Introducción

Como católicos romanos procurando ser fieles a la totalidad de la verdad de Dios, proponemos las siguientes reflexiones, en la esperanza de que puedan arrojar algo de la muy necesaria luz sobre los problemas medioambientales que nuestro mundo afronta actualmente. No hablamos como representantes autorizados del Magisterio de la Iglesia, sólo lo hacemos por nosotros mismos, como miembros del Cuerpo Místico de Cristo, reflexionando sobre las cuestiones ambientales con ayuda de la enseñanza de la Iglesia. Esta enseñanza deriva su autenticidad de su origen, que es Cristo mismo; y se nos ha transmitido por las Escrituras, la sagrada tradición, y el oficio docente del Magisterio. Por la misma naturaleza de la “catolicidad” de la Iglesia, se quiere que esta enseñanza sea universal en su alcance, y como tal tiene mucho para contribuir a una ajustada comprensión de la mayordomía ambiental.

Y como representa una historia de dos mil años de reflexión razonada sobre la Revelación divina, sirve como punto de partida indispensable para establecer una comprensión más profunda del orden creado, de la naturaleza y valor ontológico de las criaturas de Dios, y en particular del valor de la humanidad y su posición en ese orden. Una comprensión auténticamente Católica del ambiente debe estar informada por un conocimiento de estas verdades, para que podamos responder apropiadamente a las cuestiones ambientales de un modo que respete el orden que Dios ha establecido. Al mismo tiempo, un enfoque genuinamente católico de la mayordomía sobre el ambiente debe traer siempre la autoridad moral de la enseñanza de la Iglesia, para aplicarla en todas las cuestiones de esta materia. Así, y junto al auténtico análisis científico y razonado, hasta las opciones más simples respecto al ambiente deben ser propiamente ordenadas a la verdad sobre el hombre, y sobre este mundo que constituye su hogar.

I. La bondad y el orden de la Creación de Dios

Si se estudia con detenimiento las visiones religiosas de muchas culturas antiguas fuera de la influencia de la Revelación, se advertirá cuán profundamente nuestra comprensión occidental de la Creación, de Dios y del hombre, ha sido moldeada por la tradición judeocristiana. Lo que las antiguas culturas nos aportan constituyen ejemplos de la insuficiencia de la razón humana tratando de penetrar los misterios más profundos de la vida. Aunque son variadas las visiones religiosas de las culturas antiguas, lo que vemos, comenzando principalmente con Abraham, es una ruptura radical con lo que llamamos ahora paganismo. De aquellas creencias comunes entre los pueblos antiguos, ciertos supuestos fundamentales parecen figurar de modo prominente en todos sus credos religiosos. Por razones de espacio, los listaremos seguidamente:

Politeísmo:

  • Afirmó la existencia de muchos dioses.
  • Negó que la vida humana tuviese valor intrínseco.
  • Consideró el tiempo como cíclico, opuesto a lineal.
  • Careció de una comprensión de las normas morales objetivas como emanadas de lo divino, y componente esencial del culto apropiado.

Panteísmo:

  • Mantuvo que toda la creación es divina.
  • Consideró el tiempo como cíclico, opuesto a lineal.
  • Negó que Dios es un Ser único, inmutable, perfecto, transcendente y necesario, totalmente anterior y superior al orden creado.

Gnosticismo:

  • Mantuvo que la creación se desarrolló de un conflicto sobrenatural entre el bien y el mal.
  • Sostuvo que la materia es mala, mientras que el espíritu es bueno.
  • Buscó escapar del mal transcendiendo tanto el tiempo como la materia.

Como católicos preocupados sobre el ambiente, creemos importante establecer la radical diferencia entre una cosmovisión informada por la Revelación y otra que no lo está. Una de las mayores preocupaciones de la Iglesia hoy en mayordomía ambiental es la sorprendente emergencia, entre algunos activistas ecológicos religiosos y seculares, de lo que podría llamarse “neo-paganismo”. Aunque la articulación de este nuevo paganismo puede ser mucho más matizada y refinada que en las culturas antiguas, muchos de los viejos errores filosóficos y teológicos fundamentales permanecen. La distinción entre Dios y su creación se ha desdibujado, y el puesto del hombre en el orden creado se ha oscurecido, aunque la creación es adornada con características exclusivas de las personas. Por consiguiente, mucho de la agenda medioambiental que está avanzando hoy, refleja una ética ambiental que contradice las doctrinas de la Iglesia sobre Dios y la Creación. Por tanto es nuestra intención establecer una moral sobre el ambiente que se apoye con firmeza en los fundamentos tanto de la sana razón como de la Revelación divina.

Al comienzo mismo del Credo, la Iglesia Católica profesa su creencia en un Dios que creó cielo y tierra. Este Creador, al contrario de las antiguas cosmologías paganas, se describe como bueno, de hecho como el Único totalmente perfecto. (Catecismo de la Iglesia Católica, 385.) Las páginas iniciales de la Escritura también enfatizan repetidamente que el Creador miró su Creación y “vio que era buena.” (Gen 1:4, 1:10, 1:12, 1:18, 1:21, y 1:25.) Y de toda su Creación buena, es la creación por Dios de la humanidad la que completa el orden creado de un modo tal que Él lo declara “muy bueno.” (Gen 1:31.) El Catecismo de la Iglesia Católica (343) refuerza este hecho: “El hombre es la cumbre de la obra de la Creación. El relato inspirado lo expresa distinguiendo netamente la creación de hombre y la de las otras criaturas.” Los seres humanos se describen como parte de esa Creación, como especialmente creados en la imagen y semejanza de Dios, y como dotados de los muy especiales poderes de razón y voluntad.

El orden inscrito en el propio tejido de la Creación nos revela que no sólo es bueno todo lo que Dios creó, sino también que ella misma refleja Su grandeza. En la antigua tradición, los Padres de la Iglesia hablaron a menudo de naturaleza y Escritura como de dos libros divinos. El primero de ellos nos muestra algunos de los atributos de Dios, a través de rastros e imágenes del Creador, impresas en cosas materiales. Entre tales atributos se cuentan la transcendencia, la soberanía, y el maravilloso poder creativo evidenciado en el vasto cosmos, y en la tierra fecunda con su asombrosa variedad de criaturas. Incluso antes de la Revelación o fuera de su influencia, por la maravilla del mundo algunos pueblos fueron movidos a intuiciones sobre su origen, y sobre cómo todo llegó a ser. La pura variedad de cosas les llevó especular sobre la plenitud de su fuente. El orden y la inteligibilidad que por todas partes encontraban, les pareció un rastro de alguna razón divina o principio de unidad operante en todas las criaturas. La belleza del mundo y su majestad les hablaron de la obra de algún Espíritu perfecto. Estrellas, mares, montañas, animales y plantas visiblemente apuntaban más allá, hacia alguna realidad invisible y oculta a los ojos mortales. (Aristóteles, Metafísica, Libro I, Parte 2.)

La Revelación bíblica profundizó estas intuiciones, ubicándolas sobre base más firme, y alentó a los creyentes a observar más de cerca el mundo que Dios ha hecho. La Literatura de la Sabiduría y los Profetas testifican una profunda experiencia del poder creativo de Dios, y de su dirección sobre el mundo, y un sentido de la imponente responsabilidad de la criatura humana. O, como el Salmista elocuentemente describe:

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que tú has establecido,
digo: ¿Qué es el hombre para que de él te acuerdes,
y el hijo del hombre para que lo cuides?
¡Sin embargo, lo has echo un poco menor que los ángeles,
y lo coronas de gloria y majestad!
Tú le haces señorear sobre las obras de tus manos;
todo lo has puesto bajo sus pies:
ovejas y bueyes, todos ellos,
y también las bestias del campo,
las aves de los cielos y los peces del mar,
cuanto atraviesa las sendas de los mares.
(Sal 8:3-8 LBLA)

Esta visión combina las dos dimensiones básicas como la Escritura ve a la Creación: la gloria y majestad que podemos contemplar en lo que Dios ha hecho, y nuestra dignidad sorprendente como mayordomos activos del mundo, pese a ser meras criaturas. Esta comprensión ha tenido mucho eco a lo largo de la historia cristiana. San Francisco de Asís expresó mejor las implicaciones concretas de esta visión, animando a sus seguidores a contemplar la Creación, y a alabar Dios “en toda criatura y desde todas las criaturas.” (San Buenaventura, Legenda Major, IV. 3.) No casualmente los franciscanos, que amaron la Creación y se regocijaron en ella más que otras órdenes religiosas, formaron gente como Roger Bacon. Bacon prestó cuidadosa atención a la naturaleza, y en consecuencia, luego de la era medieval figuró de modo prominente en el desarrollo de la temprana ciencia experimental. (cf. Frederick Copleston, S.J. A History of Philosophy, vol. 2, part I, New York: Image, 1963, 164.) De este modo, haciendo eco a una tradición muy antigua, el Concilio Vaticano II declaró que las Escrituras nos capacitan para “reconocer la naturaleza íntima, el valor y ordenación de toda la Creación a la alabanza de Dios.” (Lumen Gentium, 36.2.)

II. Antropología cristiana

Como cumbre de la Creación de Dios, el hombre refleja la imagen divina del modo más excelente. Esencial a esta imagen es nuestra capacidad de razón, que nos permite tener conocimiento de Dios, del mundo, y de nosotros mismos. También hemos sido dotados con las capacidades de imaginación y libertad, que nos permiten reflejar nuestras experiencias, y escoger un curso de acción; así nos volvemos cooperadores en el opus de la Creación. De este modo podría decirse que somos co-creadores con Dios, y en consecuencia privilegiados en nuestra capacidad de tomar aquello que Él ha creado, y hacer cosas nuevas que por sí sola la Creación no podría. Este privilegio nos concede una dignidad que supera a la de otras criaturas, precisamente porque podemos participar espiritualmente en la creatividad de Dios, de un modo que con mucho excede las capacidades meramente físicas de otras criaturas. Además, como por su naturaleza la acción humana es libre y auto determinable, estas acciones tienen valor moral.

