguiente es falsificado por los simples e incontestables datos empíricos.
Que la contaminación baja cuando las economías crecen más ricamente ya se ha visto. El hecho es bien ilustrado por la situación en EE.UU. Mientras la población creció en 19 % de 1976 a 1994, el índice de contaminación del aire bajó en 53 %. Durante el mismo tiempo, la riqueza se triplicó; y la tecnología también mejoró dramáticamente, con cada vez más computarización y automatización, no sólo en la industria y el comercio sino incluso en hogares domésticos privadas. Es precisamente lo opuesto de lo que la fórmula de Ehrlich predice.
Que los recursos no se están agotando también está claro. Los precios en baja reflejan escasez decreciente, así como los precios crecientes reflejarían escasez en aumento. De ese modo podemos conocer las tendencias a largo plazo en el suministro de los recursos: observando las tendencias de los precios en tiempo igualmente largo. Y acontece que una vez ajustada a la inflación, la tendencia a largo plazo del precio de cada recurso significativo que extraemos de la tierra - mineral, vegetal y animal- es descendente. Y más ilustrativo: los precios de los recursos divididos por los salarios son más agudamente descendentes, porque mientras los precios de los recursos han caído, los sueldos han subido. Juntas, las dos cosas significan que todos los recursos son más económicos, porque son más abundantes hoy que en cualquier momento del pasado. (27)
¿Por qué tanta gente tan a menudo se equivoca sobre los efectos del crecimiento en la población humana y en las economías? Fundamentalmente porque no se han enterado del potencial pleno de la persona humana. Han considerado a las personas básicamente como consumidoras y contaminadoras. No las han visto - tal como se presentan en la Escritura- como hechas en la imagen de Dios, para ser creativas y productivas, así tal como es Dios (Gén 1:26-28; 2:15); ni como titulares de un papel, que les fue confiado, en la restauración de la tierra respecto a los efectos de la maldición por el pecado. (Rom 8:15-25). La comprensión bíblica de la naturaleza humana lleva a los cristianos a esperar precisamente aquello que hemos visto: que las personas pueden producir más de lo que consumen, y mejorar realmente el mundo natural a su alrededor. Y particularmente cuando se acompaña de las instituciones humanas bien y propiamente formadas, y del entendimiento científico, edificados según la cosmovisión bíblica.
IV. Algunas preocupaciones humanas y ambientales para el presente y el futuro
Pese al cuadro tranquilizador trazado por todas estas observaciones generales, muchas personas continúan temiendo que enfrentemos amenazas serias al bienestar humano y al ambiente en conjunto. ¿Cuán realistas son estos temores, y qué podemos hacer en la medida en que haya peligros reales? Veamos tres ejemplos importantes: crecimiento de la población, calentamiento global, y extinción ilimitada de especies.
Crecimiento de la población
“La crisis de población”, escribe la historiadora cultural y teórica evolucionista Riane Eisler, “está en el corazón del aparentemente insoluble complejo de problemas que los futurólogos llaman problemática mundial. Detrás de la erosión del suelo, la desertización, y la contaminación de aire y agua, y todas las otras tensiones ecológicas, sociales y políticas de nuestro tiempo, está la presión que ejercen cada vez más y más personas sobre la tierra y otros recursos finitos, así como el creciente número de fábricas, automóviles, camiones y otras fuentes de contaminación - requeridas para proporcionar bienes y servicios a todas estas gentes -, y las tendencias para peor que todas sus necesidades y aspiraciones motorizan.” (28)
Las palabras de Eisler representan un entendimiento del crecimiento poblacional que es común entre los activistas ecológicos: que amenaza la tierra con vaciamiento del recurso y contaminación. Sin embargo, y como vimos, la observación empírica, así como la comprensión bíblica de las implicaciones de la imagen de Dios en la persona humana, sugieren la conclusión opuesta.
Muchas personas temen al crecimiento de la población, porque creen que lleva a la superpoblación. Ahora, cuando se les pregunta qué quieren decir por “superpoblación”, normalmente hablan de apiñamiento y pobreza. Pero el supuesto que la alta densidad poblacional engendra esas cosas es erróneo. Algunos de los lugares más deseables para vivir en el mundo también están entre los más densamente poblados. Por ejemplo, en Manhattan la densidad es de más de 55 mil personas por milla cuadrada, pero también los alquileres son muy altos, señal segura que muchas personas realmente quieren vivir allí, pese a su alta densidad. O tal vez lo quieren precisamente por eso: la atestada población de Manhattan reúne una magnífica mezcolanza de talento humano, que hace la vida allí fascinante, desafiante y recompensadora para sus millones de personas. Cosas similares son ciertas de todas las grandes ciudades del mundo. Con todos sus problemas, es claro que atraen a más personas de las que ahuyentan. ¿Por qué debemos cuestionar los juicios de las personas sobre los lugares que escogen para residir?
