Introducción
Los niños desarrollan a menudo irracionales miedos respecto al mundo, y se ven abordados en las noches por amenazadores fantasmas, hasta que la madurez - o un adulto creativo- seca las lágrimas exitosamente. Hay una historia de un padre despertado regularmente por la recurrente pesadilla nocturna de su hijito, provocada por los encuentros diarios del chico con un perro demasiado afectuoso. Varias noches a la semana el hombre corría al cuarto del hijo para calmar al muchachito despierto, con aquella mirada extraviada y el pulso a la carrera. Se sentaba en la camita, y su hijo le apuntaba a una media docena de perros instalados en el alfombra, esperando para morderle los deditos de sus pies. El chico se acurrucaba temblando en brazos del hombre, quien le explicaba inútilmente que no había montón de perros en absoluto. Varias semanas de desvelos redujeron a aquel hombre a una sombra de su usualmente robusta humanidad: algo drástico tenía que hacer. La siguiente noche que despertó al grito de aterrorizado de su hijito, con firmeza se paseó en el cuarto del chico, comenzando por acorralar a los perros. En menos de medio minuto de agitar brazos y bufar, los seis caninos estaban fuera del cuarto. Aquel hombre se premió con una sonrisa soñolienta y un “gracias, Papá” del niño, y volvió tambaleante a su cama. Luego de dos noches más de ser expulsados, los perros no volvieron. En el estado soñoliento del niñito, esos perros eran un problema real. Tratar de persuadirle de que los perros no existían sólo frustraba al muchacho. Se sentía coartado por un padre incapaz, que tontamente respondía a los peligrosos animales con sólo palabras. El padre tuvo que entrar en el marco de referencia del chico, y ver los perros, para así librarle de ellos y aliviar a su hijo.
En aquello a que nos referimos como problema ambiental hay también dos marcos distintos para ver la realidad. Conforme al uno, no hay peligro inminente; así como no había realmente perro alguno que fuera a atacar al muchacho del cuento, seguro en su cama. Sin embargo, según el otro, el problema es real, es aterrador, y aparentemente rebelde. De acuerdo a esta segunda visión, la condición original del mundo - su perfección natural- está en peligro irreparablemente, por la actividad humana. Actualmente muchos están persuadidos de riesgo inminente, el pánico se está extendiendo, y una parte de la población se horroriza con “perros nocturnos” en forma de “amenazas al ambiente.”
No decimos con esto que no hay problema ambiental. No estamos tratándonos como el niño infeliz y sus perros imaginarios. Sin embargo el problema real puede tener más que ver con creencias y convicciones que con peligro objetivo y cuantificable. Lo cual de ninguna manera simplifica el problema. Como en el caso del niño pequeño, normalmente es necesario entrar en el marco donde el problema existe antes de intentar una solución eficaz. A la luz brillante del amanecer el muchachito se rió de los intrusos nocturnos, pero en el momento de la crisis la ayuda llegó sólo de alguien dentro del esquema de su realidad. Si realmente se cree que los perros están allí, el problema no es de perros sino de creencias.
Si creemos y estamos convencidos de que ningún valor es más importante, por ejemplo, que prolongar el tiempo de vida, se justificaría la prohibición todas las actividades capaces de abreviar los promedios de vida nacionales. Pero como humanos, demostramos siempre que nos motivan a menudo otros valores en conflicto. Los soldados hacen a menudo actos heroicos que acortan sus propias vidas. Y muchos individuos escogen fumar, lanzarse de paracaídas o escalar montañas porque estas actividades realzan sus vidas, y con pleno conocimiento de la posibilidad de estarlas acortando. El ambientalismo, sobre todo en sus formas más radicales y virulentas, frecuentemente pone la preservación de naturaleza a la cabeza de la conciencia moral, por encima y allende otros valores con los que puede encontrarse en conflicto. Así cualquier cálculo de beneficios relativos podría censurarse, y los hechos podrían no ser relevantes al juicio.
Las personas raramente se apasionan discutiendo sobre hechos. Tendemos a despreciar como a tontos a quienes argumentan sobre hechos conocidos o fácilmente averiguables. Las personas podrían debatir mucho sobre cual es la montaña más bonita del mundo, pero ahora que la tecnología nos permite tomar medidas precisas, no se podría debatir mucho sobre cuál es la más alta. El propósito del Torah - según el judaísmo tradicional- es ayudarnos a establecer las creencias correctas, y sus implicaciones profundas, no enseñar los meros hechos. Los métodos científicos bien establecidos, por otro lado, mantienen su legítimo puesto como encargados de resolver las materias de hecho.
Así, el problema real del medio ambiente puede ser la creencia que hay allí un problema espantoso y no otro. O a lo menos es un problema que está muy exacerbado por ciertas creencias, que pueden interponerse en el camino a un compromiso genuino con la mayordomía de todos en la Creación de Dios.
Examinaremos primero en este ensayo el moderno fenómeno conocido como ambientalismo; enseguida veremos en la Torah la noción de “vía media”, y su relación con moralidad y población humana; luego repasaremos la comprensión judía de la relación correcta entre persona humana y naturaleza, sobre todo en conexión con el trabajo y el espíritu creativo; y finalmente cerraremos con una discusión de la visión de la Torah respecto a propiedad, contaminación y ley.
I. Población humana y logro de la Vía Media
Cada año, gobiernos e industriales prominentes dedican enormes sumas a programas de reducción de la población, dirigidos por una variedad de agencias que comienzan por el Fondo de las NN.UU. para la Planificación Familiar (en inglés = UNFPA). Después de todo - se argumenta- es obvio que debe existir algún número máximo de personas que pueden sobrevivir en “la nave espacial Tierra”. Aún no sabemos cuál es, pero eso no significa que no existe: debe haber alguna cifra de población mundial más allá de la cual las personas ya no tendrán comida adecuada o bastantes recursos para sobrevivir. Y de ser esto falso, debe haber otra cifra por sobre la cual no habrá simplemente espacio para que más personas puedan vivir. Seguro que el número ha de ser muy grande, pero si concedemos que el crecimiento anual de la población mundial nos acerca inexorablemente, ¿por qué no se comienza a hacer algo ya mismo en la dirección correcta?