Se sigue así que con tales capacidades, y en virtud de nuestra dignidad, Dios nos puso a los seres humanos en el gobierno de su Creación: “Domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las fieras del campo y los reptiles de la tierra.” (Gen 1:26.) Este dominio se especificó como mandato al hombre de “cultivo y guarda” del Jardín, y se manifestó primeramente dando nombre a los animales. (Gen 2:15-20.) Dar nombre a algo es conocer su naturaleza, allí vemos la primera manifestación de la racionalidad humana. Es más, por el mandato del Señor de cultivar y guardar el Jardín, podemos asumir que a ese hombre le fue ordenado emplear su racionalidad en el gobierno de la Creación con el fin de obtener fruto de la tierra. Como se evidencia por la original “desnudez” humana, podemos concluir que el dominio del hombre sobre la Creación estaba dirigido a proporcionarnos los medios para sostener y reforzar nuestra existencia. Esto nos pone en fuerte contraste con animales y plantas, a las cuales la ley eterna de Dios les ha provisto atributos físicos que sostienen su existencia. Todos esto ocurrió antes de la Caída, y constituye la visión original Católica del puesto del hombre dentro del orden creado.

Junto a éstos divina y humanamente reconocidos bienes, la Revelación también advierte sobre profundos males, por supuesto. La historia de la Caída en el Libro de Génesis explica por qué el mal entró en los corazones humanos y sociedades. Descontentos con su puesto propio en el orden creado de Dios, los seres humanos comenzaron a buscar bienes y a perseguir fines de modos que Dios nunca había querido para ellos. El pecado original afectó a todas y cada dimensión de la vida humana. Como lo explica el Catecismo de la Iglesia Católica:

“…el hombre, tentado por el diablo, permitió que su confianza en el Creador muriera en su corazón y, abusando de su libertad, desobedeció las órdenes de Dios…En ese pecado, el hombre se prefirió a sí mismo antes que a Dios y por esa misma acción, le despreció. El se escogió a sí mismo sobre y en contra de Dios, en contra de los requerimientos de su posición como criatura y por lo tanto, en contra de su propio bien. Creado en un estado de santidad, el hombre estaba destinado a ser totalmente “divinizado” por Dios en gloria. Seducido por el diablo, el quería ser “como Dios”, pero “sin Dios, antes que Dios, y no de acuerdo a Dios.”

Uno de sus resultados es que “la Creación visible se hizo para el hombre extraña y hostil.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 400.) Así como hubo desde Caín y Abel relaciones injustas e inmorales entre las personas, también hubo acciones contra la Creación. Sin embargo, el mal no es la fuerza dominante en la historia de la Salvación. El propio Dios entró en nuestro mundo para redimirnos, a través de la Encarnación de Jesucristo. Asumiendo naturaleza humana, y restaurando su relación original con Dios, comienza un proceso de recapitulación para nosotros, y para el cosmos entero, que “…la creación entera a una gime y sufre dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22 LBLA). Esto se ha cumplido para que podamos esperar que por la posterior acción de Cristo, “… la creación misma será también liberada de la esclavitud de la corrupción a la libertad de la gloria de los hijos de Dios.” (Romanos 8: 21 LBLA)

Debemos estar claros por tanto sobre el dominio, lo que significa y lo que no. Todas las cosas se han subordinado a los seres humanos, pero deberíamos gobernarlas como el propio Dios lo hace. O sea, que este dominio no nos concede el derecho a “señorear” sobre la Creación de manera incongruente con el modo de gobernar de Dios mismo. Desde el primer momento de la Creación, Dios ha provisto a las necesidades de sus criaturas, e igualmente ha ordenado toda la Creación a su perfección. Por tanto, el dominio del hombre debe servir al bien de los seres humanos, y de toda la Creación. De modo que ese dominio requiere mayordomía responsable, que debe mirar por el bien común de la humanidad, pero también respetando el fin para el que cada criatura fue querida, y los medios necesarios para lograrlo. Si el hombre ejerce su dominio de modo que termine destruyendo el potencial creativo de naturaleza, o negando a la familia humana los frutos de la Creación, dicha acción es una ofensa contra el plan original de Dios para la Creación.

Pensando nuestra relación con el ambiente, debemos distinguir cuidadosamente entre la acción humana desordenada, que daña a la Creación - y por extensión a la vida humana y a la propiedad -, y la acción responsable, la que el Creador quiere, para el bien de la familia humana y la Creación. Según una Declaración Pastoral de la Conferencia Católica de los EE.UU.: “Como mayordomos fieles, la plenitud de la vida procede de vivir responsablemente dentro de la Creación de Dios.” (Renewing the Earth, III, A.) En ninguna parte la Revelación sugiere (como lo hacen algunos activistas ecológicos seculares y religiosos contemporáneos) que es esa Creación intacta - y sin intervención humana alguna- el orden final querido por Dios. Al contrario, con toda la gloria y tragedia de las que somos capaces, somos los actores centrales en el drama de Dios. De hecho, en la historia de la Salvación nunca se atribuyen a la persona humana y al mundo natural igual dignidad. En el Sermón del Monte, nuestro Señor mismo, cuando aconseja a sus discípulos no estar angustiados y confiar en la providencia de Dios, y les asegura que Dios cuida hasta de los pájaros del cielo, les agrega: “¿No son Uds. de más valor que ellos?” (Mt. 6:26; cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 342.) Las Escrituras claramente presentan una jerarquía ordenada de ser: Dios gobierna sobre todos, y los seres humanos servimos como sus mayordomos, ejerciendo un dominio instrumental sobre todo, mientras somos también responsables delante de Él por nuestra elevada posición como gobernantes de la tierra.

Así gobernamos, y nos justificamos subordinando y usando la naturaleza para fines humanos, en tanto y en cuanto ese gobierno esté en acuerdo con la verdad sobre la Creación de Dios. Como explica la Conferencia Católica de los EE.UU., los humanos tenemos “especial responsabilidad ante Dios: conservar el mundo creado, y hasta mejorarlo, por nuestra labor creativa.” (Renewing the Earth, II, A.) El buen mayordomo no deja que los recursos que le fueron confiados permanezcan ociosos, o sin producir fruto apropiado. Ni los destruye irreparablemente. Más bien los usa, los desarrolla, y - con sus mejores habilidades- se esfuerza por actualizar su potencial, para poder disfrutar su sustento, y proveer para el bien de su familia y sus descendientes.

Algunos argumentan que la naturaleza estaría mejor si el hombre se refrenase de ejercer dominio sobre ella, pero más importante es, ¿estaría mejor el hombre? Cuando él no ejerza dominio sobre la naturaleza, lo hará ella sobre él, y causará tremendo sufrimiento a la familia humana. Si fuésemos a escoger abstenernos de ejercitar nuestro dominio sobre la Creación, en sí misma la naturaleza no necesariamente produciría los mejores resultados para el bienestar humano. Los ríos se inundan, y hay sequías, los terremotos lastiman, rugen los volcanes, se prenden los incendios, y las enfermedades debilitan, causando daño a los humanos y también a otras criaturas de la tierra. ¿Por qué Dios en su providencia permite estos sucesos? Es un misterio, conectado con el hecho del pecado original. Ahora bien, sus consecuencias destructivas no son tan misteriosas. Por consiguiente, como seres racionales nuestra responsabilidad primordial es proteger la vida humana; ese deber nos es impuesto por el reconocimiento de la dignidad de la persona, creada en la imagen de Dios. Nuestra responsabilidad para cuidar de la tierra se sigue sólo secundariamente de esta dignidad, y por ello la presupone. De todas las criaturas terrenales de Dios, nosotros únicamente tenemos el poder, la inteligencia y la responsabilidad para ayudar al orden en el mundo, en acuerdo con la providencia divina, y así minimizar los efectos del mal natural.

III. El Señor de la historia

En parte, la prominencia del hombre en la Creación deriva de otra dimensión de la realidad, que nos es revelada por Dios: el tiempo no existe como lo que podría parecer, un círculo de vida permanente y sin fin. El tiempo no es estático o circular. Nos movemos a través de una historia que tuvo un principio, y tendrá un final. De hecho, como la Escritura indica, el universo entero progresa a lo largo de un trayecto lineal, que nos lleva cada vez más cerca de algún término, cuando el último capítulo de la historia será cerrado. Esto podría sugerirnos que la Creación se desarrolla hacia un estado final de perfección. No quiere decir que la Creación de Dios fuese al principio imperfecta, sino que no se termina, y que logrará su perfección última en tanto progrese a través de fases de desarrollo, hasta alcanzar el fin para el cual se quiso.

Incluso la ciencia reciente ha sugerido que la Creación comenzó con una “Gran Explosión”, que el universo lleva quizás 15 mil millones años en su desarrollo, y tal vez después de otros millares pueda simplemente disiparse. Hay fuerte evidencia hasta en términos seculares para creer que naturaleza y civilización humana fueron pensadas para desarrollarse en el tiempo. Geología y biología han descubierto que el planeta mismo en el que existimos es producto de largos procesos de desarrollo. Casi todos los elementos en la tierra se hicieron en estrellas de antiguas generaciones, que se quemaron, explotaron, y distribuyeron sus materiales en el universo. La gran diversidad de especies vegetales y animales en nuestra biosfera refleja el lento surgimiento de organismos cada vez más complejos y variados. En el reino humano, el crecimiento de la civilización, con sus pacientes avances en ciencia, tecnología, instituciones sociales y religión, refleja, aunque a ritmo más veloz, lo que parece ser una de las leyes centrales de la Creación: que la creciente complejidad - o mayores grados de perfección- toma su tiempo. Lo que debería notarse sin embargo es lo breve que ha sido el desarrollo de la civilización humana, comparada al resto de la Creación.