Algunos piensan que la alta densidad de población está en la raíz de la pobreza en naciones en desarrollo como China y las de África subsahariana. Pero la densidad de población en China es menos de 1/5 de la taiwanesa, y aparte sus formas de gobierno, tienen culturas muy similares. Sin embargo Taiwán produce más o menos 5 veces tanta riqueza per capita como China. Y los Países Bajos, con su densidad casi 4 veces mayor a la de China, producen más de 10 veces su riqueza per capita. ¿África subsahariana? La creencia común es que se halla sobre poblada, pero es una realidad que su economía es débil por carecer de la infraestructura necesaria, lujo que no puede permitirse por padecer una densidad muy baja: la mitad de la mundial o poco más, e inferior a todos los promedios de las economías de altos, medios y bajos ingresos. (29)
En realidad, “superpoblación” es una palabra vacía. Como lo pone el demógrafo Nicholas Eberstadt: “el concepto no puede ser descrito de modo consistente e inequívoco por indicadores demográficos.” Y pregunta,
“¿Cuál es el criterio para juzgar un país 'sobre poblado'? La densidad de población es una posibilidad. Por esta medida, Bangladesh sería uno de los países más 'sobre poblados' del mundo contemporáneo, pero no tanto como Bermuda. De la misma manera, EE.UU. estaría más 'sobre poblado' que el continente africano; Alemania Oriental tanto como la India; Italia más que Pakistán, y virtualmente el punto más 'sobre poblado' en el globo sería el reino de Mónaco.
Las tasas de crecimiento poblacional ofrecen guía difícilmente más confiable para el concepto de 'superpoblación'. En el mundo de hoy, esas tasas de crecimiento en África son las más altas, pero eran aún mayores en EE.UU. durante la segunda mitad del siglo XVIII. ¿Se diría en serio que la frontera norteamericana padeció en aquel entonces 'superpoblación'?
Lo dicho para densidad y tasas de crecimiento también se aplica a otras variables demográficas: tasas de natalidad, 'tasas de dependencia' (proporciones de niños y ancianos sobre grupos etarios que trabajan), etc. Si la 'superpoblación' es un problema demográfico, ¿por qué no puede describirse inequívocamente en términos de rasgos de la población? La razón es que 'superpoblación' es un problema mal identificado y mal definido.
El término evoca imágenes de familias hambrientas y escuálidas, atestadas condiciones de vida, muertes tempranas, etc., que son muy reales en el mundo moderno; pero se describen más apropiadamente como problemas de pobreza.“ (30)
A pesar de todo esto, algunos siguen temiendo al crecimiento de la población. Pero a sus miedos les faltan bases bíblicas y empíricas. Primero, la Biblia presenta a la multiplicación humana como una bendición, no una maldición: Gén 1:28, 8:17, 9:1, y 6-7, 12:2, 15:5, 17:1-6, 26:4, y 24, Deut 7:13-14, cf. 30:5, 10:22, cf. 1:10, Sal 127:3-5, 128:1, y 3, Prov. 14:28. Al contrario, un declive en la población era una forma de maldición de Dios, que podrían atraerse las personas rebeldes: Lev. 26:22, Deut 28:62-63. Segundo, aunque algunos siguen creyendo proyecciones de hace 30 y 40 años, acerca de una población mundial que alcanzaría a 20, 30 o incluso 40 mil millones de personas en el próximo siglo, o algo así, las tendencias demográficas indican que la realidad será muy diferente. Aquellas proyecciones se hicieron en base a las mayores tasas de crecimiento que el mundo viera jamás: sobre 2.2 % al año en los '60, la propia cresta de la transición demográfica global. Pero por el año 2000, la tasa de crecimiento de la población mundial ha caído a aproximadamente 1.3 % al año, y se espera incluso que siga cayendo en tanto opere la transición demográfica. Eberstadt explica:
“Hoy casi la mitad de la población del mundo vive en 79 países donde la tasa de fertilidad total (TFT) está por debajo de la tasa de reemplazo, que es de un promedio de 2.1 niños por mujer en su vida\... Y en los países donde las TFT superan a la de reemplazo, están empezando a decaer. Para toda Asia, las TFT han caído a la mitad: de 5.7 niños por mujer en los '60, a 2.8 hoy. De modo semejante, el promedio de las TFT en América Latina bajó: de 5.6 en los '60, a 2.7 hoy en día. Según las proyecciones de las Naciones Unidas, si son correctas las variaciones medianas, entonces la población mundial será de 7.5 mil millones en 2025, y de 8.9 mil millones en 2050.”
Pero incluso así podría tal vez estarse sobrestimando la población futura. “Si las presentes tendencias demográficas globales continúan, entonces las variaciones bajas son más probables. Eso significaría que la población del mundo llegaría a su tope de 7.5 mil millones en 2040, para comenzar a declinar.” (31)
No hay ninguna buena razón para creer que la superpoblación será problema serio para el mundo. Problema, al contrario, más probable, será el envejecimiento de la población mundial, que pondrá una presión mayor sobre los trabajadores más jóvenes, para mantener a las personas más viejas y/o inválidas. (32) Semejante perspectiva, aunada a la santidad de vida humana, hace aún más terrible el apoyo en muchos sectores a los medios moralmente ilícitos de control demográfico. Únicamente las barreras reales al florecimiento humano crean los problemas asociados con “superpoblación”. Muy superior modo de mejorar el bienestar y elevar la dignidad de las personas, es atacar los problemas de frente, como la pobreza; y no nada más juzgar ciertas vidas humanas como indignas de vivirse, y en nombre de la “lucha contra la superpoblación” abrazar el aborto, la eutanasia, y otras acciones que minan la santidad y dignidad de la vida humana.
Calentamiento global
El calentamiento global es hoy es el más grande de todo los peligros medioambientales, dicen muchos activistas ecológicos. Pero irónicamente, el gran miedo hace 30 años era el enfriamiento global; para científicos por entonces reconocidos, la tierra se acercaba a un descenso en sus ciclos mileniales de alzas y bajas de temperatura, relacionados a su vez con ciclos en la producción de energía solar. Pero ya no; ahora las gentes temen al creciente dióxido de carbono, llamado “gas de invernadero” porque entrampa el calor solar en la atmósfera y no le permite regresar al espacio. Temen que cause alzas de temperaturas globales medias. Y que los calores crecientes fundan los casquetes de hielos polares - y el nivel del mar aumente -, y los desiertos se extiendan, y se generen más huracanes y más fuertes, y otras tormentas. ¿Hay buenas razones para estos miedos?