¿Y qué si toda la población de EE.UU. puede vivir cómodamente en la pequeña parte de California entre Los Angeles y la frontera mexicana? Bueno, significa que la sentencia no es inminente en este país. Pero es claro que en las más atestadas Africa o Asia el argumento vale, y por ende el liderato responsable debe exigir acción inmediata. No sólo el bienestar de naciones enteras es amenazado por el libre crecimiento de la población, es el nivel de vida de sus familias. Tantos niños imponen cargas económicas a familias desalentadas a usar “planificación familiar”, por ignorancia de las técnicas o por tabúes religiosos. Estas familias requieren casas más grandes, usan más agua y recursos energéticos, y achican el “espacio verde” disponible en las ciudades.
El argumento luce formidable, y de hecho convence. No es efectivo ni veraz insistir meramente en que la gente siempre encuentra una solución oportuna y apropiada a sus problemas. A veces sí, pero a veces no. Contra las severas advertencias de Thomas Malthus - hace doscientos años- sí encontramos respuestas: nuevas máquinas hicieron tejido abundante y barato para vestir a quienes se anticipó tendrían frío; y progresos agrícolas pusieron comida disponible para los que se predijo tendrían hambre. Pero, para otros problemas no encontramos una respuesta: algunas de las guerras más costosas del siglo XX podrían haberse evitado de haber hallado esa solución oportuna.
La Torah enfatiza una regla áurea para resolver problemas. El gran transmisor de pensamiento de la Torah, Moisés Maimónides, discute cómo alcanzar este “camino medio”, como le llama en su magnum opus, la Mishneh Torah. Vea los dos extremes, aconseja, y entonces busque el punto medio geométrico. Por ejemplo, ni la austeridad extrema ni la indulgencia excesiva son deseables como guías permanentes para la vida. La persona excesivamente dura no podría criar un niño sin dañarlo físicamente; pero la persona indulgente en extremo no podría hacerlo sin perjudicarlo espiritualmente: no sería capaz de ejercer disciplina o administrar el castigo ocasionalmente necesario. Sin embargo, los padres que se guían por el camino medio podrán sacar de sí mismos reservas para la dura disciplina y para la dulce compasión, según el caso demande.
Análogamente, hay otros dos extremos de conducta que no sirven. En uno ignoramos por completo el futuro y vivimos hedonista e indulgentemente el presente. Los padres sienten punzadas de dolor cuando ven a un niño crecer en la auto indulgencia sin pensar en el mañana. Pero en la alternativa extrema podemos sufrir un presente de total auto privación, ahorrando para el futuro. Muchos conocimos sobrevivientes de la Gran Depresión del siglo XX: con frecuencia vivieron el resto de sus vidas en circunstancias tipo depresión, aún teniendo reservas financieras. El desafío para la persona que desea vivir la vida buena es encontrar un enfoque más equilibrado. Y uno de los grandes dones del judaísmo a sus adherentes es una “guía del fabricante” sobre cómo la persona puede lograr mejor este camino medio: la Torah brinda un mapa de rutas para alcanzar un equilibrio, no siendo uno avaro ni derrochador, libertino ni asceta; la vía media permite vivir de cada jornada su alegría a la máxima potencia, pero conservando recursos para un futuro desconocido.
La respuesta de la Torah al pánico de la sobre población es consistente. Nos enseña primero a identificar los dos extremos. Uno es pedir al gobierno que nos imponga regulaciones draconianas y arduas restricciones. Esta visión insiste en que ningún sacrificio presente es demasiado grande para disminuir la amenaza de mañana, no importa que su naturaleza precisa y fecha permanezcan desconocidos. La visión opuesta - en palabras del Premio Nobel Jan Tinbergen- mantiene que:
“Dos cosas son ilimitadas: el número de generaciones por las que deberíamos sentirnos responsables, y nuestra inventiva. Lo primero nos pone un desafío: alimentar y mantener a las generaciones presentes y a las venideras a partir del flujo finito de recursos naturales de la Tierra. Lo segundo, nuestro inventiva, puede generar las ideas y políticas que contribuirán a responder a ese desafío.”
Así vemos un extremo: pensar que ningún sacrificio que se nos imponga hoy es demasiado para proteger a las generaciones futuras hasta el fin de los tiempos. Pero si las anteriores hubiesen seguido esta pervertida lógica, podrían haber restringido el uso de aceite de la ballena. Uno pudiera imaginar decretos emanados de celosos activistas ambientales del siglo XVIII, prohibiendo el uso de lámparas de aceite por la noche después de las 9, a fin de asegurar aceite de ballena suficiente como para iluminar las casas del siglo XXI. Con esto hubiesen podido estar limitando las posibilidades educativas de tantos científicos que han estudiado y experimentado hasta tarde en la noche, para descubrir el petróleo y sus muchas aplicaciones.
La paradoja revelada por la Torah, es que seguir uno u otro extremo, lejos de resolver cualquier problema, realmente agrava la situación dada. Es una de las razones por las que el judaísmo insiste en que los niños deben ser criados por un hombre y una mujer unidos en matrimonio. Porque un niño saludable necesita crecer tanto con la disciplina y firmeza que son característica natural del varón, como con la apacibilidad que lo es de la mujer. De guiarse exclusivamente por el elevado principio de indulgencia, o por su contraparte la crueldad, criar un niño - en cualquier caso- sería fabricar un monstruo. Sólo la vía media equilibrada brinda esperanza de criar una persona bien acabada.