Dios ha revelado que este carácter histórico de la Creación tiene para el hombre importancia religiosa. La Escritura nos dice que Dios creó por Su Palabra primeramente el tiempo y el espacio, y después procedió a hacer criaturas para gobernar sobre estos reinos; y puso al hombre en la cima, como gobernante sobre el orden entero. (Gen 1:3-26.) Así Dios fue principio y primera causa de la Creación, y principio de autoridad, de Quien recibe el hombre su vocación a ejercer dominio terrenal. La Escritura también indica que estamos pasando a través del tiempo, desde nuestro origen, hasta algún extremo final para el cual fuimos creados: una consumación final en Cristo. (Apocalipsis 21: 5-6.) La historia humana, de una manera sublime, se está desplegando y desarrollando hacia una perfección última en Dios mismo. También sabemos por San Pablo que Cristo vino “en la plenitud de los tiempos” para redimirnos (Gálatas 4:4); y que vendrá de nuevo al final de la historia para juzgar a vivos y muertos. (2 Pe 3:1-10.) En Cristo habita la plenitud de Dios, y en Él todas las cosas hallan su cumplimiento. (Col 1:15-20.) Por consiguiente, el tiempo lineal y el desarrollo que implica son componentes innegables del plan de Dios para nosotros, que imponen un imperativo moral a la existencia temporal del hombre, y así le infunden a la vida humana un propósito más noble. El hecho de que al hombre se le diese dominio sobre la tierra, sugiere que este estado final de perfección - para hombre y Creación- se ha de lograr en parte por el libre empleo de la inteligencia y el trabajo creativos del hombre en el orden creado. En otras palabras: Dios ha ordenado que participemos libre e inteligentemente en avanzar el desarrollo de su Creación. Y Dios nos ha revelado que este tiempo tiene un principio y un final, por eso debemos reconocer la verdad de que el dominio humano sobre la Creación tiene significado espiritual e importancia religiosa.

En contraste, muchas culturas fuera de la influencia de la divina Revelación creyeron que el tiempo es cíclico. Tal visión se siguió naturalmente de la simple observación de los ciclos de vida de la naturaleza. Así, los pueblos antiguos vieron a menudo la Creación como una realidad eterna, perpetuándose a sí misma, autosuficiente y autónoma. En resumen: la Creación era su propia perfección, y sólo el hombre de algún modo existía fuera de esa perfección, anhelando abrazarla. Se puede ver una llama de verdad en esa visión, ya que aparentemente así es: la regularidad de las estaciones y la recurrencia de ciertos patrones de vida son los rasgos más prominentes de la existencia.

La Revelación de Dios ha elevado y perfeccionado esta visión, situando los ciclos de la naturaleza dentro de su contexto religioso apropiado a la vocación de hombre. Así, los maravillosamente rítmicos ciclos de creación - además de proveer para las criaturas de Dios- se entienden y respetan mejor con referencia a la relación de hombre con Dios, y al fin para el cual el hombre fue creado. Los ciclos de la naturaleza y la regularidad con la que se presentan, revelan un principio de inteligencia que empuja la atención de hombre hacia su fuente. La lógica de creación, discernible por la humana racionalidad, nos ayuda a trascender lo meramente material, y nos guía en nuestro tránsito hacia el último significado. Las cadencias de ir y venir, de vida y muerte en la naturaleza, constituyen un sacramento del Dios viviente, que apuntan hacia una perfección absoluta que las soporta, y subyace bajo todas las cosas. De no ser por el esplendor de la Creación, el hombre no tendría nada que contemplar para dirigir su mirada hacia Dios, ni modo de discernir el significado de su existencia.

Por consiguiente no entenderemos totalmente la Revelación de Dios, la naturaleza humana o la integridad de la Creación, si nos limitamos a una visión cíclica del tiempo y la naturaleza. Así como el mundo maravilloso en que vivimos llegó con el tiempo a su actual estado de desarrollo, también debe nuestro conocimiento religioso y secular desarrollarse, hacia una comprensión más plena del plan de Dios para nosotros. Noé, Abraham, Moisés y Jesús representan fases cruciales en esta historia de Salvación que se despliega en el tiempo. Así, la sagrada tradición nos revela que ese Dios no es sólo Señor de la Creación, sino de la historia también.

Muchas personas preocupadas por nuestro impacto en el medio ambiente, creen que el pensamiento y la acción lineales violan la intención del Creador de un orden natural permanente y estable. Sin embargo, éste es un punto donde la Revelación y los logros de hombre - particularmente en el campo de la ciencia genuina- corregirán esta errónea percepción. La naturaleza y la sociedad humana son sistemas dinámicos, que dependen tanto del cambio como de la continuidad para su existencia. En cualquier lectura fiel del libro de la naturaleza o de la Escritura, vemos que pese a nuestras preocupaciones sobre los posibles efectos a corto plazo del desarrollo en el ambiente, debemos levantar continuamente la vista a las perspectivas más anchas de la providencia de Dios, y de sus intenciones para la humanidad. La mayordomía ambiental consiste en descubrir cómo entender apropiadamente las relaciones entre procesos cíclicos y desarrollos lineales, presentes tanto en la naturaleza como en la civilización humana, donde coexisten armoniosamente, y nos dirigen hacia el último bien que es el propio Dios.

Basar nuestra existencia sólo en ciclos sería una enorme limitación en la civilización humana. El gran teólogo cristiano San Agustín estaba familiarizado con las visiones cíclicas de la antigüedad, y vio en la perspectiva cristiana una gran liberación para la raza humana. Declara: “Guardemos el camino recto que es Cristo, y con Él como nuestro Guía y Salvador, rechacemos en corazón y mente esos ciclos irreales y fútiles de los incrédulos.” (La Ciudad de Dios, XII, 20.) En otra parte Agustín habla de Dios como creando, ordenando, guiando y arreglando todas las cosas maravillosamente, “como la gran melodía de algún inefable compositor.” (Epístolas, 138.1.) Como reflejo, la persona humana - creada a imagen y semejanza de Dios- compone, escribe, pinta, baila, cultiva alimentos, hace herramientas, fabrica, y produce muchas cosas nuevas a partir de la inteligibilidad inscrita en el mismo orden de la Creación. Pero no puede crear ex nihilo como Dios lo hace, y es precisamente por ello que los ciclos y lógica de la naturaleza le ayudan al hombre a ejercitar sus propias inclinaciones creativas. En otras palabras: dependemos de las dimensiones cíclicas de la naturaleza para desarrollamos en nuestra propia existencia terrenal, pero tenemos dentro el mismo empuje creativo que puso en movimiento toda la historia del universo. En efecto, nuestra creatividad puede llevar la naturaleza a un grado más alto de perfección. Somos fieles al potencial que Dios ha colocado dentro nuestro cuando afirmamos lo que hay intrínsecamente bueno en la naturaleza, desarrollando nuevos bienes, antes no actualizados.

Es interesante que la Iglesia reconoce esta verdad en su liturgia. El despliegue mismo del calendario litúrgico y su celebración reflejan los tiempos y estaciones de la tierra, consagran los productos del ingenio humano, y los llenan con significado espiritual. Cada sacramento de la Iglesia afirma que Dios está bendiciendo el dominio humano sobre la naturaleza, por el mero hecho de que Dios escogió comunicarnos su Gracia a través de los frutos no sólo de la naturaleza, sino también de los desarrollados por la inteligencia humana. Así, incluso en nuestro culto afirmamos tanto el valor de la Creación como de la creatividad del hombre, que gradualmente la lleva a toda ella más cerca a su perfección final.

IV. Trabajo y progreso humanos

No es sorprendente que el imperativo del trabajo para satisfacer necesidades humanas y restaurar nuestro caído mundo - implícito en el proceso de desarrollo- aparece a través de toda la Escritura. Se dio a Adán y Eva la mayordomía sobre el Jardín. Cían practicó la agricultura y Abel cuidó rebaños, como muchos de los patriarcas hebreos; y David, ungido del Señor, fue pastor antes que rey de Israel. En el Nuevo Testamento, nuestro Señor mismo aprendió carpintería en el taller de José; significa que hasta la Santa Familia tuvo que sostenerse humildemente, transformando la madera en productos útiles. Varios apóstoles se ganaron la vida como pescadores, y San Pablo hacía tiendas a fin de no ser una carga para otros. Incluso el más santo de los sacramentos católicos, la Eucaristía, no hace uso de trigo y uvas, sino del pan y el vino, “que la tierra ha dado y las manos humanas han hecho”, reflejando así la cooperación entre la gracia de Dios y nuestra labor en la obra de la salvación.

En consecuencia con esta tradición, la Iglesia concede gran valor al trabajo humano, como quizás ninguna otra religión en la historia. Aún siendo pasajero, este mundo material no es una ilusión para los cristianos, como en otras religiones. Trabajo y descubrimiento son esenciales al plan de Dios para la realización humana. La obra misma de la historia de la Salvación se despliega aquí, en tiempo, espacio, y en la carne. Igualmente, el mundo para el cristiano no es - como la ciencia moderna sugiere- un mero depósito de materias primas y energía, para ser aprovechado con cualquier propósito que se nos ocurra. En su mayor magnitud, el valor de nuestro trabajo se realiza en descubrir maneras en que la naturaleza puede ser responsable y eficazmente puesta al servicio de la familia humana. Es la definición más auténtica de progreso humano.