El dióxido de carbono atmosférico (CO2) está de cierto en aumento; y casi seguro la temperatura media global ha subido ligeramente en los últimos 120 años, pero no es de ningún modo verdad que sea por el alza del CO2. El indicador contrario más importante apunta a una secuencia inversa a la que la teoría predeciría: casi todo el aproximadamente 0.45ºC aumento en la temperatura global media de 1880 a 1990 ocurrió antes de 1940, y más de 70 % del aumento en CO2, después de 1940. Si la suba de CO2 elevara la temperatura media, debió acontecer lo opuesto. Además, aproximadamente 2/3 más o menos del aumento global es atribuible a causas naturales y no artificiales, principalmente cambios en la producción de energía solar. (33)
Los grandes miedos a un calentamiento global surgieron en los '80 y permanecieron en los '90. Pero fueron impulsados por unos altamente especulativos “modelos de clima” por computadora. Las primeras versiones de estos modelos predijeron que una duplicación de CO2 atmosférico causaría en la temperatura global media un aumento en 5ºC o más (casi 10ºF.) Pero los modelos fueron refinados con los años, y sus predicciones sobre calentamiento se han moderado considerablemente. El Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) predijo en 1990 - en base a los modelos de computadora- un aumento en la temperatura global media de 3.3ºC para el año 2100; pero en 1992 bajó su predicción a 2.6ºC, y en 1995 a 2.2ºC (menos de la mitad de calentamiento que en los primeros modelos.) Incluso es probable que esta última predicción resulte muy alta: si los modelos en que se basa se hubiesen aplicado al último siglo, hubiesen predicho 2 veces más calentamiento que el realmente ocurrido. Como apunta Roy W. Spencer, científico senior del Marshall Space Flight Center de la NASA:
“Todos los sistemas de medición están de acuerdo en que 1998 fue el año más caluroso de los registrados. Las más recientes mediciones por satélite de 1998 dieron una tendencia de calentamiento promedio de +0.06ºC cada década para el ventenio 1979-98. Aunque este periodo terminó con el muy caluroso evento de El Niño [el cual exageraría su extremo de alta temperatura], la tendencia resultante medida por el satélite todavía es sólo 1/4 de promedio predicho por el modelo de calentamiento global para la capa durante los próximos 100 años.” (34)
Surgen incertidumbres adicionales de diferencias significativas entre mediciones obtenidas de instrumentos en la superficie de la tierra, versus provenidas de otros en satélites - y substancialmente confirmadas por globos -, que miden la temperatura atmosférica en la más baja troposfera, y no en la superficie. Estas diferencias se informaron en un estudio preparado por el Consejo Nacional de Investigaciones, de la Academia Nacional de Ciencias, publicado en enero de 2000. (35) Para 1979-98, los datos de la superficie parecían indicar una tendencia media de calentamiento por década de aproximadamente 0.196ºC (o unos 1.96ºC por siglo); mientras los datos del satélite (36) indicaban un calentamiento menor, de tan sólo 0.057ºC por década (o unos 0.57ºC por siglo). Después de corregir los datos de la superficie para una variedad de factores contaminantes, un equipo de investigadores produjo nuevas estimaciones de temperaturas de la superficie, mostrando tendencias deceniales claras que estaban 0.097ºC a 0.106ºC por encima de las tendencias de los datos de satélite para la troposfera más baja. Las diferencias eran todavía significativas, porque las tendencias de datos de superficie corregidas fueron aún 170 % 185 % más altas que las correspondientes a la troposfera más baja, tomadas por satélite. (37) Y el problema no acaba allí. Tomando 1998 como año final del estudio, los investigadores escogieron uno en el que se elevaron las temperaturas globales medias notablemente por un muy caluroso efecto El Niño; si la serie hubiera acabado en cambio con 1997, los datos del satélite no hubiesen mostrado tendencia decenial alguna estadísticamente significativa, y el diferencial entre sus datos y los de la superficie habría sido mayor. Además, si bien los investigadores corrigieron en parte los datos de la superficie para considerar el efecto refrescante de la erupción de Monte Pinatubo en 1991, decidieron ignorar en cambio la de Monte Chichón en 1982 (más de la mitad de Pinatubo), exagerando así aún más la clara tendencia en los datos del satélite. (38) Y resulta que el problema serio para los teóricos del calentamiento global es que los modelos computarizados predijeron que ese calor de invernadero sería más rápido en la troposfera más baja que en la superficie. Pero los datos - en la medida en que ambas series sean confiables- muestran que lo opuesto es verdad. Es un signo claro que los modelos de computadora están lejos de ser suficientemente exactos en su descripción de las temperaturas atmosféricas, lo que sugiere que los formuladores de políticas deben ser muy cuidadosos al fundar sus decisiones en predicciones basadas en estos modelos.