De modo semejante, podemos ignorar el crecimiento de la población humana, o imponerle límites. Si ignoramos el problema - insistimos en que no hay ninguno- cometemos el mismo error del padre al decirle al hijo que no hay perro salvaje alguno en su cuarto. A los entusiastas del pánico de la sobre población esto servirá sólo para persuadirles que somos ciegos; en el mejor de los casos. Y en el peor, realmente podría cegarnos a lo que quizá resulte una preocupación válida. Por otro lado, decretar regulaciones opresivas - penales o de corte tributario, o promover una ética para limitar las familias a uno o dos niños, por ejemplo- también agravará el problema, y de una manera ya visible en India, Corea, y muchas otras partes de Asia. Porque una consecuencia imprevista de las políticas de la población ya en vigor en estos países durante varias décadas es un grave desequilibrio en la proporción entre los sexos. Hay proyectistas que ya están discutiendo un triste cuadro: el inminente espectro de varios millones de hombres asiáticos incapaces de encontrar esposas.
Así, escogiendo un extremo u otro, empeoraremos la situación que esperamos resolver. ¿Hay un enfoque de la Torah a la llamada “bomba poblacional”? Naturalmente, es el enfoque de la vía media, el equilibrio. No debemos ignorar el problema, pero tampoco precipitar el caos ya mismo en alocado esfuerzo por precavernos de una amenaza distante, cuyos contornos aún son oscuros y vagos. ¿Cuál es este misterioso camino medio? Para descubrirlo debemos repasar nuestras creencias fundamentales sobre si el ser humano realmente es consumidor o creador. Si el hombre es meramente consumidor, entonces, es obvio: mientras menos seamos, mejor. Si en cambio es creador, entonces, igual de obvio: si somos más, seremos más felices. Y la respuesta no es “ambos”. Eso no dejaría bien establecido nada. Lo que preguntamos es si los humanos crean más de lo que consumen, o consumen más de lo que crean. La Torah contesta su propia pregunta: los humanos pueden ser consumidores o creadores. Y es realmente una respuesta diferente a decir “ambos.”
La verdadera respuesta de la Torah es que podemos enseñar a los niños a ser consumidores o creadores. Si los criamos como jóvenes animales, así crecerán: básicamente consumidores, pudiendo trabajar como los caballos, pero nunca con la capacidad de crear realmente. Para lograr esa habilidad en nuestros niños, tenemos que educarlos en la imagen del Creador. Eso significa impartirles un sentido de límites, un conocimiento de lo que es correcto y de lo que está mal. Sólo los animales tienen necesidades finitas. Los humanos, tocados como son por el dedo del Dios infinito, tenemos necesidades infinitas. Por tanto, los niños tienen que ser enseñados que cada necesidad exigirá una opción y un sacrificio, y que cada quien de nosotros debe ser mayordomo responsable de lo que se nos ha dado y nos hemos ganado. Merecen saber que nos relacionamos y simpatizamos con sus sentimientos, pero no esperamos que los sigan irreflexivamente: esperamos que sigan los dictados de su cabeza, no de su corazón. Deben crecer en el entendimiento de que el mundo necesariamente no es un lugar justo, pero tiene reglas; y saberlas es mejor que lloriquear sobre justicia. Y finalmente, deben saber que la vida nos juzga por nuestro desempeño y no por nuestras intenciones. Es un placer estar con niños criados para vivir según éstos y otros igualmente verdaderos y permanentes principios.
¿Cómo exactamente criamos el tipo propio de gente para ayudar a las personas a resolver el problema poblacional? El Talmud cuenta que durante las fiestas de la Peregrinación, el Templo de Jerusalén se llenaba tanto que las personas tenían espacio apenas para estar de pie. Sin embargo durante el servicio, que requería a los fieles postrarse de rodillas, había misteriosamente espacio suficiente. Era una rara aritmética; sabemos que las personas de rodillas requieren más espacio del suelo que permaneciendo de pie: durante el servicio, con la gente arrodillada, se estaría más y no menos apiñado. La explicación tradicional es que estar de pie es metáfora de auto concentración arrogante, mientras que la postración lo es de humildad y atención a los otros. Y finalmente, el propio Templo se pinta en la Torah como modelo casi matemático del mundo. No es difícil asir la verdad del mensaje: si una población consta de personas humildes y siempre conscientes de los demás, nunca se siente atestado. Pero, si las personas están rodeadas por incluso unos pocos individuos arrogantes y egoístas, la percepción es de apiñamiento. La superpoblación no es cuestión de números o cantidades objetivamente mensurables, como personas por milla cuadrada. Es en cambio una cuestión de si la gente se percibe oprimida por la presencia aplastante de otros. Esto tiene más que ver con normas de civilidad y conducta que con cifras de población: la mayoría de nosotros nos sentiríamos menos presionados y más cómodos en las calles atestadas de Hong Kong o Tokio que en un solitario callejón de Nueva York. Nuestro problema real no es de población, sino una percepción de un problema de la población; que simplemente no resulta de muchas personas, sino de muchas personas que arrogante e irreflexivamente presionan a otros con su presencia. En lugar de reducir el número de personas, necesitamos reducir la incidencia de la conducta egoísta que oprime a los otros.
Esto puede parecer una inadecuadamente poética descripción para un prosaico problema de hacinamiento, pero realmente es todo lo que tenemos. Buscar un extremo es no hacer nada, mirando nada más cómo niños egoístas y toscos nacen y son criados para amontonarse en una cultura; eso es tonto. Naturalmente, todos sentiremos que hay demasiada gente; tenemos que hacer algo. Sin embargo, buscar el otro extremo de alentar menos personas mientras ignoramos su conducta es igualmente tonto. Debe notarse que esto es así si la amenaza de superpoblación es vaga y distante. Lo que nos queda por hacer es enfocarnos en inculcar en nuestra cultura esos valores que disminuirán la percepción de superpoblación, y también aumentarán la contribución de cada miembro. Ello no sólo reduciría el clamor por el control poblacional, sino que también traería mucho más tranquilidad y considerablemente más prosperidad para todos.
II. Las relaciones apropiadas entre Dios, el hombre y la naturaleza
En el clima prevaleciente del debate ambiental, es necesario declarar categóricamente y de entrada que la Torah sin dudas prohibe la crueldad con los animales. Pero no porque los animales tengan derechos (también); sino porque (sólo) los seres humanos tienen obligaciones. En el cuadro de realidad moral que pinta la Torah, nadie tiene derechos, sólo obligaciones. Naturalmente, si todos cumplimos nuestras obligaciones, terminamos disfrutando esas cosas que en vano intentamos obtener exigiéndolos como nuestros derechos.