La afirmación del progreso humano por la Cristiandad se demuestra a lo largo de la historia. Por ejemplo, el impulso occidental hacia las mejoras materiales, y el posterior desarrollo de la ciencia, en parte se originan en la atención amorosa puesta al mundo de Dios, y al valor dado a la labor manual, en la tradición monacal benedictina. (cf. Alan Macfarlane, The Culture of Capitalism, Oxford: Bail Blackwell, 1987.) Algunos de los mayores primeros científicos modernos, como Galileo y Newton, fueron cristianos, y pensaron su trabajo como fiel descubrimiento de la naturaleza del mundo que en realidad hizo Dios. Y estas observaciones del mundo físico, en parte fueron posibles por la filosofía escolástica medieval y su metafísica aristotélica: sin la obra de gente como Santo Tomás, la revolución científica del siglo XV pudo haber ocurrido mucho más tarde o nunca. Muchos valiosos desarrollos surgieron de la atención cuidadosa y del deseo de mejorar la condición humana desarrollados en la tradición monacal; después se fueron extendiendo a las universidades por toda Europa, al tiempo que los seres humanos empezaban a entender y a expresar más plenamente su propio papel en la Creación, dado por Dios. En nuestros tiempos, el Papa Juan Pablo II ha declarado que\...

“la tierra, por su productividad y su capacidad de satisfacer necesidades humanas, es el primer don de Dios para sustento de la vida humana. Pero la tierra no rinde sus frutos sin una respuesta humana particular al regalo de Dios, es decir, sin trabajar. Es mediante el trabajo que el hombre, usando su inteligencia y ejerciendo su libertad, tiene éxito en dominar la tierra, y hacer de ella un hogar adecuado”. (Centesimus Annus, 31.)

Sin embargo, una genuina preocupación ha surgido hace poco: nuestras capacidades dadas por Dios, ¿pueden de hecho estar poniendo en peligro la Creación? Aunque el hombre es la cima de la Creación, nuestras habilidades de cultivo nos han hecho agudamente conscientes de la dignidad, vulnerabilidad e interdependencia global de todas las criaturas. (Catecismo de la Iglesia Católica, 339-340). Como el Papa Pablo VI observase: “El cristiano debe volverse a estas nuevas percepciones, a fin de asumir responsabilidad, junto al resto de los hombres, por un destino que desde ya es compartido por todos.” (Octogésima Adveniens, 21). Esta nueva situación, y sus nuevas percepciones, llaman a un nuevo esfuerzo ético, a una ampliación de la visión moral Católica. El acercamiento católico primario a la vida moral se enfoca en el desarrollo y cultivo de las virtudes. Y es claro que la acción humana hacia el ambiente debe ser guiada por algo más que cálculos utilitarios y deseos humanos, especialmente desde que estos han sido distorsionados por la Caída. Cómo aplicar un conocimiento de la virtud a las preguntas ambientales es asunto complejo, y sólo recientemente tratado. No podemos aquí ofrecer un desarrollo completo, aunque sí son posibles unas breves sugerencias.

En el centro de la vida moral la Iglesia identifica cuatro virtudes cardinales: prudencia, templanza, fortaleza y justicia. Brevemente, estas virtudes son centrales en la fijación de una norma de conducta para la acción humana, y - conforme a nuestro tema- para las acciones que afectan adversamente al ambiente:

Prudencia

Como la madre de todas las virtudes, demanda ser profundamente reflejada en los muy complejos tópicos particulares involucrados en mayordomía ambiental, junto con las normas morales articuladas en las enseñanzas de la Iglesia. La más diligente aplicación de la prudencia no resolverá todos nuestros dilemas, pero reconociendo prudentemente los límites de nuestros conocimientos y juicios humanos, nos evitaremos el perseguir utopías imposibles, y así procederemos cautamente hacia las mejores soluciones posibles para el bien de la familia humana y la naturaleza. La prudencia requiere humildad ante lo complejo.

Templanza

La virtud que refrena y dirige nuestros apetitos desordenados tiene aplicaciones obvias para la mayordomía ambiental. Sugiere que simplicidad de vida, auto disciplina y auto sacrificio, como el Papa Juan Pablo II nos ha recordado, “deben informar la vida cotidiana.” (Crisis Ecológica, 13.) La templanza es la virtud requerida para una ordenación apropiada del consumo.

Fortaleza

Antiguamente mucho coraje fue requerido para enfrentar los desafíos que el mundo material planteó a nuestra existencia. Mucho descubrimiento beneficioso a la familia humana exigió a los individuos valentía en la investigación de poderes y potenciales de la naturaleza. Esta tradición sigue vigente aún, pero con poca consideración por las normas morales. Sin embargo la fortaleza, que fue a menudo de enorme valor, hoy nos requiere evitar el seguir tecnologías que violan la ley natural, o que podrían resultar en destrucción masiva de la naturaleza y la familia humana.

Justicia

Todas las personas son impactadas por preocupaciones ecológicas, y la justicia requiere que a cada criatura le sea dado lo suyo conforme a su dignidad. Por consiguiente, donde se requieran sacrificios a cambio de beneficios, la prioridad debe darse siempre a las necesidades humanas. Las sociedades ricas son más capaces de absorber los costos ambientales, por consiguiente deberían hacerlo; y también asistir a las naciones más pobres en su proceso de desarrollo económico, para ayudarles a asegurar su propia dignidad y voluntad. A la larga esos esfuerzos beneficiarán tanto al hombre como a la naturaleza.

Algunos de estos puntos se tratarán más adelante en este ensayo. No obstante, es claro que para la tradición Católica, la virtud es fundamento indispensable para entender cómo los seres humanos son llamados por Dios a jugar su papel propio, restaurando y desarrollando la Creación de Dios, en conformidad a su plan original.

V. Poder del hombre y medios de la naturaleza: algunas consideraciones prudenciales

El continuo proceso de descubrir potenciales en la naturaleza, y escoger cuáles partes de ellos actualizar, lleva a muchos complejos juicios prudenciales. Las siguientes no constituyen las únicas conclusiones prudenciales de los principios católicos, pero nos parecen la mejor reflexión desde la teología y la ciencia sanas.

Durante la mayor parte de la historia, la interacción humana con el ambiente tuvo pocos efectos duraderos. La naturaleza era inmensamente poderosa, comparada con las limitadas capacidades del mortal. Sólo el inmenso crecimiento en poderes humanos de los últimos siglos, hizo de la actividad del hombre una amenaza potencial a la integridad de Creación. Antes de esa expansión, las gentes en todas partes del mundo pescaron en exceso, e igualmente cazaron, cosecharon, contaminaron hasta el hartazgo, y a veces en el proceso dañaron a las personas mismas y a las criaturas que les acompañaron. Sin embargo, la debilidad relativa del ser humano ante el inmenso poder y fecundidad de la naturaleza, hizo a esos daños locales y transitorios. La naturaleza misma producía rupturas mucho más grandes. Durante la última Edad Glacial por ejemplo, que terminó sólo hace 14 mil años, gran parte de la mitad septentrional del globo se cubrió con una capa de hielo de miles de pies de espesor. Los bosques desaparecieron, y pocas plantas y animales sobrevivieron. Pero son tales los poderes reproductores de la vida en este planeta, que en tiempo relativamente breve reaparecieron esos espléndidos bosques que ahora disfrutamos en el Hemisferio. La Creación en sí misma tiene un amplio rango de estados, así como enormes poderes regenerativos cuando se le permite usarlos.

Algunos cambios llevan al mundo a una mayor complejidad y proliferación de formas de vida; otros desaparecen especies, y a veces hasta ecosistemas enteros, y sin la menor intervención humana. Lo que a menudo se llama “equilibrio de la naturaleza” es por ende dinámico. La naturaleza cambia todo el tiempo. Por ejemplo, en el pasado el clima sufría fluctuaciones más rápidas y mayores, naturalmente, que los cambios humanamente provocados, incluso en sus peores escenarios. Los cursos de los ríos, y los emplazamientos de bosques y desiertos, cambiaban sin cesar. Estas fuerzas, destructivas sólo para crear nuevamente, parecen ser parte de la manera como el Creador quiso producir las intrincadas y variadas formas de vida que vemos hoy a nuestro alrededor. Si pensamos en el equilibrio de la naturaleza como estático, tendremos una impresión falsa del mundo que Dios nos ha dado, y trabajaremos en contra de los dinamismos de la naturaleza y de la naturaleza humana, aún buscando ayudar a ambos a florecer.

También se describe a veces a la naturaleza como un sistema autorregulado. De nuevo, esto es verdad sólo en parte, y debe entenderse apropiadamente, porque las maneras de autorregularse de la naturaleza plantean difíciles cuestiones a la mayordomía responsable. La naturaleza logra su equilibrio cuando una parte toma ventaja de oportunidades que se hallan en otra. Los peces grandes se comen a los pequeños; y por ello las especies más débiles se reproducen en mayor número, a fin de compensar las pérdidas infligidas por sus depredadores. Es obvio que nada de esto constituye modelo ideal para seguir los individuos humanos y sus sociedades: nosotros tenemos preocupaciones no manifiestas por ninguna otra criatura terrenal. Por ejemplo, pocos desearíamos borrar la belleza natural y variedad de plantas y vida animal a nuestro alrededor aunque no causen daño físico a nuestra especie; porque un ambiente saludable y hermoso es uno de los bienes que el hombre valoriza, y por consiguiente busca promover. Sin embargo, el virus HIV, causante del SIDA, se comporta de manera contraria: no le importa exterminar toda especie animal, incluso aquellas que potencialmente puedan albergarlo; la única cosa que parece saber es cómo reproducirse hasta el límite de los nichos biológicos de que dispone. Y otras especies aparentemente se comportan en esencia de la misma manera.