El calentamiento global real estará muy lejos del que el IPCC y otros modeladores del clima predijeron originalmente; pero también son dudosas las probabilidades de que traiga muchos efectos dañinos. Por varias razones. Modelos más refinados ahora indican - y la observación empírica confirma- que la mayor parte del calentamiento ocurrirá en invierno, por la noche, y en latitudes polares. (39) Eso estará muy lejos de causar la fundición de los casquetes de hielos polares, y significa también que son improbables elevaciones significativas en el nivel de los mares, uno de los efectos más temidos, ya que se imaginaron probables inundaciones afectando muchas ciudades costeras, donde viven millones de las personas más pobres del mundo. En cambio, un aumento del calor nocturno en el invierno, en grado que no afecte áreas muy pobladas, debería producir algo de disminución en el consumo de energía para calefacción (y por consiguiente cierta reducción en futuras contaminaciones), y una ligera extensión de las estaciones de crecimiento en primavera y otoño.
Además, cualquier alza en la temperatura global media probablemente no producirá extensión sino reducción en los desiertos, y no acortará sino que extenderá los casquetes de hielos polares. ¿Por qué? Porque con más calor habrá más agua evaporada. Podría pensarse que para los desiertos es mala noticia, pero no: los desiertos constituyen una muy pequeña fracción de la superficie de la tierra, mientras que más de 3/4 es agua, y del resto la mayor parte es tierra húmeda. Y el aire circula encima de todo. Significa que si aumenta por doquier la evaporación, habrá más lluvia; incluso en áreas desérticas, que siendo muy pequeñas en relación al resto de la superficie de la tierra, probablemente reciban más cantidad de agua por mayor precipitación que la que pierdan por más evaporación. Y la lluvia adicional en los polos es probable que agrande los casquetes de hielos, compensando así un alza natural a largo plazo en el nivel del mar. El ecologista científico S. Fred Singer, repasando varios estudios sobre las tendencias en el nivel del mar, señala:
“El nivel global del mar (SL) ha sufrido una tendencia creciente durante a lo menos un siglo; pero se cree que su causa no se relaciona con el cambio del clima [1]. Observamos sin embargo que las fluctuaciones (anomalías) de un alza lineal del SL, muestran una correlación negativa pronunciada con la temperatura media global, e incluso más con la media superficial del mar tropical. También hallamos una sugestiva correlación entre anomalías negativas del alza de SL, y la ocurrencia de los eventos de El Niño. Estos hallazgos sugieren que entre los determinantes del cambio de SL - bajo las condiciones actuales -, la evaporación del océano con subsiguiente depósito en los casquetes de hielos, principalmente en Antártida, es más importante que la fusión de glaciares y la expansión térmica del agua oceánica. También sugieren que todo futuro calentamiento moderado - por cualquier causa- reducirá la velocidad de crecimiento continuo del SL en lugar de aumentarla. El apoyo a esta conclusión procede de los estudios teóricos sobre aumentos en las precipitaciones [2], y de los resultados obtenidos con Modelos Generales de Circulación (GCM) [3,4]. Y más apoyo proviene de las (si bien limitadas) hojas de registros anuales de acumulación de hielos polares [5].” (40)
Sólo se anticipa un daño moderado de los ligeros aumentos de temperatura que probablemente han de venir; y algún beneficio — que de hecho ya ha ocurrido -, por más CO2 atmosférico. En efecto, el dióxido del carbono es crucial para el crecimiento de las plantas; estudios recientes muestran que una duplicación de CO2 resulta en un alza promedio de 35 % en la eficiencia de ese crecimiento. (41) Todo tipo de plantas crecidas en escenarios de doble CO2 se han vuelto más eficientes: en uso de agua, en tomar minerales de la tierra, y en resistir a enfermedades, pestes, calor y frío excesivos, y diluvios y sequías. (42) Por ende, una parte de las grandes ganancias en productividad agrícola del último siglo no se debe a mejoras intencionales en técnicas agrícolas, sino a mayor CO2 atmosférico, causado por quema de combustibles fósiles como energía para manejar la moderna actividad económica humana. (43) Significa que el aumento en CO2 ha facilitado la alimentación de la creciente población mundial. Además, un más eficiente crecimiento de las plantas debe significar - y observaciones empíricas lo confirman- que sus rangos de desarrollo han de abarcar altitudes más altas y más bajas, climas más calurosos y más fríos, más secos y más húmedos. (44)
Algunos han afirmado que el calentamiento global amenaza seriamente a la salud humana, por su incidencia en enfermedades tropicales y otras relacionadas con el calor. Pero el Programa sobre Efectos del Cambio Ambiental Global en Salud (U. Johns Hopkins), afirmó en un estudio encargado por el Congreso, que “no encuentra evidencia concluyente para justificar tales temores.” (45) En cambio, concluyó que “los niveles de incertidumbre desaconsejan toda posición definitiva sobre la potencial dirección de cambio futuro, para cada una de las [cinco categorías de] efectos en salud.” Y agregó que “aunque tratamos con efectos adversos principalmente, identificamos algunos resultados positivos: la mortalidad por frío sería notablemente reducida …” (46) Como el informe ejemplifica, es fácil para los investigadores enfocarse sólo en efectos anticipados negativos de cambios en química atmosférica y clima globales. Sin embargo, no sólo esos efectos deben justificarse y cuantificarse con cuidado; también deben estudiarse en equilibrio con posibles efectos benéficos. Por ejemplo, ha de considerarse la reducción del hambre y desnutrición atribuible al alza en los rendimientos agrícolas por incremento en CO2 atmosférico, aunque sea difícil de cuantificar. Thomas Gale Moore concluyó así su evaluación cuidadosa de varios estudios sobre calentamiento global y salud: “… un clima más caluroso debe mejorar la salud y extender la vida, por lo menos para los norteamericanos, y probablemente para los europeos, japoneses, y personas que viven en latitudes altas. La alta mortalidad en los trópicos parece ser más una función de la pobreza que del clima. Así es probable que el calentamiento global se demuestre positivo para la salud humana”. (47) Lo que sale claro es la necesidad de más estudios a largo plazo, antes de adoptar políticas que después serán muy difíciles de cambiar.