El movimiento de los derechos animales puede ser mejor entendido si es visto como un esfuerzo por deshacer los capítulos inaugurales del libro bíblico de Génesis. La Torah y tradiciones orales que la acompañan insisten en que Génesis describe más las creencias acerca de la Creación que sus hechos. Es decir, que es premisa central de la Biblia que humanos y animales son cualitativamente diferentes, lo que gravemente cuestiona el movimiento de los derechos animales. Después de todo, una mujer con chaqueta de piel sólo es ofensiva si ella es sólo un animal también, muy inteligente y bien evolucionado, pero animal al fin. Porque es como llevar la piel del primo de uno sobre el hombro: eso es lo absolutamente bárbaro. Los abogados de los derechos animales insisten en que somos todos animales, y ninguno debe gozar privilegios especiales - específicos de la especie- que los otros no disfruten.
La Biblia enseña que la persona humana es la cumbre de la Creación de Dios; y que toda la Creación está allí para que la persona la desarrolle y use como mayordomo responsable. El principio a elaborar aquí es, por supuesto, precisamente la misma premisa bíblica que prohibe auto mutilarse, o destruir un apartamento alquilado, o incluso tener un aborto. Es decir, que los arrendatarios no tienen los mismos derechos que los dueños. Nosotros, como humanos, no poseemos de ese modo el mundo, o nuestros cuerpos, o las habitaciones que alquilamos. Podemos mejorar pero no destruir. Según la Torah, las mujeres no tienen el derecho a hacer con sus cuerpos cuanto deseen, pero tampoco los hombres. Nuestros cuerpos nos son dados por un Dios cortés y generoso, para que podamos ocuparlos por un cierto periodo de tiempo. Durante ese lapso los cuerpos serán tratados con la misma deferencia que un arrendatario debe emplear cuidando cosas alquiladas. De modo semejante se nos concede a los humanos el uso del mundo y todo lo que contiene. Podemos cazar animales para comida o vestido, construir casas de la madera que cortamos de los árboles, y cavar la tierra para extraer los minerales que contiene. Pero no podemos destruir perversamente nada en absoluto.
En algunas áreas los activistas de los derechos animales han buscado conculcar derechos de sus humanos congéneres. Han hecho esfuerzos para coartar investigaciones médicas cruciales a la salvación de vidas humanas; proscribir vestidos hechos de animales; prohibir circos; y perjudicar industrias de peletería, carne y pollos, a veces mediante violencia y intimidación. Es importante entender que han tomado estas acciones no como resultado de datos mensurables, sino como consecuencia de su sistema de creencias. Allí hay dos sistemas de creencias - sobre los animales- distintos y absolutamente incompatibles. Una de estas doctrinas procede de creer que Dios hizo el mundo y todo lo que contiene, y una vez hecho, creó al hombre como su asistente para proseguir el trabajo. La otra doctrina proviene de la creencia en un proceso materialista muy largo por el cual, sin intervención de nadie, el protoplasma primitivo terminó en Bach y Beethoven.
Conforme a la segunda creencia, la persona humana no es nada más que un animal sofisticado. Para los devotos de esta fe secular, los derechos animales son como su sacramento. Y no hay manera de satisfacer adecuadamente ambos lados del debate. Por su mismo nombre, los activistas traicionan su agenda: con una evangelización agresiva quieren promover y defender la creencia que ninguna diferencia cualitativa hay entre humanos y animales. E innecesario es decirlo, alentando una conducta humana opresiva como la antes mencionada, esta creencia agrega combustible a quienes promueven el pánico de la sobre población.
Es principalmente por ausencia de contrapeso moral alguno que los partidarios de los derechos animales pueden insuflar tan fácilmente su fe en la cultura general. La Torah pinta el entero relato de la serpiente - que incita a Adán y Eva- como una guerra feroz entre la naturaleza divina de hombre y sus inclinaciones animales; y el judaísmo clásico reconoce una cierta fuerza de gravedad espiritual que inclina a los humanos a verse a sí mismos como animales. Como animales tendríamos pocas obligaciones morales, si acaso alguna; seríamos libres de actuar conformes a lo que sea creamos nuestros instintos; y podríamos seguir lo que nos dictaran nuestros corazones y no nuestras cabezas.
Como el poeta John Milton describe tan fielmente en “Paraíso Perdido”, Adán y Eva sucumben a sus inclinaciones animales, pero finalmente reparan y recuperan su lugar como hijos especiales de Dios, creados en su imagen y encargados con la tarea de mejorar el mundo poblándolo y conquistando la naturaleza. La voz hebrea de “conquistar” -koveish- claramente distingue entre aniquilar y conquistar. El primer verbo significa destruir por completo al enemigo, el segundo en cambio refiere a dejarle recursos y habilidades intactos, y hasta reforzarlos, pero redirigiéndoles para los propios fines; y eso es precisamente lo que se nos dice que hagamos con los recursos del mundo natural. No podemos destruirlos por gusto; aunque sí usarlos, y de todas y cada una de las posibles maneras beneficiosas. Los animales son parte del mundo natural, y su propósito entra estrictamente en el contexto de la vida humana. Una razón que los sacrificios rituales jugaron tan vital papel en los servicios diarios del Templo de Jerusalén, fue llevar a los antiguos israelitas la idea de que matar animales en el servicio de Dios, y con propósito para Su pueblo, era moralmente permisible.