Pese a nuestro afecto natural por las criaturas que nos acompañan en este planeta, necesitamos verlos como son, en sí mismos, y en términos de lo que significan para la vida humana. Los elefantes y los tigres, por ejemplo, son criaturas maravillosas, que deben conservarse porque nos dicen algo irreemplazable sobre “la sabiduría y bondad infinitas de Dios.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 339.) Pero elefantes y tigres salvajes también han sido funestos para la existencia humana, como asimismo virus, mosquitos, lobos, osos, tiburones y muchísimas otras criaturas. Reconocerlo no es autorizar cualquiera y toda acción humana sobre la naturaleza: el dominio del hombre sobre ella “no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de vida del prójimo, incluyendo generaciones venideras.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2415.) Pero las personas que viven en contacto más estrecho con la naturaleza tienen un sentido muy diferente de la combinación de amenaza y gloria relativas, que quienes observan hermosas selvas húmedas o animales salvajes sólo a distancia segura, por TV o en películas, o regresando enseguida a las ventajas de la civilización. La naturaleza contiene muchos peligros para la raza humana, así como muchas bellezas y provechos. Algunos activistas ecológicos religiosos y seculares transmiten la impresión de que fuese mejor para la naturaleza y los hombres regresarnos a algún estadio anterior, por cierto previo a la industrialización, quizá casi a las condiciones prehistóricas, antes de la agricultura. Estos objetivos son necios y peligrosos. La Creación se vuelve benigna para el hombre - y actualiza las potencialidades incluidas por el Creador- en tanto y en cuanto la humana criatura toma dominio sobre ella, por el desarrollo de sus poderes creativos. Dejada a sí misma, en lo que puede lograr por sus solos procesos la naturaleza es limitada: no soltaría el potencial que Dios quiso para ella, a no ser por los instrumentos de la creatividad y el trabajo humanos. De otro modo, la naturaleza salvaje continuaría infligiendo mucho sufrimiento a la familia humana.

VI. Un mejor sentido de perspectiva

La moderna preocupación sobre el ambiente, y el desarrollo mismo de la ecología como ciencia, se iniciaron a mediados del siglo XIX, cuando el poder humano sobre la Creación empezó a expandirse rápidamente, ya que como era de esperar, cosas buenas y malas se entremezclaron estrechamente en este proceso. De un lado, la industrialización y la agricultura moderna han permitido a más personas que antes el vivir, y vivir una vida más plenamente humana. Por ejemplo, luego de un difícil periodo de transición, los obreros manuales en las economías avanzadas lograron una seguridad y sentido de dignidad nunca antes vistos en otra sociedad. Y adelantos tecnológicos hicieron del hambre - azote regular de la humanidad en todo el globo antes de los tiempos modernos- algo del pasado, excepto donde la tiranía política o las revueltas impiden un desarrollo inteligente. Y adelantos médicos casi han eliminado dolencias como viruela, tuberculosis y malaria; y enfermedades antes amenazadoras para la vida como sarampión, paperas y otras, son ahora molestias relativamente menores. Todos estos progresos fueron logrados por la lenta y paciente acumulación de conocimientos humanos, y por la creación de instituciones libres que permitieron compartir los frutos de esos conocimientos a gran número de personas.

Pero por otro lado, la industrialización también tuvo sus efectos negativos. La primera industrialización contaminó ciudades, desarticuló comunidades agrícolas, y desafió a las naciones modernas a encontrar medios de integrar crecientes masas urbanas. Sin embargo, fueron en gran parte problemas de transición. Precisamente esa industrialización, junto a nuevas formas de agricultura y otros progresos, hacen hoy cada vez más posible a los humanos vivir bien, y en relación apropiada con la tierra. Hasta en casos difíciles como el aumento en los “gases de invernadero”, no deberíamos tomar posición demasiado estrecha, descuidando una perspectiva más amplia de las ventajas del desarrollo. Por ejemplo, los combustibles fósiles, que salen de bajo la tierra, nos han permitido evitar el más destructivo, ineficaz y contaminante uso de la madera y otros combustibles naturales, que deben segarse de su superficie. Y paradójicamente, los combustibles fósiles pueden haber salvado de la extinción a las ballenas: antes de aprender a usar el petróleo, se tenían pocas alternativas al aceite del cetáceo para generar calor e iluminación.

Es más, combustibles fósiles como carbón y petróleo han tenido efectos ambientales de largo plazo positivos, que un buen mayordomo debe considerar en el balance del equilibrio global. El primero: posibilitar a los agricultores reemplazar sus bestias de carga con máquinas, y por consiguiente un más eficaz cultivo de la tierra. (Gran parte del mundo en desarrollo comienza ahora a experimentar este proceso de modernización agrícola.) Segundo, los combustibles fósiles dan fertilizantes, que junto a los nuevos pesticidas constituyen otros tantos medios de evitar pérdidas y desperdicios; y los adelantos en nuevas especies vegetales - la llamada Revolución Verde- producen muchas más comidas por hectárea, y por consiguiente muchas superficies enormes pueden dejar de cultivarse. Otro ejemplo: los bosques de EE.UU. - contra la percepción popular- decididamente han crecido en los últimos 50 años, y ahora son en realidad mayores que hace un siglo (Jesse H. Ausubel, “The Liberation of the Environment,” Daedalus, 1996, 1-17). Incluso en áreas costeras muy pobladas, tierras de granjas pequeñas de ayer han vuelto ahora a ser boscosas. Resultado total: pese al inmenso consumo de combustibles fósiles, EE.UU. muestra hoy una disminución neta en la cantidad de dióxido del carbono que pone en la atmósfera. En otras palabras: el país absorbe más dióxido del carbono a través de plantas y bosques del que emite su industria. (S. Fan, M. Gloor, J. Mahlman, S. Pacala, J. Sarmiento, T. Takahashi, P. Tans, “A Large Terrestrial Carbon Sink in North America Implied by Atmospheric and Oceanic Carbon Dioxide Data and Models,” Science, Octubre 16, 1998; 282: 442-446). Y nadie se propuso producir estas consecuencias intencionalmente, pero la ingeniosidad humana, dirigida a mejorar aumentando la eficiencia de los costos y usando menores cantidades de materias primas, parece aquí reflejar una convergencia providencial de hombre y naturaleza. Y ahora que somos conscientes de los efectos de nuestra actividad en la naturaleza, podemos incluso disponernos a hacerlo mejor.

Si otros países pudiesen imitar tales ingenio y eficacia, no veríamos el saqueo y agotamiento de los recursos naturales, sino por lo contrario, su perfeccionamiento y protección. Científicos agrícolas estiman que si el resto del globo pudiera lograr el mismo nivel de eficacia y cuido de la tierra que el granjero promedio del mundo desarrollado, 10 millares de personas podrían alimentarse con la mitad de la tierra disponible. Esa cifra es como casi dos veces la población mundial de ahora, y la suponemos mayor a la que corresponderá cuando ésta descienda, a mitad del siglo. En términos concretos, significa que un área alrededor del mundo, de tamaño equivalente a la India, simplemente podría quedar intacta, pese al crecimiento de la población. (Paul E. Waggoner, “How Much Land Can Be Spared for Nature?,” Daedalus, Verano 1996, 87.) Es por ende un escándalo moderno que a partir de una descarriada preocupación por la tierra, algunas fundaciones filantrópicas y grupos ambientales de países desarrollados - y ciertas agencias internacionales- hayan desalentado e incluso negado apoyo a lo que llaman prácticas agrícolas “insostenibles”. Esas prácticas son de hecho necesarias para salvar y mejorar las vidas de los pobres y hambrientos del mundo.

Semejante posición choca frontalmente con el imperativo moral ya perfilado sobre las necesidades del ser humano como primera prioridad en políticas y prácticas ambientales. En el concepto de mayordomía hay espacio para que personas igualmente bien intencionadas discrepen sobre las mejores combinaciones de políticas, y no es de la Iglesia Católica apoyar propuestas en particular; pero no deberíamos complacernos en una visión tan fuertemente negativa de la población humana, casi anti-humana. Por desgracia la política ambiental se orienta a menudo por esta posición, que termina deplorando la aparición de millares de nuevas personas en el planeta, siendo que cada una de ellas fue creada por la providencia de Dios para disfrutar vida eterna con Él. Muchos activistas ecológicos parecen creer que los seres humanos somos un tipo de cicatriz sobrante o cáncer sobre la tierra, una intrusión inmoral en lo que de otro modo sería el orden natural perfecto. Ninguna base para ello se encuentra en la Revelación, de hecho es lo contrario. El hombre fue puesto aquí por Dios, y le fue mandado ser fecundo y multiplicarse, llenar la tierra y dominarla. (Gen 1:28.) Pensar en la existencia de otras personas como cosa infortunada y tal vez violadora de la naturaleza, es salirse radicalmente de la ética judeocristiana. Somos hechos a imagen y semejanza de Dios; esto significa en parte que cada persona concebida es sagrada, porque agrega a la Creación un valor incomunicable, antes inexistente. El punto de vista de las personas como puro desaguadero de recursos contradice nuestra fe, pero además niega las contribuciones reales de los seres humanos al bien común de la sociedad humana, y a la integridad del ambiente. Dios ha decidido permitir a nuevas personas el ingreso a la cósmica comunidad de los espíritus. Entonces, cualquier punto de vista que no les de la bienvenida a estos seres humanos - y a los que ellos puedan traer providencialmente al mundo -, está del todo apartada del ethos católico.