Pese a todo, algunos quieren recortar el uso de combustible fósil para reducir las emisiones de CO2. A este fin promueven varias medidas, como el Protocolo de Kioto, un tratado internacional para forzar reducciones en el consumo de energía. Pero como toda forma de producción económica requiere energía, reducir su uso entraña reducir la producción de bienes. Algunos responden que las pérdidas en producción pueden compensarse con un uso más eficiente de la energía. En algún grado podría ser, pero es muy improbable que puedan reducirse emisiones sólo a través de medidas de eficiencia impuestas por los gobiernos, sin que casi de cierto sobrevenga alguna pérdida real de producción. Porque en una economía libre y competitiva, los individuos buscan reducir su costo de vida, y las empresas aumentar al máximo sus ganancias. Hay por tanto incentivo natural para minimizar pérdidas; es decir, adoptar en lo posible las tecnologías económicamente más eficientes (si bien no siempre son las más eficientes técnicamente.) La falta de estos incentivos sugiere, por tanto, que la aparente necesidad de asignar gubernamentalmente extensas reducciones a la emisión, va a causar una pérdida neta de producción, y finalmente a disminuir el bienestar humano.
La firma independiente de pronósticos económicos WEFA, aún considerando mejoras probables de la eficiencia en el uso de energía, estima que de cumplirse en EE.UU. las metas de los acuerdos de Kioto, se reduciría el producto económico anual en unos U$S 300 millardos, que es más o menos 3.5 % del aproximadamente U$S 8.4 billones del PIB en 1998; y en 2010 se destruirían más de 2.4 millones de empleos, y se reduciría el promedio de ingreso familiar anual en unos U$S 2.700. Otra empresa similar, Charles River Ass., anticipa costos más bajos: sobre 2.3 %, o unos U$S 193 millardos de PIB al año actualmente. Más altos o más bajos, estos costes económicos se traducen en otros muy humanos. Especialistas en valoración de riesgo estiman que en EE.UU., cada U$S 5 a 10 millones de menos en rendimiento económico producen una muerte estadística adicional por año. (48) A esa tasa, una pérdida anual de U$S 193 a 300 mil millones traería consigo al menos 19.300 a 30.000 muertes prematuras más por año, y sólo en EE.UU.
Pero EE.UU. es un país rico, mucho más capaz de cubrir los costos de Kioto que la inmensa mayoría del mundo. El crecimiento económico perdido en cualquier país en desarrollo obligado a obedecer las restricciones de Kioto, agregaría décadas de sufrimiento y muerte prematura a sus habitantes, para quienes se pospondrían por mucho tiempo las disponibilidades de agua potable y alcantarillado sanitario, cuidado de salud, y transporte seguro.
Frederic Seitz, ex Presidente de la Academia Nacional de Ciencias, en una carta que acompaña un Petitorio contra el tratado, firmada por más de 17.000 científicos, dice: (49)
“Este tratado en nuestra opinión se basa en ideas defectuosas. Los datos investigados en materia de cambio climático no muestran que el uso humano de hidrocarburos sea dañino. Al contrario, hay buena evidencia de que el aumento en dióxido de carbono atmosférico es muy útil ambientalmente. El acuerdo propuesto tendría efectos muy negativos en la tecnología, en naciones de todo el mundo, pero sobre todo en aquellas que ahora intentan salir de la pobreza y brindar oportunidades a más de 4 mil millones de personas, en países tecnológicamente subdesarrollados.” (50)
Ahora, en caso de asumir que el guión popular sobre calentamiento global sea verdadero, podemos preguntar ¿qué beneficios provendrían al cargar con todos esos costos - no sólo en EE.UU. sino en el mundo- de obedecer los acuerdos de Kioto? Pues los defensores de los acuerdos estiman que sin los límites de Kioto, las emisiones del hidrocarburos aumentarían en un 0.7 % al año, lo cual elevaría la concentración efectiva de CO2 atmosférico del nivel presente, unas 470 partes por millón (PPM), a más de 655 PPM en el año 2047. Y por su parte, el Protocolo de Kioto, convoca a una reducción de emisiones, en 7 % por debajo de los niveles de 1990 durante los años 2008 a 2012, y ningún aumento después, con concentración efectiva de CO2 de 602 PPM en el año 2047. ¿Y cuánto calentamiento se evitaría entonces? Aproximadamente 0.19ºC de un potencial 0.5ºC. (51) A un costo - para EE.UU. solamente- de más de U$S 200 mil millones al año (ligeramente sobre las estimaciones de Charles River Ass., pero sólo 2/3 de las de WEFA), esto significaría un sacrificio total de más o menos unos 10 billones de dólares y un millón de muertes prematuras. Semejante precio es demasiado alto para tan pequeño y dudoso beneficio.
La naturaleza muy incierta de la teoría y de la evidencia del calentamiento global, y la cuestión no resuelta de si sus efectos netos serían negativos o positivos, apuntan a una sola política segura para el presente: hasta que el asunto se entienda mejor, las acciones deben posponerse, especialmente si son muy costosas, como las reducciones obligatorias en el consumo de energía.