Un judío religioso puede optar por restringir su dieta a verduras durante la semana, pero en Sábado y en la mayoría de las fiestas debe comer un poco de carne, como obligación religiosa. La razón es que Dios creó un mundo jerárquico: los minerales son consumidos por una forma de vida superior, a saber, las plantas; los animales sobreviven consumiendo vegetales; y la forma de vida más alta de todas, los humanos, comen animales. Es interesante notar que los animales que se permite comer a los judíos son los que comen sólo plantas. Es decir, no animales que violan el orden jerárquico, como lobos y osos. Por eso, para un judío, privarse de comer cualquier carne por razones éticas es intentar mejorar la definición divina de moral, y otra manera de anunciar que es nada más que un animal, porque se supone que los animales comen sólo de la vida vegetal. Un judío que come sólo verduras nos dice que es un animal muy bueno. Así, una vez por semana Dios exige de Su pueblo que deje el refugio moral vegetariano. Nos obliga entonces a confrontar la realidad de que un animal murió para dar nuestra comida; lo que nos pone en el deber de ser dignos de ese sacrificio. Ahora, que un animal muera por otra razón distinta a proveer carne a otro animal, es menos que el ideal. Así el animal saqueado se considera como no kosher, o no totalmente digno de ser comido por judíos. Sin embargo, el judío que come carne regularmente sabe que debe comportarse de una manera tal que el sacrificio de su comida quede moralmente justificado: o sea, se le obliga a ser un humano, no meramente otro animal.
Aunque prohibe la crueldad o la destrucción morbosa, el judaísmo aborrece todo el concepto de derechos animales, porque violenta el fundamento mismo de la creencia bíblica en la soberanía de Dios, y en el papel de Dios como último juez de moral. Judaísmo y secularismo son fundamentalmente incompatibles, y la doctrina de los derechos animales es secular.
III. La naturaleza espiritual del trabajo humano
El judío religioso tiene mucho aprecio por la hermosura de la naturaleza. Nos llenamos con gratitud por estos obsequios de la naturaleza a nuestros sentidos, que también son recursos naturales vitales a la raza humana. De hecho, una colección de bendiciones es parte del arsenal de fe desde temprano aprendida por cada niño religioso. En su edad más tierna, los niños judíos dan con una gran sonrisa la bendición para un arco iris, al no más verlo en los cielos. E igual al advertir un árbol bonito, el océano, u oyendo un trueno, y para tantas muchas otras manifestaciones del mundo de Dios, damos un ferviente “Gracias.”
Pero las fábricas y rascacielos también reflejan valores judíos. Una fábrica habla del anhelo humano de emular el poder creativo de Dios; y una ciudad, de seres humanos que conviven juntos, en paz y armonía como les instruyera su Padre del Cielo. Por esta razón, el Templo se construyó en el corazón de la quintaesencial urbe del judaísmo, Jerusalén, y no en algún lejano rincón del campo. Se reconocen bosques y pantanos ciertamente como parte de la creación de Dios, pero dejarles nada más en su condición original y prístina es ignorar la directiva de Dios para enjaezar las fuerzas de la naturaleza en beneficio de la raza humana. Hemos de dejar nuestra huella impresa de tal manera en el mundo, que mejore lo encontrado. La metáfora es la del propietario cortés que permite a sus inquilinos vivir sin pagar renta en una casa aún no totalmente acabada, y nada más pide a sus arrendatarios que trabajen para mejorar su condición. Dejar todo como lo encontramos es pobre pago para tanta generosidad.
La hostilidad general hacia el desarrollo industrial - que evidencian a menudo los activistas ambientalistas - frecuentemente arraiga en una oposición panteísta al Dios de Abraham, Isaac y Jacob, tan vieja como la Torre de Babel. El judaísmo en cambio toma nota de como el desarrollo industrial tiende hacia lo espiritual y se aleja de lo meramente material. En nuestros tiempos es bastante claro si vemos sociedades de avanzado desarrollo pasar de la fabricación de acero y enormes maquinarias a la creación de datos y conocimiento. Hace cien años, los estadounidenses construíamos naves y locomotoras. Hoy, ese trabajo lo hacen las economías más recientemente desarrolladas, y nosotros, productos cuyos valor por unidad de peso excede con mucho a lo que hacíamos en nuestra vieja economía de industria pesada. El judaísmo ve esto como un paso al reconocimiento humano de la primacía de lo espiritual sobre lo material. Y no es casual que esta tendencia de la sociedad a acercarse a lo espiritual coincida con una menor ruptura con la naturaleza. En lugar de imponer barreras a la industrialización de los países en vías de desarrollo, estaríamos mejor servidos ayudándoles a atravesar esa fase temprana de crecimiento. De esta manera, cada porción del mundo podría hacer sus propias decisiones y juicios sobre cómo equilibrar sus distintivas necesidades. Y hay partes del mundo - y probablemente siempre las haya- donde el acceso inmediato a comida y resguardo acallen toda otra preocupación. Nosotros en países desarrollados podemos no querer una fábrica de neumáticos de caucho junto a la puerta. Pero viviendo en El Cairo, y siendo vecinos del vertedero de basura más grande del mundo, poblado por esqueletos fantasmales que buscan y rebuscan en la mugre para dar con la comida que les permita existir otro día más, podemos dar la bienvenida a la planta de neumáticos, porque desplazará a otro lado el basurero. El judaísmo tiene gran fe en la habilidad de los seres humanos ordinarios para tomar sus propias decisiones, y encontrar maneras de superar circunstancias trágicas.
Esta fe proviene de otra convicción religiosa, no compartida por muchos activistas ecológicos. Repitámoslo: siendo sólo animales sofisticados, es razonable que un grupo elite de personas en papeles de vigilantes de esta granja o zoológico tome decisiones críticas para nosotros. Desde este punto de vista de la realidad, no somos capaces de determinar por nuestra cuenta la prosperidad que deberemos sacrificar para detener el desarrollo. Siendo la naturaleza el bien último fundamental, esos guardianes nuestros determinarán que ninguna carga es muy pesada para nuestras espaldas en servicio a ese dios, la naturaleza. El judaísmo en cambio insiste en que somos criaturas exaltadas, creadas a imagen de nuestro Creador, y dotadas de dones casi divinos para crear. Por eso el judaísmo se opone a los intentos de privarnos a los humanos de hacer nuestras propias opciones personales; cada quien tiene libertad y responsabilidad para dirigir la propia conducta hacia lo bueno. Naturalmente, el judaísmo no nos protege de nuestras malas decisiones: parte del crecimiento moral consiste en vivir con las consecuencias de ellas. Y parte de la preocupación con la transmisión oral del judaísmo es la continua acumulación de experiencias que convalidan las leyes de la Torah.