Además la mejor evidencia parece sugerir que no hay tal crisis de población. Algunos países con altas densidades son pobres, porque su desarrollo económico no ha alcanzado su crecimiento en población. Países densos como Japón y Hong Kong demuestran que la pobreza es un problema económico, no de población. Ya lo vimos: no hay escasez de comida en el planeta, tampoco “bomba de población” lista a explotar. Las predicciones de los alarmistas de los '60 y '70 demostraron ser falsas. Sólo la naturaleza o el descuido humano han producido muertes humanas por grandes cantidades en las décadas pasadas. Globalmente, la producción de comida ha superado al crecimiento de la población, gracias a la innovación humana.

Sin embargo muchos humanos aún padecen carencias en necesidades básicas. Pero si allí hay desequilibrio entre población y cantidad de tierra cultivable, observa el Papa Juan XXIII, “la necesidad exige un esfuerzo cooperativo por parte de las personas, para provocar un intercambio más rápido de bienes, de capital, o la migración de las personas mismas.” (Pacem in Terris, 101.) Debe promoverse el enfoque favorecedor del desarrollo económico y la cooperación internacional, alternativo a programas pensados para reducir la población.

También ha aparecido otro efecto colateral no previsto del desarrollo. Cuando la comida se hace más abundante y disponible la medicina, la población tiende a estancarse naturalmente. Y en muchos países desarrollados de América del Norte, Europa y Asia, disminuye mucho, en ausencia de inmigración. (cf. Nicholas Eberstadt, “World Depopulation: Last One Turn Off the Lights,” Milken Institute Review, Vol. 2, Nº 1, 1er. trim. 2000, 37-48). Y en países en desarrollo, su crecimiento se retarda cuando las personas advierten que más hijos van a sobrevivir y llegar a adultos gracias a los progresos materiales. Hace medio siglo, las mujeres de los países en desarrollo tenían que parir 6 niños en promedio para mantener la población; hoy la sostienen con la mitad, porque la proporción de mortalidad infantil ha disminuido. (UN: World Population Prospects: The 1994 Revision). Esos países están ahora en la misma fase que muchos desarrollados hace más de 50 años, con la ventaja adicional de haber tecnologías y prácticas ya descubiertas, desarrolladas y en pleno uso. Atender las necesidades de las naciones en desarrollo está muy dentro de nuestro potencial.

No obstante, lo que puede bloquear el camino al desarrollo es la desconfianza en la innovación humana, y el inevitable lastre en el progreso que traen la dirección gubernativa de la economía, la insuficiente protección a los derechos de propiedad privada, y las barreras comerciales. Por ejemplo, sabemos por dura experiencia histórica que los sistemas de planificación central de los países ex comunistas fueron malos mayordomos, de tierras por otra parte con notables recursos naturales. En estos países no sólo hubo extraordinaria ineptitud en producción y distribución de bienes, también se registraron las peores contaminaciones, y sus regímenes ambientales fueron los más temerarios de la historia. (Murray Feshbach y Alfred Friendly, Jr., Ecocide in the USSR: Health and Nature Under Siege, New York: Basic Books, 1992.) Muchas leyes estipularon metas de producción y controles de contaminación, sin embargo resultaron escasez y degradación ambiental. Las economías dirigidas, y la rigidez que introducen en las relaciones sociales, hacen del ambiente preocupación marginal. La planificación gubernativa tiende a producir exactamente lo opuesto de lo que se piensa, poniendo trabas o castigando las innovaciones y la dinámica espontaneidad requeridas para resolver problemas tanto económicos como ambientales.

Es principio católico normativo que Dios quiso los bienes de la tierra para beneficio de todos. (Catecismo de la Iglesia Católica, 2401.) O sea, que la propiedad privada es un derecho, aunque no absoluto, como nota Santo Tomás. (Summa Theologiae, II-II Q. 66.) Pero por desgracia, los recientes intentos de promover el bien común mediante la economía de planificación super centralizada, nos recuerdan que - en igualdad de condiciones- el derecho a la iniciativa económica y el interés natural que ponemos en nuestra propiedad cumplen funciones sociales importantes, tanto en la economía como en el ambiente.

VII. Apropiada comprensión de la mayordomía ambiental

Es claro de este análisis que necesitamos una muy sofisticada aprehensión de nuestra situación, que tome en cuenta todo lo que las ciencias - productos de la razón humana- puedan decirnos sobre nuestro mundo. Y aún hay más: debemos integrar nuestro conocimiento científico con los principios normativos del orden moral.

En la enseñanza moral de la Iglesia, tal y como se manifiesta en las diversas vidas santas de cristianos a lo largo de la historia, hay un componente importante en nuestra comprensión de cómo debemos vivir respecto al mundo material. Estas personas nos retan a ver que es prudente para nosotros - como cuerpos y espíritus- abstenernos de consumir más de lo necesario, y no embrutecernos en la interminable búsqueda de lujos. Nuestra tradición nos desafía a ser muy cuidadosos en nuestras vidas personales con las tentaciones de bienes mundanos. Sin embargo, lo que es útil en la vida de uno, y hasta necesidad religiosa, no puede traducirse directamente en una ética social, sin algunas precauciones.

La especie humana entera hará mejor para sí misma y la Creación, si cultiva vigorosamente la inteligencia y creatividad de que ha sido dotada. Puede lograrse, si a cada persona se le permite la libertad económica para buscar mejoras materiales y hacerse económicamente viable, en el contexto de un sólido marco jurídico. (Centesimus Annus, 42.) Una moral social más amplia, permisiva de la prosperidad económica, no contradice la austeridad personal - como puede parecer a primera vista- porque la innovación y productividad en gran escala permiten mayor eficiencia, ahorrando así materias primas y energía a largo plazo. Como la tradición Católica reconoce, las distinciones apropiadas son un imperativo para el análisis moral: así, puede ser importante generar mucha riqueza, aunque lo que cada quien haga con la suya es cuestión muy distinta.

Cierto es que hemos de desear cierta simplicidad en nuestras vidas personales, pero el retorno a algún esquema agrario pre-industrial resultaría en pérdida de ciertos bienes - como empleo aprovechable, medicina moderna, infraestructura flexible -, y en una reducida producción alimenticia. Se crearía así un gran vacío en necesidades humanas. En tiempos pasados, nuestra existencia fue marcada por la lucha constante tras la supervivencia; y sólo desde la industrialización, el hombre adquirió los medios para protegerse contra las fuerzas de la naturaleza. Tomar a esos millares de personas que ahora viven, y regresarlos al campo, tendría paradójicamente efectos ambientales aún peores que el desarrollo inteligente. Por consiguiente, el desarrollo económico debe progresar acompasadamente al compromiso individual con la virtud de la templanza.

De modo semejante, no hay persona responsable que crea en continuar la vieja y relativamente más simple pero sucia vía de la primera industrialización. Muchos problemas ambientales ya están bien encaminados hacia soluciones técnicas. Agua y aire son ahora mucho más limpios que hace sólo dos décadas, principalmente por adelantos tecnológicos. Automóviles y procesos industriales pueden pronto no tener efectos ambientales en absoluto. De modo que, además de los grandes progresos en agricultura y medicina, podemos anticipar que - en un futuro muy cercano- las tecnologías continuarán aportando modos de resolver muchos otros problemas actuales. (Paul Hawken, Amory Lovins, L. Hunter Lovins, Natural Capitalism: Creating the Next Industrial Revolution, New York: Little, Brown & Company, 1999). Pero para lograr una reducción en su impacto ambiental, las sociedades humanas exigen más desarrollo e innovación, no menos.

Las cuestiones de mayordomía reflejan por su naturaleza gran complejidad, humana y natural; por eso la política pública debe reflejar las mayores habilidad técnica y sabiduría práctica, y la experiencia humana más amplia posible. Y la experiencia ha mostrado largamente que los sistemas políticos democráticos y las economías de mercado lo hacen por cierto, en particular cuando son informados por los valores morales y la práctica de la virtud. Claro, no siendo perfectos, no tratarán perfectamente con el ambiente; ambos sistemas se hallan muy sujetos a las trampas de vicios y defectos humanos, falibilidad y pecado original, así como a simple error. Sin embargo, como Thomas Jefferson observara, “no hay depositario seguro de los últimos poderes de la sociedad excepto las personas mismas”. El tiempo ha demostrado la sabiduría práctica de ese principio; y podríamos observar que es consistente con la visión Católica: cada persona humana ha sido dotada por Dios con ciertos dones que quiso fuesen usados para la gloria del Creador y de su Creación. La democracia y la economía libre dan lugar a que esos dones sean utilizados eficazmente en la mayordomía de la tierra. Se redargulle a menudo que las cuestiones ambientales son tan urgentes, que sus soluciones no pueden esperar a la formación de un consenso general; tampoco depender de los incentivos de mercado, enfocados a menudo en ganancias de corto plazo. En muy pocos casos de demostrada emergencia, puede ser verdad. Pero en los otros, lejos de ser obstáculos inoportunos para comprender los objetivos ambientales, la democracia y los mercados son las encarnaciones sociales más efectivas de nuestra inteligencia - dada por Dios -, y los mejores mecanismos para el manejo responsable del ambiente.