Es tentador decir que no debemos politizar este problema (o cualquier otro ambiental), y no vamos a hacerlo: nos enfocamos en la sana ciencia, arraigada en una estructura de valor que enfatiza la honestidad y la apertura al debate y a la evidencia. Pero el problema ya ha sido politizado, y mucho. Con frecuencia, y desde comienzos de los '90, los defensores del Protocolo de Kioto hablan de un “consenso científico” sobre el calentamiento global, y se burlan de los motivos de los científicos y otras personas que cuestionan sus conclusiones; más recientemente, la Reverenda. Dra. Joan Brown Campbell, secretaria general del Consejo Nacional de Iglesias, llegó a decir que la creencia en el calentamiento global y el apoyo al Protocolo de deberían ser “una prueba crítica para la comunidad de fe.” (52) Es claro que como resultado de un pensamiento así, la calidad del conocimiento público, y la capacidad de tomar sabias decisiones de política pública en el tema, se ven seriamente comprometidas. El profesor (meteorología) Richard Lindzen, del Instituto Tecnológico de Massachusetts - uno de los principales investigadores en efecto invernadero y ciencias del cambio climático -, apuntó a principios de los '90 que “la existencia de grandes equipos de planificadores profesionales buscando trabajo, grandes grupos de activistas buscando causas rentables, agendas buscando argumentos vendibles, y la habilidad de muchas industrias para obtener beneficios particulares de las regulaciones, junto a una neutralización eficaz de toda oposición”, son factores que han terminado minando la calidad del debate sobre ciencia y política pública.
“[L]os peligros y costes de estas consecuencias económicas y sociales pueden ser mucho mayores que el peligro ambiental original. Lo que se torna especialmente cierto cuando se rechazan los beneficios de conocimiento adicional, y cuando se olvida que las mejoras en tecnología y el aumento de las riquezas sociales son los factores que permiten a una sociedad tratar eficazmente con las amenazas ambientales. El control de la inestabilidad social [producida por el uso politizado de la ciencia en el debate sobre el asunto] puede muy bien ser el desafío real que enfrentamos.” (53)
Contrariamente a los primeros reclamos, resultó que no había ningún consenso a favor del guión popular sobre calentamiento global. Incluso a principios de los '90, cuando el Consejo Nacional de Investigaciones designó un panel dominado por activistas ambientalistas — incluyendo a Stephen Schneider, defensor ardiente de la hipótesis catastrófica -, concluyó que no había ninguna base científica para cualquier acción costosa. (54) Y si consenso científico alguno ha surgido desde entonces, ha sido crítico de la visión catastrófica y de las políticas basadas en ella. Primero, como tiro de advertencia vino la Declaración de los Científicos Atmosféricos sobre Calentamiento de Invernadero, el 27 de febrero de 1992. Fue firmada por 47 científicos atmosféricos, muchos enfocados específicamente en estudios del clima global. Advirtió que los planes de promover un tratado de reducción en las emisiones de carbono - para luchar contra el calentamiento global -, en la próxima Cumbre de la Tierra (Río de Janeiro, junio 1992), “se basan en el supuesto sin apoyo de que un calentamiento global catastrófico se sigue de la quema de combustibles fósiles, y que requiere acción inmediata.” Agregaba que “Nosotros no estamos de acuerdo.” Citaba un estudio de 1992 entre los científicos atmosféricos de EE.UU. - dirigido por la organización Gallup -, demostrando que “no hay ningún consenso sobre la causa del ligero calentamiento observado en el último siglo.” Además, la declaración citaba “una reciente publicación [Gallup] sugiere que las variaciones de las manchas solares, y no el aumento en gases de invernadero, son responsables por los incrementos y disminuciones de la temperatura global registrados desde aproximadamente 1880.” Y continuaba “Además, la mayoría de científicos participantes en el estudio estuvo de acuerdo en que los modelos teóricos del clima, predictivos de un calentamiento futuro, no pueden apoyarse ni ser validados por los registros del clima existentes.” Señalaba que “los agricultores generalmente están de acuerdo en que cualquier aumento en los niveles de dióxido del carbono, procedente de la quema de combustibles fósiles, tiene efectos beneficiosos en la mayoría de las cosechas, y en el suministro mundial de alimentos.” (55) A esto siguió la Convocatoria de Heidelberg, emitida en la Cumbre de la Tierra. Sin mencionar el calentamiento global específicamente, advirtió contra “la emergencia de una ideología irracional que se opone al progreso científico e industrial, e impide el desarrollo económico y social”. La firmaron más de 3.000 científicos, incluyendo 72 premios Nobel. (56)
A los tres años vino la Declaración de Leipzig sobre el Cambio del Clima Global, desarrollada en el Simposio Internacional sobre la Controversia del Efecto Invernadero, en Leipzig (Alemania), noviembre de 1995. Fue revisada y actualizada allí mismo, en un segundo Simposio, en noviembre de 1997. Firmada por los 80 principales científicos en el campo de la investigación del clima global, y 25 meteorólogos, el documento declaraba que “la base científica del Tratado del Clima Global de 1992 es defectuosa, y sus metas poco realistas.” Decía que ella se “basó solamente en teorías científicas no comprobadas, en modelos de clima imperfectos, y en el supuesto sin apoyo que un calentamiento global catastrófico se sigue de un aumento en gases de invernadero.” Y agregaba que “En tanto el debate se desarrolla, se hace cada vez más claro que - contra la sabiduría convencional- no existe hoy un consenso científico general sobre la importancia del efecto invernadero que procede de los niveles crecientes de dióxido del carbono. De hecho, la mayoría de los especialistas en clima, ahora están de acuerdo que las observaciones reales - con satélites y radiosondas en globos- no muestran ningún calentamiento actual en absoluto, en contradicción directa a los resultados producidos por modelos computarizados.” Y concluía: “basados en toda la evidencia disponible, no podemos subscribir una visión del mundo políticamente inspirada, que divisa catástrofes climáticas y convoca a acciones apresuradas. Por esta razón, consideramos que las drásticas políticas de control de emisiones derivadas de la conferencia de Kioto, carecen de base científica que les preste apoyo creíble, y son mal aconsejadas y prematuras.” (57)
Pero esas primeras señales de consenso contra la visión popular quedaron pequeñas en 1997, con el Petitorio sobre Calentamiento Global, desarrollado en el Instituto Orejón de Ciencia y Medicina, acompañado por una revisión monográfica - exhaustivamente documentada- de la producción científica sobre calentamiento global y efecto invernadero. El Petitorio insistió en rechazar el Protocolo de Kioto “y cualquier otra propuesta similar”, aduciendo audazmente que “Los límites propuestos en materia de gases de invernadero perjudicarán el ambiente, impedirán el adelanto de la ciencia y tecnología, y dañarán la salud y bienestar de humanidad.”