El principio judío básico de equilibrada vía media también choca con la doctrina ambientalista contemporánea sobre conservar todo búho moteado y todo canguro rata, más importantes que cualquier costo a pagar por los humanos, y cualquier sacrificio de personas. El judaísmo nunca apoyaría que unos leñadores deban sufrir la indignidad de la desocupación para no perturbar el hábitat de anidación del búho. Cuando las casas para las personas se hagan carísimas por los costos de las regulaciones para conservar el hábitat del canguro rata, la tradición judía tendrá objeciones: las personas no necesitan justificar sus necesidades o deseos ante la naturaleza; sólo se les advierte contra su destrucción sin propósito alguno.
La inequívoca visión judía presentada aquí se hará menos simpática a veces, por las prácticas reconocidamente inmorales de algunos agentes económicos. Cuando una corporación grande y poderosa inflige daño mensurable a sus vecinos, por ejemplo, refugiada en tácticas legales, nace un comprensible sentimiento de frustración en la localidad. La ética no deja a las personas evadir su responsabilidad ocultándose tras un velo corporativo: la corporación no es sino un vehículo para la cooperación humana, que simplemente aporta a un grupo de gente de otro modo dispersa una cultura, un ethos y todo un sistema que las cubre; así, la corporación les permite cooperar a individuos que de otra manera podrían tener que ser granjeros de subsistencia. La cooperación les permite proveer a sus prójimos de bienes o servicios, derivando sus ingresos de la aventura. No obstante, una corporación no posee derecho alguno para causar daños a sus vecinos que se les negarían a sus empleados, gerentes o accionistas individualmente.
En el desarrollo el judaísmo ve la obediencia de las personas al mandato de su Creador para ser fructíferos, multiplicarse y conquistar la tierra. En lugar de mantener una imagen sentimental y falsa de naturaleza, los judíos religiosos sabemos que la naturaleza es áspera y rencorosa. Que desde la expulsión del Jardín del Edén, Dios nos impone una prueba de fuerza: tomar sustento de una tierra a menudo renuente. Y debemos hacerlo, sin demandar beneficio alguno del trabajo ajeno, ni recurrir a deshonestidad o robo. Nuestra tarea es, en esencia, dominar la naturaleza y reconducirla para estos santos propósitos. Incluso la práctica judía tradicional de la circuncisión habla de este mandato piadoso: “el mundo que te di no es perfecto”, dice el Todopoderoso: hasta los propios cuerpos esperan el toque final. Incluso más, nos dice “la Tierra entera espera tu toque final. Tu labor es bienvenida, y tus resultados me agradan”, dice el Señor. Por esta razón, el judaísmo se enorgullece más de los rascacielos del hombre que de los pantanos de Dios, y de las fábricas de los hombres que de los bosques de Dios.
IV. Contaminación, propiedad, y ley
Es poco discutible que en el íntegro sistema legal judío la contaminación es falta muy grave: el Talmud cita muchos ejemplos de ciudadanos dañando a otros con varias formas de contaminación. Sin embargo, siempre son casos civiles de un individuo que demanda a otro indemnización por daños y perjuicios; visiblemente extraña es la noción de un gobierno que acciona contra los ciudadanos. Una explicación es el marcado entusiasmo de la Torah por las transacciones privadas y relativamente libres entre los individuos. Y en el judaísmo la autoridad eclesiástica lo es también civil: en sentido último, nuestro “gobierno central” es Dios y la ley moral. Por ello al rey judío se le manda escribir su propia copia de la Torah personalmente, transcribirla minuciosamente de los textos oficiales. Se le instruye además que lleve siempre su ejemplar, indicando así que el rey también se subordina a las normas y leyes. El modelo judío prototípico de rey es David, cuya proximidad a Dios le hizo escribir el Libro de los Salmos. David trabajó estrechamente con el Sumo Sacerdote, y con el Sanedrín, alta corte de justicia compuesta por 72 rabinos. Este modelo de rey intelectual, religioso, difícilmente recuerda a un gobierno fuerte y centralizado.
Hay gran dependencia en el tribunal local, la Beth Din, o casa de la ley. Una gran ventaja de retener un fuerte sabor local en asuntos legales es que son menos probables los casos donde a un individuo se le acuse por dañar a toda la naturaleza, a todo el mundo, o todo el aire y el agua. Es que los pleitos deben ser llevados al Beth Din por el propio individuo perjudicado. Y es cierto que hay otros problemas enormes; pero no es para simples mortales el resolverlos, y se consideran problemas para Dios: a nosotros nos queda sólo volvernos a Él en fe perfecta. Sería un acto de arrogancia espiritual el usurpar responsabilidad por problemas a escala cósmica. Ahora bien, ¿es esto igual a no hacer absolutamente nada con los problemas reales de contaminación? No. Pero en su gran mayoría, los problemas reales surgen entre partes litigantes locales, y se hallan sujetos a soluciones locales previstas en la ley judía.
El pensamiento judío tradicionalmente ve estos problemas a través de la lente de la fe religiosa. No hay manera cierta de responder la pregunta de cuál será el fin de la historia humana. Sin embargo, es claro que hay sólo dos posibles respuestas: aniquilación o salvación. Quizás seamos finalmente condenados, a las emanaciones de monóxido de carbono; al calentamiento global; a una alta marea de pañales desechables; al deshielo de los casquetes polares; a la radiación ultravioleta que pinchará la capa de ozono; a la caída de algún meteorito bandido; a un invierno nuclear, o a cierta combinación de algunas de estas posibilidades o todas, o a alguna amenaza completamente nueva y desconocida. Los detalles no son importantes, sí la conclusión: de una manera o otra, la humanidad se condena. La única alternativa es mediante algún gran programa de redención divina, que a toda la humanidad libere en un nuevo y mejor mañana.