No es casual que las etimologías de las palabras ecología y economía se relacionen. La economía refiere a normas o leyes de la casa (gr. “oikos”); es la ciencia de cómo producimos, vendemos, compramos, intercambiamos, comerciamos, y usamos bienes y empleamos servicios, para satisfacer necesidades humanas. La palabra ecología entró en existencia en el siglo XIX, cuando las cuestiones ambientales se hicieron más evidentes; es la ciencia de las leyes que gobiernan las interacciones de la biosfera de la tierra con sus habitantes, específicamente como casa (“oikos”) para toda vida (gr. “bios”). Ambos términos están profundamente relacionados, en su realidad y en sus orígenes. Con harta frecuencia sin embargo son puestos en oposición. De la manera usual como su relación se caracteriza, se arguye que la codicia, expresada en la actividad económica, es la fuerza causante tras los problemas ecológicos. Pero incluso históricamente eso es falso. Las acciones económicas dirigidas a satisfacer necesidades humanas han dañado a menudo sistemas ecológicos; pero pintar esas acciones como simple codicia o consumo excesivo, es asumir a la naturaleza como más benigna de lo que parece sugerir el testimonio de la historia. Mucho daño ambiental infligido a la naturaleza en los últimos siglos ha provenido de humana ignorancia, no malicia o codicia, al igual que cuando intentamos superar la némesis de la escasez material. Aunque ahora que empezamos a discernir el valor de nuestra mayordomía sobre la naturaleza, estamos en una nueva situación; y por eso necesitamos reafirmar nuestro compromiso con las herramientas que nos permiten responder eficazmente a los multifacéticos problemas que encaramos:

Primero, necesitamos la mejor y más desapasionada ciencia ambiental, para ayudarnos a discernir la muy compleja serie de efectos interconectados de nuestras acciones en la biosfera. No ayudan las simples apelaciones emocionales o exigencias alarmistas. Como el Papa Juan Pablo II ha señalado: “la reverencia para con la naturaleza debe combinarse con el aprendizaje científico.” (Renovando la Tierra, IV, B.) Por ejemplo, el calentamiento global sigue siendo especulativo, basado en incompletos modelos de computadora, y no en ciencia demostrada; por eso podría ser muy costoso para el hombre y la naturaleza correr de urgencia a imponer límites dramáticos al uso de combustibles fósiles, en un esfuerzo descaminado por resolver un problema que tal vez ni existe. Hace sólo 25 años, algunos actuales defensores del calentamiento global nos advertían sobre el enfriamiento global. (Anna Bray, “The Ice Age Cometh: Remembering the Scare of Global Cooling”, Policy Review, 1991.) La ecología aún está en su infancia, y por eso necesitamos recurrir a todo lo que sabemos para ayudarnos a hallar soluciones prudentes a estos problemas complejos. También debemos reconocer que la ciencia por sí sola es insuficiente para resolver estas materias, especialmente porque los problemas tienen implicaciones morales. De este modo, reconociendo que tendremos que hacer inevitables intercambios de costos por beneficios para equilibrar necesidad humana y ambiente limpio por ejemplo, practicaremos la prudencia al tratar las preocupaciones medioambientales.

En los próximos años se demandará mucho ingenio humano y esfuerzo encontrar modos de coexistencia de la naturaleza con el hombre en beneficio de toda la Creación. De momento, la solución más simple para muchos problemas ambientales es guardar tierras para conservación y preservación del hábitat natural de la fauna. En el mundo, los países que disfrutan mayor prosperidad son capaces de hacerlo, por medios públicos y privados. El desarrollo y la riqueza facilitan el cuidado ambiental, como se infiere: el desarrollo inteligente lleva a un excedente de riqueza, que posibilita al hombre atender preocupaciones más allá del rango de sus necesidades materiales inmediatas. Este hecho arraiga en la misma lógica del dominio del hombre sobre la naturaleza. (Gene M. Gossman y Alan B. Krueger, “Economic Growth and the Environment”, Quarterly Journal of Economics, 110-2: 353-377.) Pese a que algunos de sus problemas ambientales son permanentes, los países desarrollados son los más dedicados y exitosos tratando sus propias situaciones en la materia.

En sociedades desarrolladas no es tanto el empresario o la corporación que hace ganancia en el corto plazo a costa del desastre ambiental, como se alega a menudo. Los empresarios por lo general tienen un interés creado en su propio tipo de sostenibilidad, y también en los incentivos para innovar, y hacer productos con más eficiencia y menos desperdicio. Por el contrario, en países más pobres y menos desarrollados hay pocas opciones reales, y sus poblaciones en continuo crecimiento tienen poco o ningún incentivo para la mayordomía prudente de sus recursos naturales: sólo pueden aprovechar cada recurso disponible para la supervivencia a corto plazo.

Los países más pobres del mundo son los más necesitados de ciencia sana y desarrollo, tanto por razones económicas como ambientales: las formas tradicionales en agricultura y manufactura, a menudo románticamente pensadas cual modelo ideal de cómo vivir en el planeta, representan en la realidad una rémora mucho más pesada sobre la tierra y el hombre que los modernos desarrollos. Por ejemplo, los países en desarrollo se beneficiarían ambiental y económicamente de la electricidad. Ahora, su generación por combustibles fósiles frecuentemente se pinta como un medio torpe y centralizado de producir energía, y que mejor sería sustituir esa fuente por el viento, el sol o el agua. Si esas fuentes de energía alternativas fuesen desarrolladas con éxito y se hiciesen económicas, quizás fuese cierto; pero, en el entretanto, millones de niños y adultos mueren anualmente en esos países por el humo de madera y estiércol que inhalan de sus fuegos, o debido al agua impura que beben por falta de higiene apropiada. Así, sus necesidades básicas serían satisfechas con mucho menos contaminación local y atmosférica por la construcción de los generadores eléctricos más actualizados del mundo; aún sin ser perfecta, esa fuente de energía representa una mejora hacia el encuentro entre satisfacción de las necesidades humanas y mayor limpieza del ambiente. La ciencia y el desarrollo deben trabajar unidos para ayudar a la mayoría más atribulada de nuestros humanos prójimos, mientras damos prudenciales pasos adelante hacia una realización más plena de la mayordomía ambiental.

Y además de ciencia apropiada, se requiere con urgencia una deliberación auténticamente democrática en la materia. Cada encuesta reciente confirma que nuestra gente valora mucho un ambiente limpio y seguro. Pero pocos absolutos indiscutibles hay en la vida humana. Así, vemos a menudo que estas mismas personas no apoyan las propuestas que muchas organizaciones ambientales recomiendan como requeridas para lograr el fin que aparentemente desean. Porque las decisiones reales sobre el medio ambiente, como vimos, involucran siempre opciones entre valores diferentes, y a veces en competencia; por eso sugieren proceder con gran cautela y prudencia.

Por ejemplo, la calidad del aire en EE.UU. es hoy mejor que en décadas; pronto es probable que el humo sea cosa del pasado. Pero como aún hay contaminantes en la atmósfera debidos a actividad humana, en cierto punto debe hacerse un cálculo moral. ¿Queremos gastar cantidades enormes de capital humano y material en quitar, digamos, el último 5 % de un contaminante, a costa de ser incapaces de tratar otros problemas más serios? ¿Y si remover el último 2 % es 10 veces más caro? ¿O 100 veces? La prudencia dice que necesitamos un cálculo moral y político, sopesando diversos valores, en competencia aunque contribuyen al bien común. Aunque todos ellos sean quizás bastante plausibles en sí mismos, al buscar resolver conflictos de intereses siempre hemos de considerar el hecho de la escasez. En virtud de los límites impuestos a nuestra existencia material, debemos ser modestos en nuestra valoración de lo que podemos lograr razonablemente sin infligir a otros penalidades indebidas. Los procesos verdaderamente democráticos, entonces, permitirán evidenciar reales costos y beneficios de la mayordomía ambiental, y así adelantar una política que de verdad apunte al bien común.

Tercero: en mucha literatura ambientalista, los empresarios y las tecnologías que emplean son confrontadas contra los ecólogistas y los “derechos” de la naturaleza. Grano de verdad hay en esos argumentos, porque toda actividad humana altera el mundo natural en mayor o menor grado. Sin embargo, lejos de encerrarse en inevitable conflicto, empresarios y ambientalistas necesitan cada vez más cooperar entre sí para beneficio de ambos. Muchos activistas ecológicos satanizan a los empresarios. Pero vemos, sin ir al extremo opuesto de idealizarlos, que muchos empresarios brindan gran servicio, y otros son de verdad irresponsables. Hay varias maneras en que la actividad empresarial, dando lo mejor de sí, ha de ser crucial a la solución de problemas ambientales. Primeramente, la investigación científica - sea en contexto no lucrativo, sea corporativo -, depende mucho del excedente de capital generado por empresarios exitosos. Y además, los empresarios también tienen un incentivo del mercado en desarrollar innovaciones favorables al ambiente, como nuevas tecnologías para sustituir otras más viejas, más sucias, y menos eficaces. Como se demostrara en todo el mundo, sólo la libertad y sensibilidad de los mercados tendrá éxito distribuyendo más bienes a un número mayor de personas. Como el Papa Juan Pablo II ha defendido, “el mercado libre es el más eficiente instrumento para utilizar los recursos y responder eficazmente a las necesidades.” (Centesimus Annus, 34.) Los ecologistas pueden jugar un papel útil identificando problemas y amenazas; pero, como ahora ocurre, sus críticas son a menudo insuficientes para tratar el inmenso conjunto de necesidades que confronta la sociedad en su conjunto. Por consiguiente, es cada vez más importante abarcar un punto de vista más amplio sobre la Creación, que valorice la actividad económica como extensión de la sabiduría de Dios mismo acerca de cómo el hombre se relaciona con sus ambientes físicos.