Y agregaba: “No hay ninguna evidencia convincente de que las descargas por los humanos de dióxido de carbono, metano u otros gases de invernadero, estén causando - o vayan a causar en el futuro previsible- un calentamiento catastrófico de la atmósfera de la tierra y un desbaratamiento de su clima. Más aún, hay evidencia científica sustancial de que el aumento de dióxido de carbono atmosférico produce muchos efectos beneficiosos en los ambientes naturales de plantas y animales de la Tierra.” (58)
El documento fue firmado por más de 17 mil científicos norteamericanos, en disciplinas básicas y aplicadas. Incluyó a más de 2.500 físicos, geofísicos, climatólogos, meteorólogos, oceanógrafos y científicos ambientales bien calificados para evaluar los efectos del dióxido del carbono en la atmósfera de la tierra y del clima; y más de 5 mil químicos, bioquímicos, biólogos, y otros científicos de la vida, igualmente bien calificados para hacerlo respecto a plantas y vida animal. De modo que el consenso de los científicos sobre el calentamiento global ha resultado realmente ser opuesto a lo que los defensores de la visión apocalíptica alegan.
Extinción de especies
La Biblia indica claramente que Dios se deleita en sus muchas criaturas. (Job 38:39, 39:30, 40:15 y 41:34, Sal 104:14-23.) Esto destaca la importancia de la mayordomía de la vida misma. Así, cuando los cristianos somos confrontados con alegaciones acerca de que unas 1.000 a 100.000 especies se extinguen por doquier al año, y que casi todas o la mayoría de las tales extinciones son causadas por la acción humana (59), no podemos simplemente encoger hombros y decir que no importa. Sin embargo, en el espíritu de 1 Tes. 5:21 (“probadlo todo y retened lo bueno”), sí podemos insistir que esos alegatos sobre tasas de extinción de especies sean probados empíricamente, que las evaluaciones sean basadas en números sólidos, y que la importancia de los números sea valorizada cuidadosamente en su contexto propio.
Cuando los alegatos se ponen a prueba, se hallan muy dudosos. Dos estadísticos eminentes los desafiaron, manteniendo que no había datos empíricos de campo para apoyarlos. (60) Entonces, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN), respondió comisionando un gran estudio de campo mundial. El resultado fue un libro colectivo (61), donde autor tras autor admiten que pese a las expectativas en contrario, basadas en modelos teóricos, las investigaciones de campo arrojan poca o ninguna evidencia de extinciones de especies, e incluso en sitios como la selva húmeda tropical muy mermada, para los que se habían predicho las mayores tasas de extinción. En ese volumen, V. H. Heywood, ex Director del equipo científico que produjo “Flora Europea” - compilación taxonómica definitiva de las plantas del Viejo Continente -, y S. N. Stuart, el funcionario ejecutivo de la Comisión de Supervivencia de Especies del IUCN, escribieron que “la IUCN, junto con el Centro Mundial de Monitoreo de la Conservación, han reunido grandes masas de datos, provenientes de especialistas de todo el mundo, relacionados con la declinación [mundial] de las especies. Parecería sensato comparar éstos datos más empíricos con las estimaciones de extinción globales. De hecho, éstos y otros datos indican que el número de extinciones registradas para plantas y animales es muy pequeño.”
Y agregaron que “Las tasas de extinción conocidas [en el mundo] son muy bajas. Hay datos razonablemente buenos sólo para mamíferos y pájaros, y la tasa real de extinción es aproximadamente una especie al año\... Si otros taxones fuesen a exhibir la misma probabilidad de extinción que mamíferos y pájaros (algunos autores así lo sugieren, otros lo disputan), y el número total de especies en el mundo es a lo grueso unos 30 millones, entonces la tasa anual de extinción sería de unas 2.300 especies. Es cantidad muy significativa y perturbadora, pero mucho más pequeña que la mayoría de las estimaciones hechas en la última década.” (62)
Y debe notarse aún que esta hipótesis de 2.300 extinciones al año no se basa en evidencia empírica; se deriva en cambio de un modelo teórico, de extinciones como tasa o proporción del total de especies, y con una suposición alta respecto a este último. Un más probable estimado del total de especies podría ser de entre 5 a 10 millones, con la cual el modelo daría unas 380 a 770 extinciones por año más o menos. Si esos números todavía suenan alarmantes, hay que ver primero que sólo representan aproximadamente un 0.008 % al año; y segundo, que probablemente sean todavía muy exagerados. Pero incluso a esa tasa, tardaría más de 500 años en eliminarse el 4 % de todas las especies de la tierra. Lo que es más, como ya mencionamos, el mismo libro lo que contiene son repetidas admisiones de que las predicciones modélicas de altas tasas de extinción fueron refutadas repetidamente por investigaciones de campo.