No hay manera de predecir qué pasará finalmente. Podemos, sin embargo, resolver ciertos problemas concretos que afectan a ciertas personas reales individuales, aquí y ahora. ¿Hay alguien perjudicado con el agua de lluvia contaminada por la empresa industrial del propietario de al lado? ¿Ud. está viendo disminuir el valor de su propiedad por mal olor o humo nocivo (contaminación aérea), surgido de las actividades de su vecino de enfrente? ¿El dueño de esta hacienda ganadera está contaminando este río, y causa perjuicios aguas abajo? Todos éstos son ejemplos reales, de problemas de contaminación verdaderos, previstos por la ley de la Torah.
Pero poca justificación hay en la Torah para aprovechar los miedos humanos sobre el futuro con el propósito de ampliar el papel de gobierno. El judaísmo resistiría claramente la noción de que debemos tratar esos problemas demasiado grandes erigiendo un gobierno lo bastante grande para resolverlos: considere las advertencias proféticas sobre las consecuencias terribles de entronizar un rey. Y absolutamente no hay en la Torah precedente o justificación teológica alguna para un gobierno que imponga restricciones a los individuos en beneficio de “la naturaleza” o “el ambiente”. No es explícito imperativo religioso judío. Y es más: el ejercicio de la autoridad gubernamental para fines posiblemente dudosos es un rechazo claro del judaísmo tradicional, siempre resistiendo como roca sólida las alianzas con cambiantes manías y fascinaciones del momento. El judaísmo ortodoxo critica a quienes intentan conservarle actualizado importando doctrinas y movimientos del secularismo. Pocas generaciones atrás, rabinos rusos sancionaron a unos judíos bien intencionados que establecieron grupos comunistas propios para retener a los jóvenes en el judaísmo. Hoy, esfuerzos descaminados similares establecen ramas judías del feminismo, la homosexualidad y el ambientalismo radical\... para “mantener el judaísmo relevante”. El núcleo del judaísmo siempre ha sido relevante. Pero eso es precisamente por su compromiso con valores permanentes, y su indiferencia a novedades filosóficas del día. Según Maimónides - el sabio judío del siglo XII- “es claro y explícito en la Torah que ella es mandato de Dios, permanente, sin cambio, suma o disminución, y se nos ordena cumplir todas sus directivas por siempre.” Así, ante los miedos en gran escala por problemas como la amenaza de una aniquilación mundial, la mejor respuesta judía es la fe en Dios, que los resolverá. Entretanto, la preocupación nuestra debe ser actuar conforme a las reglas del pacto: no podemos dañar la propiedad de nuestro vecino, pero no por ello tiene derecho a interferir con nuestras actividades de pesca, caza, fabricación, extracción mineral o agricultura que no dañen lo suyo directamente.
El judaísmo también resiste la toma de cada vez mayor control gubernamental sobre la sociedad, debido a su compromiso en orden a que las personas posean propiedades en lugar de la sociedad. Uno de las muy pocas excepciones a esta regla fue el Templo de Jerusalén, que por supuesto no era posesión de judío individual alguno. Por otra parte, pone mucho énfasis religioso en que las personas posean propiedad, y tiene mucho cuidado en proteger a las personas contra amenazas a esa propiedad.
Debe entenderse que el énfasis judío en la propiedad privada es una manifestación religiosa de la relación de las personas con su Dios y la ley moral. Como con tantos otros aspectos de vida judía, también con este se quiere afirmar el relato del Génesis sobre la Creación, cuya tesis central es que los humanos somos cualitativamente diferentes de los animales. Ningún animal posee propiedad. Para estar seguros, es un hecho que ciertos animales exhiben un imperativo territorial. Por ejemplo, los leones y elefantes marcan sus territorios para hacer saber a otros que alegan dominio sobre el área. Sin embargo, no es su propiedad: esos leones no objetan elefantes en su zona, y cuentan conque los ciervos ignoren esas marcas de fronteras. Porque si todos los animales respetaran la “propiedad” de los leones sobre su área y se mantuviesen fuera, sería un evento raro para los leones almorzar\...
El Libro del Génesis en cambio detalla el mecanismo por el que los humanos pueden poseer tierra. La compra de Abraham de un sitio para el entierro de Sara se presenta en detalle, precisamente para familiarizar a sus descendientes con la metodología por la que los humanos pueden adquirir y poseer tierra. Esta metodología resulta ser un sorprendentemente nuevo concepto, no sólo a Efrón y a los hombres de Het, sino también a las naciones y razas más nuevas, que no sabían nada de la propiedad de la tierra por los individuos. Y todavía hoy el judaísmo está claro que el plan de Dios para la humanidad requiere que las personas posean tierras. Esto en parte a causa de Su deseo de que nos reconozcamos como criaturas diferentes de los animales, y en parte porque también desea que convivamos e interactuemos entre nosotros. La interacción económica, y el premio que la acompaña - la riqueza- son parte del plan de Dios para asegurar que Sus hijos siempre actúen recíprocamente entre ellos con beneficio mutuo. La propiedad de la tierra ayuda a asegurar esta dinámica.
Vale notar que Dios le promete bendiciones muy específicas a Israel si sigue el pacto, y estas promesas son los muchísimos beneficios de este mundo. Dios asegura lluvia en su tiempo, cosechas dadivosas, casas felices, niños bien educados, y riquezas como aquellas que el fiel Job perdió y después recuperó. Dios hace estas promesas con seguridad, como actuales, porque el pacto es más que mero ritual. Es mucho más que oración y buenas obras. Las más importantes partes del pacto enfocan sobre cómo organizar la sociedad humana y sus interacciones económicas. Hay muchas más reglas sobre la interacción económica humana en la Biblia, que sobre oración y reglas dietéticas juntamente. Estas reglas promueven la interacción humana, la interdependencia mutua, y la creación de riqueza. Además de prohibirnos a todos y a cada uno de nosotros el destruir cosas inútilmente, estas reglas nos adelantan los planes de Dios para la humanidad.
Conclusión: ¿teocentrismo o secularismo?