Cuarto, muchos activistas ecológicos deploran el derecho de propiedad privada. Contrariamente, la propiedad se erige en la tradición Católica no sólo como derecho fundamental, en virtud del trabajo, sino también como el medio por el que Dios quiere que el hombre desarrolle la tierra para beneficio de todas las personas. La propiedad que se tiene en común es a menudo abandonada. En general, quien posee su propiedad la cuidará y producirá algo de ella. Por consiguiente, su dueño es típicamente el mejor mayordomo de un recurso. Sin embargo, el derecho a la propiedad privada en el pensamiento social católico no puede auténticamente entenderse aparte del destino universal de todos los bienes materiales. El hombre se apropia de los frutos de su labor sólo en tanto tiene un derecho a mantenerse, y a su familia, y un deber de ayudar a otros en necesidad. Santo Tomás da varios argumentos sobre por qué la propiedad poseída privadamente se cuida mejor que la común, no poseída por alguien en particular. (cf. Summa Theologiae Ia-IIae, q. 105, aa. 2-3 y IIa-IIae q. 66). En resumen, argumenta que la propiedad es temporal y relativa a este mundo. Como su posesión requiere limitaciones morales así como legales, donde se han respetado los derechos de propiedad privados, todo el orden creado ha sido generalmente mejor apreciado.

Algunos problemas ambientales de hecho pueden ser excelentemente tratados creando nuevas formas de derechos de propiedad privada, legalmente defendibles. La ley ha reconocido que la contaminación daña el ambiente común; por tanto, puede reducirse mediante el respeto a los derechos de propiedad de los dueños. Los títulos de crédito o derechos de contaminación se comercian ya activamente, y han proporcionado exitosos incentivos de mercado para reducir emisiones. Sin embargo, aún no ensayamos ampliamente con medios de emplear la propiedad privada para resolver problemas ecológicos, aunque la limitada experiencia en este campo ha dado positivos resultados. Por ejemplo en algunos sitios en Africa, establecer derechos de propiedad sobre tierras y animales, y permitir a las gentes obtener beneficios de políticas de control de caza y recolección, ha disminuido la caza furtiva, y ha hecho de la caza, paradójicamente, una actividad económicamente valiosa y a la vez sostenible. Antes, esas personas tenían incentivos inmediatos para destruir las grandes bestias y sus hábitats, a fin de aumentar el giro de simples actividades agrícolas. Ahora, las innovaciones que sacan provecho de nuevos mercados les permiten dar más tranquilidad a la naturaleza, al tiempo que sacan de ello beneficios. Como este ejemplo ilustra, los intereses económicos y ecológicos deben en todas partes hacerse coincidir unos con otros tan estrechamente como sea posible.

VIII. Recomendaciones

En conclusión, nos gustaría recomendar algunos principios generales, como guías para la reflexión futura en cuestiones medioambientales:

 

  1. La naturaleza revela a Dios como Creador. Así, los humanos aprendemos cosas sobre Dios y nosotros contemplando el poder de la tierra, su inteligibilidad y belleza. Haríamos bien en conocer mejor la naturaleza en su inmediatez, y en cultivar la vieja práctica de meditar sobre ella, para aumentar nuestra comprensión espiritual y amor por el mundo de Dios. Como el Papa Juan Pablo II nos recuerda debidamente: “Nuestro contacto mismo con naturaleza tiene un profundo poder restaurador.” (La Crisis Ecológica, 14.)

  2. Pero la contemplación natural nos llevará, como a muchas antiguas civilizaciones, a ver que la naturaleza apunta a algo más allá de ella misma, y que atrae al hombre hacia la última fuente de su bien. Cuidamos la Creación, responsabilidad dada por Dios, pero demanda superior es el amor al prójimo como ser con destino eterno. Debemos dar la bienvenida a nuevos contingentes de personas, protegiendo la santidad de la vida humana - desde la concepción hasta la muerte natural -, y dar todos los pasos posibles para que las necesidades básicas de cada persona sean satisfechas. La Conferencia Católica de EE.UU. ha propuesto esta pregunta: si no respetamos la vida humana, “¿podemos esperar de verdad que la naturaleza recibirá tratamiento respetuoso de nuestra parte?” (Renewing the Earth, III, H.)

  3. Satisfacer las necesidades humanas no debería pensarse como un proceso de suma cero, que inevitablemente trae consigo el deterioro de la naturaleza, o la explotación del prójimo. Mentes creativas y manos prontas pueden realmente compensar con facilidad e incluso reducir el actual impacto humano en la Creación, y extender la capacidad del hombre para satisfacer las necesidades de su prójimo mediante el intercambio voluntario.

  4. Ecología y economía deben ir de la mano. (La mayordomía medioambiental sana es la unión de ambas.) Hay una economía de la Salvación, una economía de la existencia humana, y una economía del ambiente. La mayor prosperidad generalmente se corresponde con una mayor preocupación para las cuestiones ambientales, y asimismo, con mejores medios para tratarlas. Y la prosperidad también lleva a decisiones voluntarias y no coercitivas sobre tener niños, evitando los medios moralmente ilícitos de reducir aquellas que sean percibidas como presiones poblacionales.

  5. Las libertades política y económica reflejan mejor aquella libertad e inteligencia humanas con que hemos sido dotados por Dios. Por tanto, es probable que los sistemas políticos democráticos y las economías libres respondan a nuestras preocupaciones ambientales de modo más plenamente humano. En muchos casos, esto significa que hallar soluciones de mercado a los problemas percibidos, será de beneficio tanto para las personas como para el ambiente.

  6. Deberíamos resistir la tendencia a creer que la planificación central es ambientalmente más sensible que las instituciones libres. En los países con sistemas más centralizados han ocurrido también los mayores daños causados al ambiente en el último siglo. No se oponen los católicos al poder estatal propiamente constituido, pero aquellos problemas donde la torpe y rígida reglamentación puede ayudar, son mucho menos de lo que en general se cree. Los mercados ágiles y flexibles pueden responder, y con gran eficacia, a problemas de otro modo insolubles.

  7. La empresarialidad es una dimensión de la naturaleza humana. Pintar a todos los empresarios como impulsados meramente por codicia es injusto, e irrespetuoso para con uno de los medios que Dios que nos ha dado, a fin de manejar nuestras siempre cambiantes necesidades. Propiamente entendida, la empresarialidad responsable es un vehículo para entender lo que la Conferencia Católica de EE.UU. ha llamado “una ética ambiental común y manejable.” (Renewing the Earth, I, D.) Como el Papa Juan Pablo II ha declarado: “Poner el bienestar humano en el centro de la preocupación por el ambiente es realmente la manera más segura de salvaguardar la Creación; de hecho estimula la responsabilidad del individuo respecto a los recursos naturales y su uso juicioso.” (Mensaje del Día Mundial de la Paz, 1999, 10.)

Conclusión

La Revelación de Dios - tanto en la naturaleza como en la historia de la Salvación -, no nos lleva creer que debamos volver a algún prelapsario Jardín, en el distante pasado de la tierra: ángeles con espadas flamígeras bloquean ese camino para siempre. (Gen. 3:24.) Como el Papa Juan Pablo II ha señalado, la responsabilidad ecológica “no puede basarse en el rechazo al mundo moderno, o en un vago deseo de retorno a un 'paraíso perdido'.” (La Crisis ecológica, responsabilidad común, 13.) El dominio humano sobre la naturaleza no es necesariamente malo; y nuestra tarea aún nos queda por delante. Debemos estar siempre en guardia contra una doble tentación, denunciada repetidamente por Dios: hacer ídolos de la naturaleza, o de criaturas, y así exaltarlas sobre nuestros deberes primarios hacia Dios, y descuidar las necesidades de nuestro humano prójimo. Estamos esperando la Nueva Jerusalén, ciudad a sernos dada al final de tiempo, salida de la libre generosidad de Dios, que descenderá sobre Nuevos Cielos y Nueva Tierra. Y mientras tanto, hemos de combatir el mal, en nosotros mismos y en nuestro mundo; buscar maneras mejores de amar a Dios, guardando sus mandatos, y amando a nuestro prójimo como a uno mismo. En cierto modo, el amor al prójimo puede extenderse al mundo no humano; sin embargo, tendremos que hacer juicios prudenciales sobre muchas cuestiones complejas en el camino, y esperar ineludibles intercambios de costos por beneficios. Por consiguiente “uno puede amar animales”, pero no debería “dirigirles el afecto debido sólo a las personas.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 2418.) Cuando haya una opción inevitable entre personas y naturaleza, debemos poner primero - como Dios mismo lo ha hecho- a las personas, cumbre de Su Creación.

Finalmente, debemos tener fe en que Dios nunca abandona a su gente. Nuestros talentos se nos dieron por una razón: capacitarnos para amar a Dios y a nuestro prójimo, en cristiana libertad. Podemos estar seguros de que Dios también nos ha de proporcionar los regalos y gracias necesarias para cuidar de nosotros y de la naturaleza. Pero todavía no debemos esperar que cualquiera de nuestro muchos quehaceres en los próximos años no traiga sus nuevos y propios problemas; y ni decir esto en actividades complejas como mayordomía ambiental. El gran teólogo católico Hans Urs von Balthasar nos ha recordado recientemente aquello que Jesús dijo sobre el trigo y la cizaña: que crecen juntos. De manera que, creyendo que podemos desarraigar todo el mal, podríamos estar amenazando los bienes de los que todos dependemos. (A Theology of History, New York: Sheed and Ward, 1963, 124-125.) La enseñanza Católica sobre la Caída es realista, no es una visión pesimista en esta perspectiva. Hay mucho mal y mucho bien en nuestro mundo, pero la persistencia del mal no debería desalentarnos. Hasta que el Señor venga en Gloria, la perfección total para nosotros como especie, y la armonía perfecta dentro de naturaleza, están más allá de nuestros alcances; aunque sabemos que algún día Él vendrá. Mientras tanto, buscamos Salvación, y buscamos nuestro futuro humano, en medio de grandes incertidumbres. Pero también, en la jubilosa esperanza de que el mismo Creador, que dio el ser a este mundo y a la raza humana, está de cierto trabajando aún, en el mundo, y en nosotros.