Esto no sorprende a los familiarizados con las serias debilidades de las curvas para las superficies de las especies, y las teorías bio-geográficas sobre aislamiento de masas continentales, etc., de las que se deducen todas esas tasas de extinción hipotéticas. Sometidas a una crítica rigurosa, se ve que esas estimaciones están muy por encima de las tasas reales. En parte se debe a que los modelos fracasan en la descripción de los ecosistemas como son realmente, y de modo irrealista tienden a atribuir características de masas aisladas a grandes regiones que de hecho están conectadas, como por ejemplo la selva amazónica. (63) Por eso es probable que la tasa de extinción real de especies sea aún mucho menor a ese 0.008 % al año.
Resumiendo, que siguen faltando datos legítimos para apoyar alegaciones de tasas de extinción de especies. (64) En cambio, los datos observacionales indican proporciones muy bajas de extinción. Consideremos EE.UU., por ejemplo:
“Del primer grupo de especies enumerado en 1973 bajo la Ley de Especies en Peligro [Endangered Species Act = ESA] a la fecha actual [1995] 44 de ellas se encuentran estables o mejorando, 20 están en declive, y se han extinguido sólo 7, incluyendo el pájaro carpintero marfilado y el gorrión oscurito de la costa. Esto lleva a 7 especies perdidas en más de 20 años para el grupo considerado en mayor peligro …. Ahora, la estimación de [el biólogo conservacionista E.O.] Wilson era de 137 especies perdidas por día en todo el mundo; o sea que aproximadamente 1.1 millones de extinciones deberían haber ocurrido en el globo desde 1973. Como EE.UU. contiene 6 % de la masa terrestre del mundo, un grueso prorrateo le asignaría un 6 % de esa pérdida, o sea 60 mil extinciones. Pero en el periodo considerado sólo 7 extinciones reales de especies norteamericanas se han registrado …. Y los EE.UU. tiene la biosfera más cuidadosamente estudiada del mundo, lo que hace que sus extinciones sean reveladas con más probabilidad.
Y si plantas e insectos se incluyen en los cálculos, 34 especies de organismos se extinguieron en EE.UU. durante los años '80, según un estudio del Departamento del Interior. Es claramente inquietante, pero daría un promedio de 3.4 extinciones al año, nada como la tasa alegada por los pesimistas.“ (65)
Pero hasta el significado de estas pequeñas cantidades está abierta al debate, puesto que mientras la mayoría de las personas piensa en “especie” como algo definido genéticamente, resulta que la mencionada Ley (ESA) lo hace de otro modo. Dice que “el término especie incluye cualquier subespecie de pez o fauna o planta, y todo segmento distinto de población de cualquier especie de pez vertebrado o fauna que se aparea cuando madura.“ (énfasis añadido. 66) El problema con esta amplia definición es que la mayoría de las personas no está muy familiarizada con la ley; y cuando oye de especies en peligro, piensa que todo organismo individual - correspondiente a una definición genética- arriesga perecer en todas partes; o al menos en EE.UU., donde se aplica la Ley. (Esta percepción popular subyace por cierto tras el miedo de que la extinción de ”especies“ vaya a remover para siempre algunos elementos del patrimonio genético global.) Pero en realidad, puede significar sólo que peligra cierto segmento de la población genéticamente definida como especie, siendo por completo posible que muchísimos otros especímenes suficientes puedan crecer y desarrollarse muy bien en otros lugares. Muchos ciudadanos apoyan costosas políticas conservacionistas, pero podrían reconsiderarlo si supieran que lo que ellas previenen no es la extinción realmente de una especie, sino sólo la remoción de un segmento geográficamente definido de una especie por otra parte lozana.
Nada de esto significa que no hay especies particulares de hecho en peligro, y que pueden beneficiarse de cuidadosos esfuerzos conservacionistas. Pero como señala el ecólogo de campo Rowan B. Martín, empíricamente se ve que cuando se compaginan los valores monetarios más plenamente con otros valores humanos, el arreglo institucional permite la maximización de ambas series de valores:
“Los científicos occidentales, los activistas y las agencias, favorecen la instalación de reservas, en las naciones en vías de desarrollo, para conservar la diversidad biológica. Sin embargo, esta estrategia es a menudo una forma del disfuncional ”eco-imperialismo“. Recientes estudios muestran que la mayoría de las reservas no están conservando la biodiversidad, son financieramente insostenibles, e irrelevantes para el 95 % de las personas de los países donde se localizaron. Una estrategia alternativa que ha tenido éxito considerable, es apoderar a las personas para controlar eficazmente los recursos de la fauna en su área. En muchas partes del sur de África, se han concedido a los propietarios (de tierras privadas y comunales), los plenos derechos de acceso y control sobre la fauna. Allí la biodiversidad se conserva mejor en aquellas áreas de propietarios, que rodean a los parques nacionales, que dentro de ellos. Adicionalmente, esas áreas en propiedad alrededor de los parques, son también económicamente más productivas que las áreas protegidas por el Estado. En el sur de África y otras partes del mundo, la conservación de recursos biológicos sería una actividad rentable y no un costo, si los arreglos institucionales correctos fueran desarrollados, incluyendo una confianza más fuerte en la propiedad privada y los sistemas de propiedad comunales.” (67)