Quizá la pregunta más fundamental que moldea casi toda faceta del debate ambiental es cómo los humanos llegamos a este planeta. Es claro, hay sólo dos posibles respuestas: o un Dios benevolente y amoroso nos creó en su imagen y nos puso aquí; o alternativamente, somos resultado de un interminablemente largo proceso de evolución materialista - sin intervención de nadie- que convirtió aquel protoplasma primitivo en cada uno de nosotros. No es necesario decirlo, el enfoque que alega que Dios hizo uso de la evolución es sólo un intento de respuesta. Por supuesto Dios pudo usar la evolución, pero ese no es el punto. El punto es si nosotros fuimos puestos aquí por un Creador, o si llegamos por un azar y el sólo proceso materialista.
Si es lo primero, entonces los puntos de vista del Creador, y sus deseos, tal como están expresados en Su manual de instrucciones para la vida - la Torah- deben tomarse en cuenta cuando nos organizamos. Si lo segundo, no hay ningún Creador ni manual ni instrucciones, y somos libres - no, obligados- a seguir nuestros propios mejores instintos. Y lo crítico es que esto no puede ser establecido, para determinar oportunamente el mejor curso de acción. No tenemos recurso sino creer una cosa o la otra; porque es sólo cuestión de creencia, no de hecho. Si fuera cuestión de hecho, no quedara probablemente ningún creyente en Dios o en la evolución materialista, así como ya no queda ningún verdadero creyente en aquella teoría de la tierra plana, o en las antiguas tesis del calor como líquido expulsado. Porque los hechos tienden a resolverse; las creencias en cambio pueden seguirse debatiendo por siempre. Y la mayor parte de las decisiones realmente significativas que tomamos en la vida dependen aún de creencias, no de hechos. Cuando las personas se casan, lo hacen en la creencia de actuar sabiamente, y creyendo que así vivirán una vida feliz. Actúan en base a creencia, no en base a hecho real y fiable alguno.
De modo semejante, a la mayoría nos falta la capacidad para determinar, más allá de cualquier duda, los hechos sobre cómo llegamos los humanos al planeta. Más bien tendemos a reconocer intuitivamente las sutiles consecuencias sociales de unas creencias u otras, y adoptamos las que dan a nuestras almas la menor disonancia. Quienes estamos cómodos con las implicaciones de las divinas reglas y leyes, también lo estamos conque Dios nos haya puesto aquí. Quienes de nosotros están comprometidos a una vida sin reglas ni leyes externamente impuestas, se sienten más cómodos en la creencia que excluye un Creador. No sorprende que todas nuestras suposiciones sobre ambientalismo caigan este simple esquema.
Si no hay Dios, nadie está entonces a cargo de las generaciones futuras: para cuidar de amenazas cósmicas a la Tierra, o resolverles problemas enormes que posiblemente enfrenten en el futuro distante. Sería así no sólo sabio sino también noble y moral hacer del cuido generoso del mañana nuestra preocupación. Si no hay ningún Dios, entonces los humanos no somos mejores que cualquier animal, y practicamos una mala forma de “especiesismo” comiendo otros animales, usándolos, para divertirnos montando en ellos o como sea. Si no hay ningún Dios, entonces cualquier presunción humana de cambiar el rostro del planeta en modos con los que ningún animal soñaría, es sólo eso: presunción.
Pero por otra parte, si hay Dios, todo cambia. Si hay un Dios que nos ha creado, entonces cada quien de nosotros y toda persona humana tiene un valor infinito, y ninguno puede ser sacrificado por “la naturaleza” o alguna causa abstracta. Es la definición de Dios de moralidad, la que debemos seguir. Reconociendo que la vida es indescriptiblemente compleja, el judaísmo desdeña la dirección moral por aforismos. Un juez judío no es sólo alguien que ha demostrado ser compasivo, inteligente o popular. Es un árbitro de la moral de la comunidad, suficientemente familiarizado con la visión que tiene Dios de ese extenso orden de humana cooperación que llamamos sociedad. Este juez no sólo lo habrá logrado dominar los varios cientos de capítulos de los Cinco Libros de Moisés, sino también las miles de páginas del Talmud, y las miles de Respuestas que constituyen el conjunto establecido de precedentes legales en dos milenios de jurisprudencia judía. Rechazando con desprecio la falsa simplicidad, la ley judía no tiene un término para “naturaleza”. La palabra hebrea “teva” significa naturaleza, pero no puede encontrarse en la Torah, los Cinco Libros de Moisés. La omisión es particularmente notable en los iniciales capítulos del Génesis, donde Dios no crea “la naturaleza”, sino cada elemento separadamente. Dios hace los minerales, las plantas, y los animales, y con todas las subespecies y variaciones dentro de esta categoría. La enseñanza tradicional insiste que esta comprensión de la Creación se dirige precisamente a desalentar el culto a la naturaleza.
Y no es posible de ambas maneras. Debemos escoger entre dos creencias incompatibles. Una es la visión de la realidad teocéntrica - centrada en Dios -, a la que todos y cada judío por cierto se obliga a apegarse. La otra, el ambientalismo, en particular sus formas más radicales y virulentas, es secularismo fundamentalista. Quienes de nosotros nos consideramos personas de fe, y sin embargo permitimos al movimiento ambientalista fijar por su cuenta los términos del debate, lo hacemos a nuestro propio riesgo. La pregunta no es cómo nosotros debemos tratar y finalmente resolver los problemas sobre los que los activistas ecológicos nos advierten. La pregunta es qué debemos hacer ante cada vez más conciudadanos que adoptan una fe que inspira a sus creyentes a actuar de modos que sacrifican multitud de valores humanos a una causa ambientalista.
Es claro para empezar que necesitamos demostrar que vemos los perros en el cuarto oscuro. Necesitamos familiarizarnos con la ciencia espuria que produce todos esos espantosos “escenarios” elaborados a pedido. Pero en último análisis el niño se curará sólo cuando ya no vea perros imaginarios, y camine confiadamente con su propio perro. El problema real no son las amenazas al ambiente sino a nuestras almas. Y como en innumerables ejemplos de la historia, las creencias imprudentes pueden poner a personas bien intencionadas a hacer cosas espantosas.
